Salvador
Camarena.
El
presidente de México, por definición, es un muy poderoso.
Algunos
mandatarios han tenido que lidiar con la rareza de un Poder Legislativo que
logra ser contrapeso en algunas coyunturas. Pero aun en esos periodos, es el
Presidente quien está en una posición de mayores capacidades e instrumentos
para ejercer el poder.
Lo anterior
también aplica para el Poder Judicial.
Ese poder,
incluso en los momentos dorados del presidencialismo, nunca fue una vara mágica
de soluciones perfectas, sencillas y menos instantáneas.
Porque aun
para un Ejecutivo del priismo clásico, el ejercicio del poder suponía, además
de medir eventuales consecuencias indeseadas de cada orden, la búsqueda de que
sean los más quienes queden satisfechos, y que los costos de tales decisiones
sean pagados por los menos.
En cada
circunstancia, el Presidente meditaba –en su fuero interno o con sus allegados–
sus palabras y sus hechos. Porque el manejo del timón puede provocar daños
mayores que la tormenta misma.
Varios
presidentes, es cierto, incurrieron en frivolidades. Otros fueron conocidos por
desafortunados desplantes. Uno reciente era fatuo. Otro, vivía atormentado por
sus culpas y arranques. Casi todos han tolerado excesos de parientes. Pero
ninguno reciente combinaba el ser tan poderoso y al mismo tiempo tan poco
responsable con su lengua, como el presidente Andrés Manuel López Obrador.
AMLO ha
echado a los leones a directivos de hospitales públicos. Los leones, en este
caso, es una opinión pública indignada al ver pacientes y familiares de
enfermos rogar en las calles por medicinas.
Desde el
poder más absoluto que un presidente mexicano pueda tener, que es siempre
demasiado, López Obrador desprecia la esencia del liderazgo: asumir la
responsabilidad.
Hacer recaer
el peso de una falta de medicamento a un doctor que hace lo que puede,
literalmente, en el famélico sistema de salud que tiene nuestro país es, además
de ruin, un deplorable ejercicio de administración.
Si el
titular del Ejecutivo tiene elementos para creer que un directivo hospitalario
ha estado por debajo de su responsabilidad, lo primero que debe hacer es
garantizar que la falla –en este caso la dotación de medicamentos para cáncer
infantil– se subsane en cuestión de horas. Y luego corregir la falla si esta es
estructural. Eso se llama crisis, los gobernantes no las eligen, pero sí deben
mostrarse capaces de resolverlas de la mejor manera posible.
En cambio,
ser un “corre ve y dile”, que se zafa de su responsabilidad al señalar desde el
micrófono más potente a un médico al que no se le ha probado mala práctica,
habla de alguien que sólo siembra problemas y discordia.
México no es
una plaza para que desde ella se arengue cada mañana a muchedumbres
necesitadas. Este país es serio. Y necesita un líder con conciencia de su
encargo.
Hasta
entrenadores propensos a la rabieta y las marrullerías saben que en público la
pueden agarrar contra el árbitro o incluso la tribuna, pero que si un jugador o
el equipo fallaron, es el vestidor y no la cancha donde debe dirimirse el
problema.
La mañanera
es la cotidiana oportunidad perdida del presidente López Obrador de quedarse
callado y usar ese tiempo para trabajar, puertas adentro, en lo que sí es una
de sus responsabilidades: que los hospitales tengan medicinas, y que los
directivos de los mismos se sientan respaldados y motivados por el mandatario
para lograr lo mejor de una situación que está muy lejos de lo que todos
quisiéramos.
Desde ayer,
en este país todos los directivos de un hospital saben que tienen en el
Presidente de la República, no a un líder exigente, sino a un poderoso
incriminador que no actúa responsablemente. Pobres de ellos. Y de sus
pacientes.
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