Enrique
Quintana.
El país se
encuentra desde hace meses en el camino de la polarización, es decir, el
espacio en donde solo hay cabida para los extremos, y no para posturas
mediadoras o conciliadoras.
El sábado,
el presidente López Obrador abonó a esta circunstancia y dijo:
“Qué bueno
que se definan, nada de medias tintas, que cada quien se ubique en el lugar que
corresponde, no es tiempo de simulaciones, o somos conservadores o somos
liberales, no hay medias tintas. Se está por la transformación o se está en
contra de la transformación del país… es tiempo de definiciones”.
El discurso
del presidente López Obrador ha sido polarizante en los últimos meses, pero no
había expresado de manera tan clara su creencia en que o se está con él o se
está en contra de él.
No admite ninguna
posibilidad, por ejemplo, de coincidir en sus aspiraciones y metas, pero
diferir en los medios e instrumentos que utiliza para alcanzarlas.
Virtualmente,
se asume infalible y por lo tanto no deja espacio para la crítica, que por
definición deja de serlo y se convierte en ataque.
Como en
otras ocasiones, López Obrador invoca los tiempos juaristas y el choque entre
los conservadores y los liberales, que traslada a nuestro tiempo.
Pareciera
haberse anclado en ese México de hace 160 años, pues sobre él es que construye
sus referentes.
Cuando llegó
a la presidencia Benito Juárez, en 1858, se estima que la población del país
era de 8.3 millones de personas y la tasa de analfabetismo entonces era de 85
por ciento. Solo el 10 por ciento de la población vivía entonces en las
ciudades mientras que el 90 por ciento restante lo hacía en pequeñas
localidades desperdigadas por todo el territorio.
El país de
128 millones de habitantes que tenemos hoy es completamente diferente al de los
tiempos juaristas. Es una nación predominantemente urbana, con una tasa de
analfabetismo de 3 por ciento y con una economía cada vez más de servicios. Se
trata de una sociedad diversa y compleja.
Pensar en el
México de mediados del siglo XIX impide ver que hoy no podemos dividir a la
sociedad en dos partes: los que están conmigo y los que están contra mí.
La exigencia
de definiciones expresada por el presidente puede acentuar el clima de
intolerancia que observamos en diversos ámbitos, como por ejemplo, en las redes
sociales.
El tono de
la exigencia presidencial de definiciones es peligroso pues deja en calidad de
adversario, o incluso enemigo, a quien no sea incondicional.
Se han
presentado algunas expresiones aisladas, pero significativas, de violencia en
los últimos días, como lo ocurrido en Guadalajara o lo que pasó el viernes en
diversas zonas de la Ciudad de México, en donde se presentaron destrozos y
expresiones claras de odio de clase.
Quienes
hemos sido testigos por muchos años del proceso para construir en México una
convivencia civilizada entre quienes piensan diferente, sabemos que cuesta
mucho lograrlo.
No hace
tanto tiempo –apenas seis décadas– todavía se encarcelaba y a veces se
ejecutaba a quienes tenían una visión política diferente.
En los
tiempos del viejo PRI, antes de las reformas políticas, a veces se
criminalizaba el oponerse al gobierno.
La civilidad
política que construimos, permitió no solamente disentir sino cambiar al
gobierno a través de las elecciones.
Puede ser
muy fácil pasar de la condena verbal a quienes se califica como conservadores,
a la instigación de la violencia en contra de ellos, o a la creación de
condiciones para que no puedan aspirar a contender en los procesos electorales.
Hay que
decir ¡No! a la polarización, antes de que sea demasiado tarde y estemos en
medio de un conflicto imparable.
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