Salvador
Camarena.
Para ir a
Santa Catarina Cuixtla, Oaxaca, hay que pasar por Miahuatlán. No es un viaje
corto, pero es la ruta. La segunda población estuvo libre de contagios por
Covid-19 durante meses. Hasta que el encierro se relajó y hoy tienen cinco
casos. Pasaron de cero contagios, de estar en la lista de lugares que, según el
gobierno, ya iban a salir, a media decena de casos y a la certidumbre de que el
número de enfermos puede multiplicarse en los próximos días.
En Santa
Catarina Cuixtla, me dice alguien de allá, es otra la historia. El pueblo ha
sido cerrado porque los habitantes no quieren que nadie los infecte. Por eso,
quienes son oriundos de esa población, y contrario al ritual, no podrán ser
enterrados en su lugar de origen si en medio de la pandemia fallecen en el
Valle de México.
Así le pasó
a una mujer, cuyo caso fue reportado en el noticiario En Punto, el pasado 16 de
mayo. Ni a la carroza fúnebre ni a sus familiares venidos de la capital se les
permitió entrar al pueblo. Pero no fue el primer caso.
En la casa
de los Jiménez Jiménez la tragedia por el Covid-19 ya cobró tres vidas. Yolanda
y sus hijos Laura y Jesús murieron en menos de tres semanas. Ellos fallecieron
en Ecatepec, Estado de México.
La primera
en morir fue Yolanda. Según testimonios, acudió a una clínica de la población
mexiquense a atenderse de un mal preexistente, iba a lo que se suponía que era
una visita de rutina. Ya no la dejaron salir. No había pasado una semana cuando
falleció. Y a los cinco días fue hospitalizada Laura, y finalmente Jesús. En
menos de una semana murieron. El padre está hospitalizado. En casa sólo queda
la nuera.
Los
familiares de los Jiménez Jiménez ni se plantearon llevar a sus difuntos a
Santa Catarina Cuixtla. “Sí es nuestra costumbre que nos entierren allá, pero
ahora el pueblo está cerrado”, cuenta un familiar.
Pero tampoco
en Ecatepec hubo velorio. “No pudimos estar con ellos por las cuestiones de
sanidad, por cuidarnos. Sí los queremos mucho, pero ya seríamos más los
muertos.
Porque
nosotros, por lo que hemos vivido, ya no salimos. Pero nadie cree que el virus
sea tan grave, seamos honestos”, agrega.
La familia
se queja de que en la muerte de doña Laura se “vivieron cosas muy turbias, le
pusieron que era otra cosa. Pero llegó y ya no la dejaron a salir, y luego los
hijos estaban sanos y fueron cayendo, primero ella y luego él”.
Esta
tragedia familiar muestra dos lados opuestos del reto que supone Covid-19 para
México. Ecatepec, con su millón 700 mil habitantes, es una concentración total,
mientras que en Santa Catarina Cuixtla sobreviven 2 mil personas que ya vieron
el inicio de los contagios entre sus vecinos de Miahuatlán (50 mil habitantes).
Sin embargo,
y por grotesco que parezca, Ecatepec y las dos poblaciones oaxaqueñas tienen
otras cosas en común. Ninguno de esos enclaves, ni el que es más grande en
población que algunos estados del país ni los pequeños poblados en la Sierra
Sur de Oaxaca, tienen infraestructura sanitaria adecuada para lidiar con la
pandemia.
La otra cosa
en común es que la gente tiene que salir a buscar el sustento. Por lo que el
encierro para muchos no es opción. Y luego están los que subestiman al
coronavirus.
Quién sabe
si en Ecatepec estén por alcanzar el pico de contagios, pero en otras remotas
regiones, el terror parece estar comenzando. Como para los Jiménez Jiménez de
ambas poblaciones.
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