Javier Risco.
De todas las
historias publicadas ayer sobre la detención de Emilio Lozoya, la que retrata
de cuerpo entero al exdirector de Petróleos Mexicanos es la escrita por el
periodista Nacho Sánchez en el diario El País. Titulada “Emilio Lozoya, prófugo
en una urbanización de lujo”, nos cuenta el lugar donde vivió sus últimos
minutos en libertad el expriista, nada más y nada menos que en La Zagaleta, una
zona residencial para billonarios en Málaga, al sur de España.
Así lo
describe Sánchez: “Una finca de 900 hectáreas que cuenta con un riguroso
control de acceso y donde existen 240 mansiones de ensueño cuyos propietarios
son, en su mayoría, anónimos. Es precisamente lo que buscan quienes residen
allí: pasar desapercibidos, el máximo lujo […] las residencias, que tienen
precios de entre cinco y 50 millones de euros, acogen a futbolistas,
empresarios y multimillonarios de todos los rincones del planeta, algunos de
ellos de Silicon Valley”. La justicia española lo tenía ubicado desde inicios
de este año, y ha reportado a los medios locales que el detenido “ha sido
educado” al momento de su arresto.
Registrado
bajo otro nombre, Lozoya no rentó ninguna casa y el reporte de las autoridades
españolas señala que era “huésped invitado” de uno de los multimillonarios
propietarios de una de las residencias. Protegidos hasta el final por los
poderosos, los delincuentes de cuello blanco viven a salto de mata entre
palmeras, atardeceres espectaculares y piscinas de revista. Cuánto aporta que
haya sido detenido ahí, la cantidad de dinero que lo envuelve hasta el último
de sus días en libertad deja pistas para desenredar la cadena de favores y las
redes de protección desde que estuvo en el círculo más cercano del presidente
Enrique Peña Nieto.
El
personaje, hoy detenido, es el claro representante de los funcionarios llenos
de excesos de los gobiernos anteriores, con declaraciones patrimoniales que
incluían casas de 40 millones de pesos, obras de arte de más de 300 mil
dólares, relojes de poco más de un millón de pesos, viajes en helicóptero de su
casa al trabajo todos los días, casas en la playa de 1.9 millones de dólares,
el servidor público modelo que, aun en la huida, era incapaz de frenar un nivel
de gasto que facturaba sumas millonarias cada mes.
Acusado de
recibir cerca de 10 millones de dólares en sobornos de la empresa Odebrecht,
uno de los amigos más cercanos del expresidente ensucia a toda la cúpula de
políticos que estuvo entre 2012 y 2018. En su libro Sin filias ni fobias:
Memorias de un fiscal incómodo, el hoy responsable de la Unidad de Inteligencia
Financiera, Santiago Nieto, narra los actores políticos que lo acorralaron
hasta su destitución después de haber acusado a Emilio Lozoya de “presiones”
por exhibirlo en la trama de corrupción de la empresa brasileña; ahí aparecen senadores
priistas, secretarios de Estado, procuradores cómplices, todos eran parte de un
aparato que lo aplastó. Ayer, al enterarse de su detención, Nieto dijo sentirse
“contento”, los papeles se invierten en la dinámica del poder.
Raúl Olmos,
el periodista que más ha investigado la figura de Lozoya, apuntaba la necesidad
de un “Maxiproceso”, y ve inminente una investigación en curso sobre el
expresidente. Si así vive un prófugo de la justicia no quiero imaginar los
exgobernadores y exsecretarios de Estado que se han refugiado en la impunidad,
que hasta ahora creen pasar desapercibidos. Por lo pronto, esta detención
podría convertirse en un molde impecable de la lucha contra la corrupción, con
una carpeta bien hecha, un juicio que respete el debido proceso... en fin, un
modelo que marque el sexenio, es la gran oportunidad, todos esperamos que no
falle.
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