Julio Astillero.
A la
compleja lista de problemas económicos que se han desatado en México a partir
de la explosión global del coronado virus desestabilizador se suma ahora la
pretensión estadunidense de cerrar temporal y selectivamente sus fronteras con
el vecino sureño, como parte de las medidas que buscan frenar el contagio desde
fuera.
Una decisión
similar fue negociada en días pasados entre Canadá y Estados Unidos. Y en esta
ocasión el Departamento de Estado, a cargo de Mike Pompeo, y la Secretaría de
Relaciones Exteriores, cuyo titular es el doctorante en crisis, Marcelo Ebrard,
establecieron comunicación el mismo día en que se difundió de manera
extraoficial desde Washington la posibilidad de que hoy el presidente Donald
Trump anuncie ese cierre de frontera a lo no esencial.
Una decisión
de ese tamaño, así fuera por 30 días y con ciertas concesiones estadunidenses,
causa estremecimiento en la economía mexicana en estos días tan maltrecha.
Reducir el movimiento de personas y mercancías en esa frontera estratégica,
para permitir el paso sólo a lo esencial significaría un golpe muy fuerte a un
país, México, cuya moneda está en una imparable devaluación (ayer cerró a 24.40
pesos por dólar), con reservas en el Banco de México que están siendo arrojadas
en tandas de pares de miles de millones de dólares para tratar de frenar el
acentuado deslizamiento del peso y que, además, sufre una caída histórica del
precio de la mezcla mexicana de crudo y sobrelleva con el mejor ánimo posible
(incluso con estampas religiosas como el Detente) la progresión contagiosa del
coronavirus que avanza en un país con un sistema público de salud limitado y
probablemente insuficiente.
El giro
restrictivo bocetado ayer desde Washington, a reserva de confirmarse hoy, hizo
que el canciller Ebrard buscara a su contraparte norteña, Mike Pompeo. El
mexicano mencionó haber encontrado buena disposición del secretario de Estado y
aseguró que hoy mismo dará detalle de avances. Lo cierto es que los amagos,
presiones y chantajes de la administración Trump han terminado en cesiones a
veces vergonzosas del gobierno mexicano (como en los casos de la contención
demigrantes llegados desde Centroamérica y de combate al crimen organizado), de
tal manera que, más allá del envoltorio retóricamente camuflado que se entregue
hoy, convendrá preguntarse nuevamente a cambio de qué la Casa Blanca podría
aceptar la atenuación del cierre temporal de la frontera, dejando pasar más
personas y mercancías de lo esencial para no lesionar más a la temblorosa
economía mexicana.
Respecto al
coronavirus, luego que se confirmó la primera muerte, como parte de una
evolución funeraria que está sucediendo (en dimensiones mayores) en varios
países, el presidente López Obrador aseguró que no habrá toque de queda ni
autoritarismo. Habló de la probabilidad de utilizar los programas de ayuda
militar a la población civil en problemas, lo cual está en la tradición
nacional y es bien visto por los ciudadanos, según distintas encuestas de
opinión que mantienen a las fuerzas armadas en primeros lugares de
respetabilidad y confianza.
También
reiteró su posicionamiento político matriz: por el bien de todos, primero los
pobres. Es decir, las decisiones de AMLO tendrán presente las necesidades y
condiciones de los segmentos sociales más vulnerables y no necesariamente lo
que están aplicando gobiernos de otras naciones: podrá haber restricciones a la
movilidad social y la economía, pero asumiendo que millones de mexicanos viven
al día y no tienen posibilidades de encerrarse o dejar de ser productivos.
Y, mientras
el aislamiento social avanza en el país entero, la población va asumiendo la
gravedad del problema en curso, las instituciones gubernamentales afinan sus
planes de acción (a tiempo o a destiempo, ya se verá), la economía se contrae y
la política partidista y electoral deja provisionalmente de ser tema importante.
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