Enrique
Quintana.
La encuesta
que esta semana publicó El Financiero refleja que nuestra preocupación por la
pandemia se ha reducido.
Desde abril
y hasta la primera quincena de agosto, el Covid-19 se había mantenido como el
principal problema del país en la opinión de los mexicanos.
Pero, hacia
finales del mes pasado este lugar ya fue desplazado por los problemas
económicos y de empleo.
Igualmente,
si se observa el respaldo a las medidas preventivas, destacadamente el
confinamiento, se observa una tendencia a la baja.
En alguna
medida esto es explicable por una situación de cansancio de la población.
Ya han sido
cinco meses de encierro y no hemos observado realmente un aplanamiento claro de
la curva.
Lo que vemos
es una reducción todavía menor de los casos registrados. En los 30 días que
antecedieron al 3 de septiembre, el promedio de casos diarios fue de 5 mil 531;
en los 30 días anteriores fueron 6 mil 370, y en los 30 anteriores, 4 mil 960.
Aunque sí
hay una baja, ésta no nos regresa siquiera a los niveles que teníamos en junio.
En paralelo,
hay un incremento de la movilidad que le hemos reseñado frecuentemente en este
espacio, con base en los datos de Apple Mobility.
Los datos
más recientes para transporte público nos indican un alza de 65 por ciento
aproximadamente entre los últimos días de agosto y julio.
El problema
es que cuando crece la movilidad sin que se hagan más estrictas las medidas de
protección, estamos frente al riesgo de que en las siguientes semanas el
contagio se acelere, y probablemente también repunte el número de fallecidos.
El modelo
del Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud (IHME) de la Universidad de
Washington, del que también frecuentemente le hemos comentado en este espacio,
asume esta tendencia y anticipa 138 mil muertes totales reconocidas
oficialmente en este año en su escenario base.
La mayoría
quisiéramos regresar a la normalidad, a la posibilidad de tener la cercanía que
teníamos entre nosotros en el mundo previo a la pandemia. Sin embargo, eso se
ve todavía distante.
Hay que
tomar en cuenta, además, la posibilidad de que una aceleración de los contagios
en el último trimestre del año vuelva a afectar negativamente a la economía.
En esa
eventualidad nos encontraríamos con que, en lugar de que más y más entidades
pasen al color amarillo y eventualmente al verde, en el semáforo de la
Secretaría de Salud, podría ocurrir que en los últimos meses del año se
movieran hacia el rojo.
Este no es
un escenario fantasioso sino plausible, que no quisiéramos tener, pero que
puede perfilarse sobre la base de un comportamiento social que empiece a bajar
la guardia en las medidas para evitar los contagios y una autoridad poco
enfática para frenar esta tendencia.
No sobra recordar
de nuevo el caso de España. El 2 de septiembre registró 8 mil 581 nuevos
contagios cuando ya había llegado en julio a menos de 500.
Este
crecimiento ha llevado a nuevas restricciones en diversas provincias y ahora se
espera que incluso Madrid anuncie otras hoy o en los siguientes días.
Puede
resultar aburrido estar duro y duro con la pandemia, pero si no hay la atención
suficiente al tema y sigue la despreocupación, el fantasma de una recaída se
nos va a aparecer muy pronto.
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