Jorge Javier
Romero Vadillo.
La
destrucción de riqueza que va a vivir el mundo será de proporciones
catastróficas, como las que cíclicamente ha vivido la humanidad desde que la
civilización existe, ya sea por epidemias, como en este caso, por guerras o por
crisis económica desatada por “la mano invisible”, bastante más caprichosa de
lo que la economía clásica suponía cuando la consideraba esencialmente
virtuosa.
Los órdenes
sociales han sido tanto resultado como causa de catástrofes. Las catástrofes de
la naturaleza a las que se enfrentaba la humanidad prehistórica estuvieron a
punto de extinguir en la cuna a nuestra joven especie, pero mal que bien los
seres humanos fueron aprendiendo a lidiar con su entorno natural y a
modificarlo para hacerlo cada vez más habitable. Sin embargo, esa domesticación
de la naturaleza ha sido fuente de nuevas catástrofes: las epidemias, aunque de
naturaleza biológica, han sido acentuadas por el hacinamiento propio de las
civilizaciones.
La ilusión
ilustrada de que los humanos podíamos controlar y domeñar a la naturaleza se ha
mostrado una fantasía, en el largo plazo por la incertidumbre generada por el
cambio climático y en el corto por la peste de nuestros días. Los humanos solemos lidiar con la falta de
certeza del entorno creando reglas, protocolos de actuación, maneras de hacer
las cosas que tengan carácter general y obligatorio para una comunidad humana a
la que se le imponen, con consecuencias distributivas sobre su producción. Pero
esas reglas siempre se crean con base en experiencias pasadas, reflejan la
fuerza relativa de quienes las crean en su favor y nunca anticipan de manera
absoluta los problemas derivados de la complejidad de las interacciones
humanas, en crecimiento exponencial en la medida en la que la población se
expande y la globalización avanza.
Las
catástrofes, como momentos que trastocan abruptamente el statu quo, son
cruciales para el cambio institucional y tienen consecuencias distributivas
acusadas. Adam Prezeworsky, entre otros historiadores y politólogos
contemporáneos, afirma que los momentos cruciales de distribución a lo largo de
la historia se han dado precisamente como resultado de alguna gran catástrofe
que reduce intempestivamente la riqueza. Es la destrucción de lo acumulado lo
que lleva a un nuevo reparto, ya sea de manera abrupta o a través de ajustes
graduales de las reglas del juego con consecuencias distributivas.
Las
catástrofes pueden llevar a renegociaciones contractuales en la política, que
pueden llegar a ser relativamente eficientes en términos distributivos, siempre
y cuando existan las elites políticas capaces de aprender las lecciones y
pactar nuevas reglas para la formación de consensos, para la actuación y para
la rendición de cuentas sobre las decisiones que se toman en nombre de la
sociedad. Es de esperar que, ante las consecuencias de la crisis actual, tengan
mejor capacidad de adaptación los órdenes sociales de acceso abierto, con
procesos de toma de decisiones transparentes, que retroalimenten adecuadamente
la información generada por la crisis, aunque en el corto plazo parezca que
lidiaron más desordenadamente la respuesta.
Esos estados
están más blindados frente a los charlatanes que los llegan a encabezar. El
payaso mayor de la política actual, Trump, se ha visto restringido, aunque
ahora clame por el poder absoluto. No creo en la bola de cristal como
instrumento de trabajo de la ciencia política, pero supongo razonablemente que
en Estados Unidos lo que ocurrirá será un proceso de distribución de corte
socialdemócrata, de significado parecido al del New Deal de los años treinta
del siglo pasado o al acuerdo redistributivo provocado por el movimiento de los
derechos civiles de las décadas de 1950 y 1960. Un retroceso del bloque
conservador en beneficio del relevo generacional e ideológico, para lograr un
orden menos inequitativo.
Más incierto
parece el futuro de la Unión Europea, que en esta crisis ha mostrado de nuevo
sus limitaciones de diseño. Coordinar los intereses de Estados tan diversos,
con estructuras políticas, fiscales y administrativas tan distintas, ha
mostrado ser una tarea ingente. ¿Habrá más o menos Europa después de esta
crisis? Lo previsible es que ahí también habrá un ajuste redistributivo, con
recuperación del papel del Estado como instrumento para coordinar la acción
colectiva y para generar un piso común de condiciones materiales más amplio y
sólido que el actual. Sin embargo, difícilmente esta crisis, con la sensación
de invasión que ha producido, va a disminuir los sentimientos nacionalistas,
excluyentes, xenófobos, que insuflan los políticos manipuladores de la emoción
social, esos que se llamaban demagogos y que hoy se insiste en llamar
populistas.
¿Qué efecto
tendrá esta crisis sobre los políticos charlatanes y proclives a la
concentración megalómana del poder? ¿Orbán logrará consolidar su autocracia o
tanto la sociedad húngara más secular, junto con la Unión Europea lo logren
frenar? El efecto sobre la política de la crisis actual va a depender en buena
medida de la solidez institucional, pero también de la manera en la que golpee
a la sociedad, tanto en la salud como en la economía y los malestares que ello
genere en el humor social.
El efecto va
a ser mayor en los órdenes sociales menos abiertos, con elites voraces carentes
del refinamiento intelectual necesario para pactar nuevas reglas. Ahí las
catástrofes suelen provocar ajustes institucionales que pueden ser agudos, con
consecuencias distributivas inciertas, con una mayor destrucción de riqueza y
con periodos de ajuste de décadas. Los estados latinoamericanos, a medio
construir y edificados sin planos, solapando estructuras y con cimentaciones
endebles, en terreno pantanoso, lodazales de corrupción y abusos que reproducen
la desigualdad, van a vivir terremotos si el efecto de la crisis es de la
magnitud que se pronostica. La inestabilidad puede durar, otra vez, décadas.
La
estabilidad es un valor colectivo. Donde la crisis sanitaria y económica haga
saltar el arreglo político, las pérdidas serán mayores, a menos de que se trate
de las ruinas estatales de Cuba, Nicaragua y Venezuela, donde poco queda por
destruir. En el caso mexicano es indispensable que se abra una nueva
negociación del arreglo, pero los términos del acuerdo no pueden eludir la
validación electoral, ni pueden tener otra fuente de legitimidad que la Constitución
incluso para reformarla por completo. Es obvio que el nuevo arreglo será
imposible durante la Presidencia de López Obrador, quien se ha mostrado
refractario a encabezar un cambio negociado e incluyente, así que habremos de
esperar a 2024, porque los partidos que participarán en 2021 están muy flacos
para impulsar articuladamente un proyecto de acuerdo.
El
Presidente seguirá en su empeño de iluminado el resto de su sexenio, entonces
el pacto se hará sobre las ruinas que se vean. Porque el Presidente debe
terminar su mandato en los términos en los que fue electo. Ni referéndums auto
consagratorios, ni asonadas caceroleras por la renuncia. Protesta sí, crítica
toda, intentos de negociación, los que sean necesarios, pero este Gobierno fue
electo por un término con unas reglas y pase lo que pase debe terminar su
mandato constitucional y, en todo caso, después rendir cuentas.
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