Arnoldo
Cuellar.
El
empresario inmobiliario y Diputado federal por el PAN Sergio Fernando Ascencio
Barba ha pasado a la ofensiva para defender el desarrollo turístico y
habitacional que realiza en casi 7 hectáreas ubicadas en la Sierra de Santa
Rosa, una de las últimas reservas forestales que sobreviven en el estado de
Guanajuato y donde se origina el abasto histórico de agua para la ciudad de
Guanajuato y la única fuente del líquido para las comunidades serranas.
Para
tratar de refutar la investigación periodística de la reportera Carmen Pizano,
publicada en POPLab y reproducida en sitios como Pie de Pagina y Julio
Astillero, el Diputado Ascencio, quien además es integrante de la Comisión de
Vivienda del Congreso de la Unión, exhibe la portada del oficio número
GTO.131.1.2/0022/16 emitido por la delegación estatal de Semarnat el 22 de
enero de 2016 y rubricado por el delegado Israel Cabrera Barrón.
Sin embargo,
cuando se tiene acceso al documento completo, queda claro que es un trámite
totalmente ajeno a lo que quisiera justificar el legislador: la autorización
para desmontar un predio de seis hectáreas, instalar caminos internos, lotificar
y construir 49 cabañas que originalmente fueron pensadas como hotel, después
como fraccionamiento residencial y a últimas fechas como espacios de renta por
plataformas de Internet.
Un oficio
donde únicamente se expide una “constancia de verificación” para un
aprovechamiento forestal limitado a retirar dos encinos, con un volumen de
madera de 0.52 metros cúbicos en una superficie de 0.83 hectáreas, es decir el
12 por ciento de la superficie que se quiere desarrollar, no puede significar
ninguna “autorización” para nada.
¿Por qué
el Diputado exhibe ese documento, a todas luces insuficiente, en redes
sociales, ante los agentes inmobiliarios a los que quiere interesar en su
desarrollo y frente a los medios de comunicación?
¿Probablemente
porque es lo único que tiene?
Quizá sí y
quizá no. Con ese trámite lo que parece intentar el avispado empresario,
pero no tan buen guardián de la legalidad es extraer la jurisdicción del ámbito
federal para remitir sus trámites a sus terrenos de confianza: el estado y el
municipio, donde se mueve a sus anchas.
Ascencio
Barba consiguió allanar a medias el problema del abasto de agua para su
desarrollo con pleno respaldo del ex director de Simapag, José Lara Lona, quien
fue el artífice de un primer convenio con la comunidad de Santa Rosa para que
le fueran prometidos 2 mil 100 metros cúbicos de agua al mes a título gratuito
según reza un primer convenio firmado entre Ascencio Barba y la comunidad a
través de su delegado, en ese entonces Jaime Aguilera, y tres representantes
del comité de agua potable de la comunidad, del que tengo una copia en mi
poder.
En esas
fechas, marzo de 2017, el empresario irapuatense planeaba construir “un
centro de convenciones y un módulo de setenta habitaciones”, para las que
obviamente no contaba con autorizaciones de ningún tipo, pues en el camino
cambió de proyecto y finalmente fue hasta 2019, ya con la administración del
panista Alejandro Navarro, que logró la validación del municipio para construir
no 70 habitaciones, pero si 49 cabañas.
Llama la
atención que el contrato de cesión de derechos de uso y aprovechamiento de una
significativa cantidad de agua en un lugar que no tiene abundancia de ella
sobre todo en el estiaje, se realizara “a título gratuito”, siendo que Ascencio
Barba planeaba un negocio en toda forma cuyas utilidades vendrían a recibir un
subsidio directo de los empobrecidos habitantes de las comunidades serranas.
Los
compromisos a los que se obliga el empresario son risibles: “contar con una
cisterna de almacenamiento” que es lo mínimo que debes tener cuando te regalan
2 millones 100 mil litros de agua al mes; se obliga también a “tramitar y
obtener” junto con el cedente un proyecto de ampliación de infraestructura
consistente en un tanque de almacenamiento y la regularización de una planta potabilizadora,
a cargo del Sistema Municipal de Agua Potable de Guanajuato, es decir, otro
subsidio.
Con una
generosidad digna de mejor causa, Ascencio se obliga “a cubrir la parte
proporcional” de los gastos de energía eléctrica y mantenimiento del pozo que
le surtirá su agua gratuita. Solo eso faltaba, que los comuneros, además de
regalarle el agua, le pagaran hasta los gastos fijos de sus costos de
operación.
No se
entiende un convenio con esas características sin un importante apoyo político
para el empresario, traducido en presiones o en “convencimiento” de los
representantes de la comunidad. Así, cualquier hace negocios exitosos.
Hoy las
cosas empiezan a complicarse.
En primer lugar,
porque el nuevo gobierno de la República puede ser menos complaciente que su
antecesor para permitir violaciones impunes de la ley en una zona de regulación
federal. Ya Víctor Manuel Toledo, el titular de Semarnat, ha mostrado que está
muy lejos de la laxitud de sus predecesores, como se vio en la explotación
minera que se pretendía en Cerro del Gallo, justo en la misma zona serrana en
su extremo norte.
En segundo
lugar porque durante todo este tiempo la comunidad ha logrado informarse más
y mejor sobre sus derechos y sobre las implicaciones de entregar su agua al
desarrollo inmobiliario de Ascencio, lo que supone que han empezado a
cuestionar los acuerdos que realizó el anterior delegado y los miembros del
comité de agua.
En tercer
lugar, porque Ascencio quiere ser candidato del PAN a la alcaldía de
Irapuato y este parece ser el peor momento para que exhiba un talante
autoritario, venal e irrespetuoso de la ley, si es que quiere sacar su
inversión a bayoneta calada. En todo caso debería tomar una opción: no se puede
ser empresario depredador y político popular al mismo tiempo.
Con estos
antecedentes, veremos en los próximos meses como evoluciona un proyecto que,
según se menciona en los corrillos de la presidencia municipal de Guanajuato,
tiene el visto bueno “del Paseo de la Presa”. Aunque ahora más bien habría que
decir: del “G 100”, el flamante edificio privado de negocios donde despacha
cotidianamente el gobernador sin que nadie sepa a título de qué se usa ese
espacio, pese a que debería tratarse de información pública de oficio.
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