Salvador
Camarena.
El
subsecretario Hugo López-Gatell calificó ayer como obviedad la revelación
periodística de que en la Ciudad de México hay 4 mil 577 actas de defunción,
del periodo de marzo 18 a mayo 12, con el término Covid o parecidos inscritos
–como confirmados o sospechosos– en el rubro de causa de muerte.
Obvio es
algo, uno creería, que al común de la gente, o de un entorno, o de un grupo, le
parece “muy claro o que no tiene dificultad”, según dice la RAE en una de sus
definiciones de ese término.
El
funcionario que personifica la máxima vocería del gobierno federal para la
pandemia sostiene que es “muy claro”, obvio pues, que haya 4 mil 577 actas de
defunción, documentos oficiales, donde a partir de un certificado de un médico,
se apunta que en esas muertes estuvo involucrado el nuevo coronavirus. Será
claro para él, ¿pero será obvio para los capitalinos y otros mexicanos que
apenas el día 18 conocieron ese dato?
Y es que
nadie sabía del monto de esos posibles contagiados fallecidos en la Ciudad de
México hasta que fue revelado este lunes por MCCI (del que formo parte, por si
se quiere declaración de interés).
Qué tan
obvio será para la ciudadanía que en el Registro Civil capitalino hay 4 mil 577
actas de defunción que incluyen Covid en causa probable de muerte, cuando las
cifras oficiales para ese mismo periodo sostenían que en la Ciudad de México
había apenas la cuarta parte de casos confirmados: 937.
¿De verdad
la mejor respuesta o reacción que tenía el subsecretario López-Gatell frente a
la revelación de ese abultado, y específico, número de actas era que se trata
de una obviedad?
“No es
información nueva”, diría unos minutos más tarde López-Gatell, a pregunta
expresa de una colega, en la conferencia de las siete de la tarde.
Sí es. A lo
mejor no para él. Para la ciudadanía, es obvio que es una novedad. Pero claro,
es difícil rebatir la retórica de López-Gatell, que en tres meses de ruedas de
prensa diarias si algo ha hecho es mover el ábaco a conveniencia.
López-Gatell
agregaría otra cosa anoche. Dijo que “la información se recaba en ritmos más
lentos”. De esa forma trató de minimizar la diferencia de cuatro a uno entre
las 4 mil 577 actas de defunción y el casi millar de muertes oficiales por
Covid.
Es raro el
subsecretario. Qué le costaba sacar una nota que dijera: Miren, nos lleva equis
días depurar las actas. Pero el patrón que va saliendo es que por cada diez
sospechosos, ye actas terminan en casos confirmados.
No. En vez
de ello, el funcionario dijo que se trata de una “noticia repetitiva”. Quizá
confunde, o más bien desdeña, el interés periodístico ante la nebulosa
narrativa que ha expuesto en estos meses, con flojera intelectual.
Porque
señala que estamos ante un tema muy trillado (cuántos contagios reales hay,
cuántas muertes probadas), pero dice eso al tiempo que con Pepe Cárdenas, en
Grupo Formula, y en la conferencia de las siete dice que no leyó el reporte que
dio a conocer las 4 mil 577 actas. ¿Qué clase de científico no lee algo antes de
refutarlo? Uno o muy alzado, o uno muy ideologizado. Por dar dos posibilidades.
Pero hay peores opciones: uno mentiroso, o uno manipulador de la verdad en
medio de una crisis que miles de familias pagarán con dolor.
Los
periodistas quieren información para dársela a la ciudadanía. Los gobiernos por
regla quieren lo contrario: ocultar a la sociedad la dimensión de los
problemas.
Es una
obviedad que la función periodística moleste al poder. Es también una obviedad
que antes que informar con claridad, un funcionario pretenda evitar con
adjetivos, evasivas y supuestas conjuras lo que debería ser su más elemental
obligación: informar con claridad, de manera veraz y siempre oportuna, y en
cumplimiento de su deber adquirido para con el derecho de la ciudadanía a
saber. Esa obligación suya sí es obvia, ¿o no subsecretario López-Gatell?
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