Arnoldo
Cuellar.
La triple
crisis propiciada por la propagación del virus SARS-CoV-2, su impacto en la
economía y el agudizamiento de la violencia indiscriminada en Guanajuato, ha
soslayado otros problemas que urge atender.
En las
próximas semanas se cumplirán 20 años de funcionamiento de la planta de
tratamiento de aguas residuales de León, la mayor ciudad del estado y la que
vive uno de los problemas más graves de contaminación industrial, solo
comparable a la que produce la industria petrolera y sus derivados en Salamanca.
La
construcción de un complejo para tratar las aguas residuales urbanas y las
aguas que contenían residuos industriales, en funcionamiento desde el año 2000,
fue presumida en su momento como una solución revolucionaria, parecía que al
fin la ciudad sede de la mayor actividad de curtido industrial del país,
demandante de agua y altamente contaminante, entraba en la modernidad.
Veinte años
después, el panorama es desolador. En ese lapso de tiempo la administración
municipal y el sistema de agua potable (SAPAL) fueron incapaces de meter en
cintura a la industria curtidora, muchos de cuyos más destacados representantes
forman parte del consejo directivo del organismo, desde donde sabotearon las
iniciativas para endurecer posturas y obligar a las empresas a cumplir con las
normas ambientales.
El primer
sabotaje fue financiero. Las empresas cuyas aguas deben ser tratadas
obligatoriamente a su costo, lograron evadir la fiscalización al impedir que la
medición se diera en sus descargas, en lugar de sus ingresos de agua. Como es
bien sabido en la industria, el uso de agua pirata, comprada a piperos
irregulares, así como la explotación de pozos clandestinos, multiplica por un
factor desconocido el agua que formalmente se compra a SAPAL.
Hasta hace
un par de años, el módulo de desbaste de la planta de tratamiento con
capacidad para recibir 150 litros por segundo era deficitaria en un 50 por
ciento, pues solo se podía cobrar el agua reportada en los recibos de cobro al
no medirse las descargas.
Es decir,
el organismo de agua subsidiaba, con recursos provenientes de los usuarios
comunes, a la planta industrial que fue concesionada y planeada como negocio o,
al menos, para ser autosuficiente. Como ocurre comúnmente en León, los
ciudadanos de a pie terminaban colaborando a los altos márgenes de utilidad de
la industria curtidora, es decir haciendo más ricos a los ricos.
Sin embargo,
no es el único problema que enfrenta el tratamiento de aguas residuales de
León. Por muchas razones, pero sobre todo negligencia, dolo y falta de
supervisión, la planta de tratamiento no ha logrado la meta de verter agua de
calidad a la cuenca del río Turbio para que pueda ser aprovechada por los
agricultores corriente abajo.
Actualmente
se gesta ya un movimiento de ejidatarios en Santa Rosa Plan de Ayala que
prepara acciones legales para reclamar a SAPAL el incumplimiento de acuerdos y
la violación de normas ambientales por el agua contaminada con químicos que les
llega.
No es lo
único. Un grupo de empresas manufactureras del clúster automotriz, situadas
en los parques industriales aledaños al Turbio, ya reciben afectaciones en su
producción por las emanaciones ácidas que producen las aguas del río y las
lagunas que se forman a su paso. Terminales eléctricas de los arneses llegan a
oxidarse en una sola noche por los vapores que produce el agua al contacto con
curtientes químicos como los sulfuros, produciendo afectaciones a la calidad y
pérdidas económicas.
Sin embargo,
el daño que estas empresas ya han llegado a reclamar a la Secretaría de
Desarrollo Económico no es significativo comparada con las afectaciones a la
salud que se acumulan en la población que tiene contacto con esta agua a lo
largo de la cuenca y que más pronto que tarde detonará, como ya ocurrió en el
río Santiago en Jalisco.
Algunas
de las aguas pestilentes que corren por el Turbio hacia el Lerma y después
hacia Chapala salen de las plantas de tratamiento y desbaste de León,
evidenciando que no funcionan como se planearon y como se presumieron. Sin
embargo, otras llegan desde vertederos clandestinos que eluden el paso por el
complejo, evidenciando la falta de rigor en la supervisión o las complicidades
que validan los industriales de la piel y del calzado que tienen amplia
presencia en el consejo directivo de SAPAL.
Lo grave,
lo altamente delicado, es que por 20 años el Sistema de Agua Potable y
Alcantarillado de León, dirigido por algunos de los más conspicuos empresarios
de la ciudad, ha venido cobrando a los usuarios el saneamiento del agua, al
mismo tiempo que subsidia a las empresas, para que al final del día ese
tratamiento ni siquiera produzca resultados tangibles para el medio ambiente y
los pobladores de la región.
No parece
políticamente muy correcto que León pretenda traer agua limpia de Jalisco
contra viento y marea y, en absoluta falta de reciprocidad, le envíe agua
contaminada con residuos industriales por cuya limpieza se cobra a los
ciudadanos de León.
Es un fraude
de gran calado y alguien deberá hacerse responsable de ello, tarde o temprano.
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