Adela
Navarro Bello.
Molesto,
severamente molesto. Reflejando en sus gestos el enojo, el Presidente de la
República, Andrés Manuel López Obrador, arenga con las manos mientras grita al
micrófono, “parece como si no estuviésemos haciendo nada; llevamos 14 meses, y
a ver, yo les digo –exclama levantando el índice de su mano derecha- ¿no están
recibiendo más del doble los adultos mayores en pensión? ¿Es lo mismo que
antes? ¿Qué no están recibiendo los niños, las niñas, con discapacidad su
pensión?”… y la masa responde que no, pero los ignora ese primer momento y
sigue en su preguntar para demostrar su legado de Gobierno, “¿Saben cuántas
becas estamos entregando? ¡Claro que falta!, pero, ¿saben cuántas llevamos
entregadas? ¡11 millones de becas en todo el país! A ver, les pregunto: ¿No
todos los que estudian preparatoria tienen sus becas?”.
Y entonces
sucede, jóvenes, adolescentes a los que enfoca la cámara que graba el discurso
del Presidente en su natal Macuspana, Tabasco, le responden que no. Es evidente
que algunos de ellos, la mayoría que se escucha en el no, no la recibe. Y el
Presidente se enoja más. Pero en lugar de cuestionar a quienes en aquella
entidad desarrollan y activan el programa de la Beca Universal Benito Juárez,
arremete contra su audiencia.
“Ah… ¡Cómo
que no!”, les exclama de entrada en su molestia, y repite sin creerle a los
jóvenes que siguen gritando que “no”, no todos reciben la beca universal.
A
continuación les tacha de mentirosos: “La mentira es reaccionaria, es
conservadora; la verdad es revolucionaria”, sentencia dando a entender que él,
sus funcionarios y su programa son la verdad.
El
Presidente Andrés Manuel López Obrador ya estaba molesto. No le gustó que los
ciudadanos que acudieron al acto convocado por las autoridades en Macuspana
hubiesen abucheado al Presidente municipal, Roberto Villalpando, por supuesto
de Morena-PT. Incluso amenazó a los presentes con cancelar el acto y retirarse
si persistían los gritos de desaprobación para el Alcalde.
“¿Qué
ganamos con eso?”, preguntó quién durante por lo menos 12 años y tras ser
ignorando, golpeado y menospreciado por
quienes encabezaban el Gobierno federal, lo único que tenía era la protesta, la
manifestación contra la autoridad y la ejercía. Pero ahora que él representa a
la máxima autoridad en México, el Presidente López Obrador ya no está de
acuerdo con esas manifestaciones. Así se los dijo en el mismo tono de disgusto,
“Pues yo no estoy de acuerdo”, y se quedó callado. Negando las palabras de sus
invitados, irritado se los echó en cara: “No voy a hablar, ya saben que yo soy
terco… hasta que escuchen”. Con los labios ceñidos sólo los miraba
desaprobándolos y amagó: “Me dio mucho gusto estar aquí con ustedes, ya no voy
a poder seguir hablando, porque así no se puede, no quiero politiquería, no
quiero grilla…”. Pero no se fue, se quedó después de haber regañado a quienes
convocaron a escucharle a él y al Alcalde abucheado.
Lo grave no
es que el Presidente se enoje, es humano, tiene sentimientos y como bien lo
dice, es necio. Lo grave es que califique a la sociedad de mentirosa y pondere
a sus funcionarios como si, al igual que él, fuesen incorruptibles. La
ineficacia en el actuar de muchos funcionarios, el obeso sistema de Gobierno,
la burocracia, son en ocasión factores para que la asistencia social no llegue
a la totalidad de quienes la necesitan. Pero eso López Obrador no lo pone en
duda, no lo cree. Mejor se enoja con la gente, que dudar de los suyos.
Iracundo
cuando se abuchea a alcaldes y gobernadores que le acompañan en actos públicos,
ahora dice que “a la autoridad se le respeta”, cuando en el pasado mandó al
diablo a las instituciones, y criticó, llamó corruptos, a gritos y arengas
públicas, a quienes titulaban los órdenes de Gobierno. Pero la impunidad
oficial lo alcanzó. La ha dado a quienes en el pasado criticó de deshonestos.
Cuando candidato dijo en Baja California que Francisco Vega de Lamadrid,
entonces Gobernador y del PAN, era el más corrupto. Pero cuando Presidente de
la República lo apoyó hasta que, en la ignominia propia de su camino de
corrupción, Vega concluyó su periodo.
Cada vez más
frecuente el Presidente se enoja. Lo mismo en un acto público que en una
mañanera. Ya comienzan a surgir los testimonios de hombres y mujeres que,
abandonados aun por el estado y las políticas públicas que les llegan, le
reclaman en su paso por las calles de México y son ignorados por el mandatario
federal. Lo del Presidente es el apapacho, la selfie amorosa, el recibimiento
cariñoso, para el reclamo y la protesta está cerrado.
Con la
manifestación de las mujeres ha sido igual. Rayando en la indolencia, en la
insensibilidad, llegó a pedir que no pintaran paredes y puertas, como si el
edificio de Palacio Nacional fuese un asunto primordial, por encima de
establecer una estrategia para acabar con la impunidad que mantiene a muchos
feminicidas y atacantes de mujeres en libertad, en el mejor de los casos
prófugos.
Lo sucedido
en Macuspana el fin de semana es una muestra de cómo el Presidente se está
alejando de quienes más le apoyaron y le permitieron llegar al triunfo del
poder: la sociedad necesitada a la que sus funcionarios le están fallando,
aquella que está dándose cuenta que la falta de programas de desarrollo social,
oportunidades, le está haciendo mella.
El enojo del
Presidente no es pues, una buena señal. A nadie, ni a la estructura de Gobierno
ni a la sociedad, le conviene un mandatario enojado, que reaccione con
desplantes y se ahorre la propuesta, el plan, la estrategia.
La
irritación presidencial en Macuspana, coincidió con la develación de una
encuesta del periódico Reforma que da cuenta de la baja en la popularidad de
don Andrés Manuel López Obrador, pero eso el Presidente, como las
manifestaciones de la gente, no lo reflexiona, critica “a los conservadores”, a
los “corruptos” que no persigue y mantiene en la impunidad, habla de
reaccionarios, justifican, así lo hizo el Alcalde abucheado, en infiltrados en
la convocatoria, otra vez, los que están mal son los ciudadanos, no ellos.
Escuchar a
la gente como lo hizo en el pasado, pero a toda, no solo a la que le habla
bonito y le prodiga referencias, le ayudaría al Presidente a salir de la
burbuja en la que se está refugiando, ese lugar donde nada es criticable, donde
todo es aplaudido, ese lugar tan alejado de la realidad que se vive en un país,
donde los pobres siguen siendo pobres, al tiempo que los programas de Gobierno
no están cumpliendo su objetivo de dar estabilidad a la ciudadanía, y la
impunidad impera en un México donde la cifra de homicidios no disminuye, va en
aumento.
También le
permitiría recuperar algo de sensibilidad, y no tomar decisiones defensivas
contra movimientos que no son contra él, cuanto lo son contra un sistema que no
ha cambiado, que sigue protegiendo con la incapacidad y la falta de rigor
científico, a los feminicidas. Le permitiría ver, que iniciar una rifa que se
celebrará en septiembre, justo el 9 de marzo cuando las mujeres de México han
convocado a un paro nacional, no solo es insensible y alejado de la realidad de
la impunidad que padecen muchas mujeres, sino que lo aleja de un sector
importante al que prometió servir, proteger.
Es
preocupante que el Presidente se enoje, pero es grave que arremeta contra la
sociedad que abuchea a un político, que los llame mentirosos; y más grave que
pretenda minimizar las acciones de un sector que se mueve y luego se para, en
un intento por sensibilizar a la clase gobernante, y sobrevivir en un país de
violencia.
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