Julio Astillero.
Sería un
error suponer que la cena en la Casa Blanca, con empresarios de Estados Unidos
y una oncena de capitales mexicanos, constituirá el punto principal o más
trascendente de la polémica visita del presidente Andrés Manuel López Obrador a
los dominios de un depredador político en busca de relección. Las reuniones de
trabajo entre funcionarios de ambos países, y los acuerdos a los que se
lleguen, podrían tener significados explícitos o implícitos en los que se
refleje la histórica asimetría entre ambas naciones y la conocida voracidad en
lo inmediato del anfitrión, Donald Trump. Además del obvio riesgo de que la
presencia del político tabasqueño en Washington sea utilizada para fines
propagandísticos por la Oficina Oval en su batalla por votos frente a los
demócratas.
Sin embargo,
la mencionada cena binacional del poder económico y político ha concentrado la
atención en México. Por un lado está la condicionada oportunidad de que ante el
padrinazgo y arbitraje del citado Trump vuelva a encarrilarse en lo posible la
relación de los grandes capitales, nativos y extranjeros, con el presidente
López Obrador, al que acusan de no respetar reglas ni acuerdos relativos a la
inversión que, por tanto, estaría retraída o sería volátil.
Para fines
internos, la conformación de la lista de comensales de lujo genera
especulaciones y suspicacias. Si de esa cena, tan neoliberal, habrán de desprenderse
las líneas maestras de un proyecto que dé ganancias económicas a los
empresarios involucrados y políticas a los presidentes vecinos, resulta
llamativa la nómina de los mexicanos convidados, por cuanto refleja cercanías,
beneficios y privilegios.
Fue invitado
alguien de presencia inmediatamente explicable, como Carlos Slim Helú, uno de
los hombres más ricos del mundo, siempre hábil para acomodarse a los poderes
mexicanos en turno. Pero no fueron convocados otros de los pesos pesados (no
dueños de medios), con excepción de Carlos Hank González (nieto del famoso
profesor priísta de nombre y apellidos similares), del Grupo Financiero
Banorte, quien, al igual que Slim, ha sabido sobrellevar el agridulce sabor del
sexenio en curso. También entrarán a la Casa Blanca, del ámbito empresarial,
Patricia Armendáriz Guerra, de Financiera Sustentable, y Carlos Bremer
Gutiérrez, de Grupo Financiero Value, conocidos en especial por su
participación en un programa televisivo de tiburones en busca de invertir en
proyectos novedosos y redituables.
En un
apartado que mezcla la propiedad de medios de comunicación, en particular
televisivos, con otros negocios no mediáticos, van Bernardo Gómez, de Televisa
(en cuya casa se reunieron a cenar, en marzo de 2019, el presidente López
Obrador y Jared Kushner, yerno de Trump y virtual comisionado de éste para el
tema México); Ricardo Salinas Pliego, del Grupo Azteca (promotor y miembro del
consejo empresarial asesor de AMLO); Olegario Vázquez Aldir, de Imagen, el
diario Excélsior y negocios hoteleros, hospitalarios y de construcción, y
Francisco González Sánchez, del Grupo Multimedios (diario Milenio, Milenio TV).
Asistirán,
también, el compadre del presidente López Obrador, Miguel Rincón Arredondo, de
Biopapel, y otro de los empresarios especialmente favoritos de este sexenio,
Daniel Chávez Morán, de Grupo Vidanta, a quien AMLO nombró supervisor honorario
de los trabajos de construcción del Tren Maya (Mayan Palace).
Y una
sorpresa que podría tener incluso significados electorales para 2024, aunque
todo dependiendo del desenlace de la elección estadunidense del presente año:
Marcos Shabot Zonana, a quien se anunció como empresario de Zonana de
Arquitectura y Construcción, sin mencionar que es el presidente del Comité
Central de la Comunidad Judía de México, con grandes intereses e inversiones en
la capital del país, gobernada ésta por Claudia Sheinbaum
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