Por Martín
Moreno.
Más allá de
la tragedia aérea que provocó la muerte de Rafael Moreno Valle y de su esposa,
la gobernadora Martha Erika Alonso –
algunas de las personas que gritaban en el funeral consignas en contra de López
Obrador y de su gobierno eran familiares de Alonso, movidos por un impulso
entendible más no justificable, y que les valió el calificativo de
“neofascistas” por parte de AMLO-, el escenario político que se presenta para
la nueva elección es, sin duda, una prueba de fuego para el temple político del
presidente de la República y que marcará parte de su prestigio político, para
bien o para mal.
En una
definición: AMLO se jugará, en Puebla,
una de las decisiones más importantes dentro de su joven sexenio: mantener a un
estado como declarado enemigo político de su régimen o buscar, en un acto de
estadista, la reconciliación con millones de poblanos que, hoy por hoy, se
sienten agraviados por las desafortunadas palabras presidenciales.
“Neofascistas mezquinos…”, les dijo a
quienes abuchearon a su gobierno tras la muerte de la poderosa pareja
Moreno-Alonso. “Canallas…”, les volvió a sorrajar. AMLO se refirió así a
rivales políticos de la manera más agraviante, echándole gasolina a la hoguera
política en la que se ha convertido Puebla y abonando a la descomposición
política local.
AMLO no debió haber calificado de tal manera a
quienes se lanzaron en contra de su gobierno. No debió hacerlo, a pesar de los
absurdos epítetos de “asesino” con los cuales fue recibida la secretaria de
Gobernación. A las injurias se les responde con inteligencia, no con bravatas.
Y AMLO ofendió
a quienes tildó con ligereza de “neofascistas mezquinos y canallas”. ¡Es el
Presidente, carajo! Vamos, ni siquiera un sujeto tan deleznable como Enrique
Peña Nieto se refirió de esa manera a sus contrarios y críticos.
AMLO debe serenarse, porque vociferar
contra rivales políticos es pésima señal para todos.
Por lo pronto, aquí está su primera
prueba de fuego política.
A
considerar, son 3 los factores claves que influirán en la nueva elección en
Puebla, a realizarse en mayo próximo, o en la primera semana de junio:
FACTOR AMLO.
Otro error de López Obrador fue no
asistir a los funerales de Moreno Valle y de Martha Erika. El dato es duro:
fallecieron en accidente una gobernadora y un senador de la República y, por lo
tanto, más allá de diferencias y de rencillas políticas en vida, el presidente
de la República – llámese como se llame y en cualquier sexenio-, estaba
obligado a asistir, aun con los riesgos de enfrentarse a insultos o reclamos.
El temple de un político se mide en la adversidad. ¿Qué hizo AMLO? Prefirió
enviar al matadero a Olga Sánchez Cordero y cómodo, al día siguiente, en su
conferencia mañanera, despotricó a distancia contra los poblanos
morenovallistas. AMLO debe entender que no todo son aplausos y que a lo largo
de su gobierno enfrentará también adversidades. Antes de mayo, AMLO debe
visitar Puebla, abonar a la reconciliación y así apaciguar los prendidos ánimos
político-electorales que hoy se encuentran enardecidos y con riesgo de
desbordarse aún más.
FACTOR
BARBOSA. Ex cómplice de Rafael Moreno
Valle – inauguraban juntos obras que quedaban inconclusas, posaban para la foto
y se decían amigos cuando, incluso, Moreno empujaba la silla de ruedas de
Barbosa cuando se le amputó el pie derecho por problemas de salud-, Miguel
Barbosa es un punto de conflicto y discordia rumbo a las nuevas elecciones. Las
bases de Morena ya no lo quieren como candidato, a pesar de que la locuaz
Yeidckol Polevnsky insiste en repetirlo. Barbosa representa a aquella clase política
acostumbrada al agandalle, al abuso, y si AMLO y Morena insisten en mantenerlo
como su candidato, el clima político se enardecerá aún más. Barbosa sería la
peor de las elecciones ahora, ya que es emblema de la descomposición política
que representó la última elección, cerrando con el capítulo negro de la muerte
de Moreno Valle y de su esposa. Barbosa no abona a la pacificación poselectoral
de Puebla. ¿Quién iría en su lugar? Allí tiene Morena a dos gallos de peso: el
senador Alejandro Armenta, y el diputado Fernando Manzanilla, que tiene en
contra estar casado con una hermana de Rafael Moreno Valle.
FACTOR PAN. En la elección de mayo o junio próximo, el
alicaído Partido Acción Nacional deberá tomar una decisión de fondo para
intentar enderezar el rumbo: o elige a un candidato que sería la continuidad de
Moreno Valle, u opta por otro que equivaldría al regreso de El Yunque. Es
decir: si el candidato panista es Luis Banck – autor del duro discurso anti
gobierno durante los funerales de Rafael y Martha Erika – y gana la
gubernatura, sería la extensión del morenovallismo. Y si el ungido fuera
Eduardo Rivera – enemigo cantado del morenovallismo y perseguido político del
ex gobernador cuando intentó arrebatarle la candidatura a Alonso-, y triunfa,
equivaldría a los segundos funerales (ahora políticos) de todo lo que
representó la empoderada pareja Moreno Valle-Martha Erika Alonso, y sería el
regreso de El Yunque a la gubernatura poblana. Rivera es muy cercano a Josefina
Vázquez Mota.
En la
próxima elección, puede volver a ganar
el PAN o Morena adjudicarse una nueva gubernatura. Eso lo decidirán finalmente,
y a golpe de votos, los poblanos. Y su decisión deberá respetarse.
Sin embargo,
AMLO sí que está obligado a jugar el
papel de Presidente imparcial y calmar los enconos poblanos. ¿Cómo? Visitando
Puebla, a pesar de los agravios. Enfrentar, cara a cara, a quienes calificó de
“neofascistas, mezquinos y canallas”, y actuar como estadista, abonando para
enfriar ánimos y que la elección transite por un clima pacífico y civilizado.
Eso es lo deseable.
De otra manera, si AMLO continúa
presentándose más como jefe de partido que como Presidente, entonces vendrán
tiempos de odios, rencores e iras.
Veremos qué
decide Andrés Manuel.
O la bebe o
la derrama.
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