Enrique
Quintana.
La nostalgia
del presidente López Obrador por el pasado, nuevamente se hizo presente el día
de ayer cuando presentó una presunta carta enviada al pueblo de México por el
presidente Adolfo López Mateos el 27 de septiembre de 1960.
En el
Informe Presidencial del 1 de septiembre de aquel año, López Mateos anunció la
nacionalización de la industria eléctrica.
A diferencia
de lo que ocurrió con la expropiación petrolera, en el caso de la industria
eléctrica el proceso fue a través de la compra de las acciones de las empresas
que operaban en México entonces.
De hecho, el
entonces secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena, contó el episodio e indicó
que las compras se hicieron con sigilo, a través de agentes financieros, con
objeto de que los vendedores no supieran que era el gobierno mexicano quien
compraba.
La Comisión
Federal de Electricidad producía entonces el 54 por ciento de la energía
eléctrica del país. El 25 por ciento era producido por la Mexican Light and
Power, que luego se convertiría en Luz y Fuerza del Centro, y el resto de la
electricidad la producían otras empresas más pequeñas.
Con la
adquisición de las acciones de estas compañías, el Estado, que no la CFE, se
quedó con el monopolio de la generación y distribución eléctricas.
La
exaltación del discurso nacionalista de López Mateos el día de ayer muestra que
en realidad lo que en el fondo quisiera el presidente es que regresáramos al
estado de cosas que teníamos en 1960.
A diferencia
de lo que ocurrió con la industria petrolera, en donde se mantuvo el monopolio
de la producción hasta la reforma energética del sexenio pasado, en la
industria eléctrica, a través de cambios en reglamentos y leyes, se fue
abriendo a una situación de competencia desde el sexenio de Ernesto Zedillo.
Los productores independientes, que le vendían energía a CFE, fueron creciendo
de manera importante.
La situación
financiera de las dos empresas eléctricas limitaba sus capacidades para
invertir, por lo que se dejó que el sector privado lo hiciera.
López
Obrador sabe que, emprender como en 1960, un proceso de ‘mexicanización’, como
entonces se denominó, de la industria eléctrica, es poco menos que imposible.
Repetir el
esquema y comprar el control de las empresas privadas está fuera de la
posibilidades financieras del gobierno y pretender expropiar propiciaría una
crisis de proporciones gigantescas.
Por eso se
ha elegido un camino de gradualidad para limitar al sector privado, en el que
se van erosionando las reglas del mercado eléctrico que se habían venido
definiendo desde hace algunas décadas y que se perfilaron de manera más clara
con la reforma energética.
Cuando
existe un monopolio, como lo teníamos, y se quiere crear un mercado, lo natural
es que se establezcan reglas que limiten al monopolio –el que sea– y que
alienten a la competencia.
Eso ha
sucedido prácticamente en cualquier lugar del mundo en el cual los mercados han
desplazado a los monopolios.
Esa
condición regulatoria es la que no gusta ni al presidente de la República ni a
su equipo en el sector energético y por lo mismo, prácticamente desde el
comienzo de esta administración, se han ido tomando decisiones para revertir la
reforma energética pero sin cambiar las leyes.
En términos
propagandísticos, es mucho más rentable hablar de la soberanía energética y
enarbolar banderas de personajes que se encuentran en la memoria colectiva con
una connotación positiva como Lázaro Cárdenas o Adolfo López Mateos.
Nuestro
problema es que el mundo de 1960 ya no existe.
Hoy, el
entorno global es completamente diferente y las decisiones que en aquel momento
fueron pertinentes hoy probablemente podrían tener consecuencias muy negativas.
No hay
manera de que el tiempo vuelva, aunque sea el presidente quien lo pida.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.