Salvador
Camarena.
Parte de la
clase económicamente poderosa del país va a saber lo que se siente andar
limosneando para que alguien te haga el favor de comprar un cachito de lotería.
Rara estampa
incluso para la nación que cree que ser surreal es timbre de orgullo. Los que
saben cómo ganarse la lotería más allá de los caprichos del azar, se volverán
billeteros (con el debido respeto a los billeteros).
Andrés
Manuel López Obrador descubre cada día funcionalidades a eso que usa como
juguete: el poder presidencial.
Si el
mandatario lleva media vida denunciando que el gobierno en México estaba al
servicio de una camarilla, hoy AMLO mueve hilos para que esa camarilla esté a
las órdenes de su capricho.
Difícil
tener empatía por empresarios (es un decir) como Carlos Peralta o los Miguel
Alemán, presentes en Palacio la noche en que el tabasqueño les pasó la báscula
millonaria.
Es la hora
de la desvergüenza, que de tanto repetirse estamos a punto de ver cómo se
vuelve sección fija cada noche del domingo en La Hora Nacional.
Andrés
Manuel quiere que los barones del dinero se comprometan a llevarse boletos de
una rifa que es un engaño (como muchas otras, por cierto), y los potentados
interpretan lo mejor que pueden el papel que desde hace mucho dominan: sí,
señor Presidente, usted manda y luego nosotros querremos cobrarle el favor.
Mal el
Presidente que se pone en una situación que lo lleva al conflicto de interés.
Peor los jerarcas de la IP que, dóciles, se embocan la rienda de una ocurrencia
que costará millones, sin atrever el mínimo gesto de dignidad y abstenerse de
participar en una farsa, por llamar de manera suave la puntada presidencial.
Menos de 36
horas antes de asistir a la cita con el mandatario para comprometerse a
apoquinar, algunos de esos mismos empresarios llenaban otro patio, el del Museo
Kaluz, por el metro Hidalgo, donde el historiador Javier García Diego hizo un
repaso de las transformaciones que ha vivido el país.
Dos cosas
llamaron la atención de lo dicho por el académico, cuya participación fue la
inicial de un acto donde empresarios hicieron una promesa de darle dimensión
social a la labor de emprender (mejor tarde que nunca).
La primera
fue que reivindicó la transformación inicial de nuestro país: la fusión
derivada de la conquista española de las tierras del hoy México.
Entonces, a
pesar del pregón matutino, ya ha habido cuatro transformaciones y quién sabe
–esto lo digo yo, no García Diego– si estemos en la quinta de ellas.
El segundo
elemento es que el historiador llamó a los asistentes a hacerse una pregunta:
cuándo y cómo acaba la autodenominada transformación que (supuestamente)
vivimos en estos días.
Porque,
alegó el expresidente del Colegio de México, todas las transformaciones acaban.
En otras
palabras, dónde estará nuestro país cuando lo que existía hasta 2018 se
evapore: instituciones y políticas que nos dieron una cara más o menos
presentable en el mundo sin conjurar el enriquecimiento obsceno de pocos, y
devastadores fenómenos de pobreza, corrupción, impunidad y violencia.
Si estamos
en una transformación, entonces por qué el comportamiento de los empresarios se
parece demasiado a su conducta en el modelo anterior.
Mientras
López Obrador ejerce en plenitud aquel adagio de que en sistemas como el
mexicano las empresas son del régimen, los dueños de éstas buscan la mano del
nuevo amo para besarla… y ahora también para agarrar cachitos de lotería con
los que quieren sacarse el premio mayor de los privilegios de antaño. Chulada
de cambio.
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