Enrique
Quintana.
La falta de
memoria histórica es uno de nuestros grandes problemas. No solo en México, sino
en el mundo entero.
Hace poco
menos de 102 años sufrimos la peor pandemia que jamás se hubiera registrado en
el mundo, la de la 'influenza española', que, de acuerdo con algunas
estimaciones, cobró 100 millones de vidas entre 1918 y 1919.
Se trataba
del virus AH1N1, que luego resurgiera en México con una mutación.
Hay
discusión acerca de si el contagio empezó en Estados Unidos o en Francia. Pero
con los traslados de personal militar por efecto de la Primera Guerra Mundial,
hubo una difusión muy amplia con muy pocas semanas de diferencia.
Ni la peste
negra, que asoló Europa en el siglo XIV, tuvo el alcance de esta pandemia que
llegó a gran parte del mundo.
México no
escapó a esta enfermedad.
La primera
oleada de la pandemia llegó en la primavera de 1918. La segunda, la más grave y
mortífera, se presentó en el otoño de ese año. Y luego en 1919 hubo una tercera
ola, más leve.
Las
estimaciones de algunos historiadores de la salud indican que en el país hubo
300 mil muertes por esta pandemia, es decir, más del doble de los que hasta
ahora ha producido el coronavirus en el mundo entero.
En octubre
de 1918, la enfermedad se desató en los cuarteles de la Ciudad de México y en
algunas entidades fronterizas del norte de la República.
Cuando se presentó
la pandemia, el país salía de la Revolución y prácticamente carecía de
instituciones. El presidente era Venustiano Carranza y el alcalde de la Ciudad
de México (había alcalde entonces) era el general Arnulfo González.
Como
respuesta a la enfermedad se suspendieron las corridas de trenes a las ciudades
en las que estalló la pandemia. Los hospitales fueron desbordados rápidamente.
Pero a pesar de eso, se decretó una multa de 5 a 500 pesos a los enfermos que
salieran a las calles.
Se
clausuraron centros de reunión como cines, teatros, escuelas, cantinas,
pulquerías.
A las 11 de
la noche se suspendía el tránsito de la Ciudad y se multaba a quien circulara
después.
No había
cubrebocas, por lo que se recomendaba al personal sanitario usar tapones en la nariz,
además de una solución de creolina y ácido fénico para desinfectar. El
tratamiento de los enfermos era con base en quinina, por cierto, algo no muy
diferente a lo que ahora propone Trump: la hidroxicloroquina.
De acuerdo
con el excelente trabajo de Lourdes Márquez Morfín y América Molina del Villar,
titulado 'El otoño de 1918: las repercusiones de la pandemia de gripe en la
Ciudad de México', algunos comercios colgaron cartelones que decían: “¡No dé
usted la mano!”.
La prensa
criticó al gobierno porque ya extendida la pandemia en la capital no se habían
retirado a los vendedores callejeros.
Las
rudimentarias mascarillas que se desarrollaron fueron recomendadas a enfermeras
y doctores, así como sepultureros y personal de los panteones.
Los
periódicos de la época narran cómo se amontonaban los cadáveres a la espera de
sus cajas, pues no había suficientes para contener a los cuerpos.
El
Demócrata, un medio muy crítico de entonces, cuestionaba en un editorial del 28
de octubre de 1918:
“México no
estaba ni remotamente preparado, desde el punto de vista sanitario, para evitar
la pandemia actual. Las insalubres costumbres que el Ayuntamiento no ha cuidado
desterrar… el desaseo innato del pueblo, la acumulación de basura en las
calles, son cosas que debieron combatirse con tenacidad”.
¿Le suena
conocido?
Quizás algo
aprendimos en materia de prevención de los desastres que ocasionan los
terremotos, pero en cuestión de impedir los estragos de una pandemia –por más
que el gobierno argumente– vemos cómo se repiten los errores que se cometieron
hace poco más de un siglo.
A ver si nos
sirve esta dolorosa lección.
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