Jorge Zepeda
Patterson
El triunfo
de Andrés Manuel López Obrador en las urnas hace más de un año despertó en
muchos la esperanza de tener un país mejor y más justo. Sin embargo, el brutal asesinato
de niños y mujeres de la familia LeBarón, que escandalizó a la opinión pública
y constituye una expresión más de que la inseguridad y la violencia no
disminuyen, podría minar la luna de miel de la que ha gozado el Presidente.
Justo con esta idea, con este temor, publiqué un artículo esta semana en el
diario El País. Desearía matizar y profundizar esta reflexión.
Tiene
razón López Obrador cuando afirma que las condiciones que provocan esta
barbarie son producto de la corrupción en el sistema de justicia, de la falta
de oportunidades, de la negligencia y los errores de los gobiernos anteriores.
“Dejaron un cochinero” ha dicho con su acostumbrada contundencia. El problema
para él es que aun siendo válido su diagnóstico, a medida que pase el tiempo la
factura política de la violencia será cobrada a su gobierno. Ahora mismo,
alrededor de 60 por ciento de la población considera que la estrategia de
seguridad pública de la 4T no es la mejor o está equivocada. La aprehensión
fallida del hijo de El Chapo, sucesos como el de la familia LeBarón y la
terrible estadística mensual de asesinatos que no hace sino aumentar, van
erosionando poco a poco la confianza en el criterio y la capacidad del
Presidente en esta materia.
El miedo
no sabe de razones. Es impecable la lógica de AMLO cuando afirma que doce años
de guerra en contra del narco dejaron en claro que la violencia no solo no
resuelve el problema sino lo profundiza. Antes había media docena de grandes
cárteles, ahora se estima que existen 200 bandas, muchas de ellas en lucha
entre sí con métodos crecientemente brutales. ¿Qué grado de bestialidad y
enajenación se requieren para quemar vivos a mujeres y menores de edad dentro
de un auto?
Pero
saber que tiene razón en el diagnóstico resulta de poco consuelo ante la
sensación de que el fuego comienza a llegarnos a los aparejos, que las regiones
se siguen perdiendo a manos del narco, que los ciudadanos estamos indefensos
ante la violencia impune. Decirle a los delincuentes que lo que hacen está mal
y que esto ya cambió, tampoco parece estar funcionando.
Creo, con
López Obrador, que resolver el problema de fondo requiere un cambio de valores,
la restitución del tejido familiar, la creación de oportunidades. Pero me temo
que ninguna de estas verdades alcanza a germinar en el lapso de un sexenio. Lo
cual nos regresa al tema inicial: el miedo y la frustración seguirán creciendo
y con él la desesperación y la búsqueda de otras alternativas así sean las más
desesperadas. En estos días, incluso, he escuchado a más de un necio decir que
la situación es tan agobiante que deberíamos aceptar la ayuda de Estados Unidos
y permitir que ellos nos resuelvan el problema. Como si las intervenciones de
los marines no hubieran dejado atrás un país hecho trizas allá por donde han pasado.
Y por si fuera poco, ¡estamos hablando del Estados Unidos de Donald Trump!, por
favor.
Y no
obstante estas posiciones extremas comienzan a jalonear la conversación
pública; constituyen las versiones más absurdas, pero de un sentimiento real
que ha empezado a extenderse: una mezcla de miedo, frustración y exasperación.
Soy de
los que desearía que López Obrador tuviera éxito. Durante muchas décadas
soñamos con un gobierno que por una vez viera por el interés de los pobres y no
solo por el beneficio de los de arriba. Nunca pensé que sería testigo de una
presidencia que se propone justamente eso. Más allá de sus defectos, exabruptos
y desaciertos, que los tiene, sus banderas merecen una oportunidad por el bien
de todos.
Por lo
mismo, espero que el exacerbado optimismo que caracteriza al presidente no
soslaye el problema de la inseguridad y no asuma que habrá de resolverse
simplemente porque ya llegó la 4T. El miedo es un motor que lleva a los pueblos
a adoptar posiciones límite. La pasión política es un sentimiento poderoso,
pero palidece frente a la compulsión que nos lleva a proteger a nuestros hijos.
Con tantito más que el crimen organizado se exceda (¿qué hacer cuando un
sicario te extorsione por estar en tu propia casa?) y otro tantito que los
adversarios de AMLO conviertan el temor en oleadas de pánico, podríamos entrar
en una crisis de alcances insospechados. En ningún sentido conviene ser ave de
mal agüero, pero es un pecado menor frente a la posibilidad de minimizar un
fuego que termine por devorarnos.
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