Julio Astillero.
Sólo se ha
hecho explícito lo que lleva meses latente: el Presidente de la República
desconfía profundamente del aparato directivo del Instituto Nacional Electoral
(INE) y, en particular de su consejero presidente, Lorenzo Córdova Vianello. A
la vez, ese aparato directivo y los partidos, políticos y personajes contrarios
a las políticas del citado jefe del Ejecutivo federal desconfían profundamente
de las intencio-nes del político tabasqueño.
Ayer, en su
conferencia matutina de prensa, Andrés Manuel López Obrador soltó un mandoble
declarativo de consecuencias progresivas. Se declaró investido como guardián de
la pureza electoral, cruzado contra el fraude en los comicios venideros y
crítico abierto de las complicidades, ineficacias o abierta tracalería de
consejeros y funcionarios del INE que no han podido frenar atracos a la
voluntad popular, entre ellos, en 2006 (como Instituto Federal Electoral, con
Felipe Calderón como beneficiario del fraude escandaloso) y en 2012 con Enrique
Peña Nieto como triunfador gracias a ríos de dinero provenientes de políticos
mafiosos. El INE, antes IFE, poco tiene para decir en su defensa ante el ojo vigilante
de López Obrador.
La
conversión en centinela electoral de máximo nivel del jefe político de Morena
(aunque él diga, como ordenan los manuales, que no se mete en la vida interna
de los partidos) acelera el discurso y las reacciones operativas de sus
adversarios, que consideran dictatorial que el muy poderoso titular del Poder
Ejecutivo federal pretenda someter a su escrutinio las acciones de un organismo
constitucional autónomo. Lo menos que arguyen contra el tabasqueño es que busca
colocarse como juez y parte del complejo proceso electoral del año entrante.
Aun cuando
Lorenzo Córdova ofrece resistencia, sobre todo retórica, lo cierto es que el
INE está en un proceso de cambios por razón no sólo de calendario: cuatro de
sus 11 consejeros dejaron sus asientos el pasado 3 de abril, entre ellos Marco
Antonio Baños, quien ejercía un poder favorable a posiciones priístas o
similares, por encima del propio Córdova. Los nuevos ocupantes llevarán el
sello de Palacio Nacional y, a pesar de que el citado Córdova fue electo para
presidir el consejo general hasta abril de 2023, la correlación interna de
fuerzas y la presión escrutadora del obradorismo podrían llevarlo a dejar la
presidencia del INE y quedar sólo como consejero.
De ser así,
la de ayer fue apenas el anuncio de una batalla que pasará por el control real
del INE, el otorgamiento de registro a nuevos partidos (con el calderonista
México Libre en lista negra marca García Luna) y nuevas formas de conducir las
complicadas elecciones intermedias del año próximo (y prepararse para las de
mayor disputa, las presidenciales de 2024).
Palacio
Nacional anunció ayer un enroque administrativo obviamente republicano: la
subsecretaria de Gobernación, Diana Álvarez Maury, pasó a dirigir el Banco del
Bienestar (antes, Banco del Ahorro Nacional y Servicios Financieros, Bansefi) y
el titular del BB, Rabindranath Salazar Solorio, saltó hacia Bucareli.
En realidad,
ninguno de los partícipes en el enroque tenía originalmente méritos específicos
para el cargo que han ocupado: Álvarez Maury había sido funcionaria
administrativa de una escuela preparatoria privada en la Ciudad de México y
llegó a Gobernación porque era parte del equipo de Alejandro Gertz Manero y
porque la destinataria prevista para esa subsecretaría, Tatiana Clouthier,
prefirió seguir como diputada federal. Diana es especialista en transmisión de
energía cósmica y consultora de semiología de la vida cotidiana.
Salazar hizo
carrera política en Morelos al amparo del Partido de la Revolución Democrática,
pero en 2014, siendo senador, pasó a Morena. Identificado con el grupo de
Dolores Padierna (y René Bejarano), buscó ser candidato a gobernador de su
estado, pero fue impuesto el ex futbolista Cuauhtémoc Blanco y, como
compensación, lo nombraron al frente del banco antes mencionado, de donde ahora
pasa a la subsecretaría de Gobernación. Enroques republicanos multiusos
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