Raymundo
Riva Palacio.
López
Obrador se está radicalizando. Al mismo tiempo, apura su proyecto endogámico.
En tres días se dieron tres acciones en ráfaga que, si de manera individual son
preocupantes, vistas en su conjunto configuran una amenaza para millones de
mexicanos. Las acciones violentan el Estado de derecho que dice defender, y
pretende abolir eventualmente la propiedad privada –protegida por los artículos
14 y 27 constitucionales–, bajo la premisa lópezobradorista deque el Estado dejará
de ser “gestor de oportunidades”, y se convertirá en “garante de derechos”.
Los derechos
para el Presidente tienen que ver con la justicia, no con la aplicación de la
ley, por lo que garantizarlos, en su racional, es subjetivo, discrecional y
sujeto a fobias. Pese a que no ha terminado de arrasar los contrapesos, la
posibilidad de que reoriente a la nación bajo esas líneas, es enorme. El rumbo
ideológico que sigue López Obrador está definido en un párrafo en la página 22
del ensayo que publicó el sábado sobre su política económica, para “desechar la
obsesión tecnocrática de medirlo todo en función del mero crecimiento.
“Nosotros
consideramos que lo fundamental no es cuantitativo sino cualitativo: la
distribución equitativa del ingreso y la riqueza”, subrayó. Los conceptos no
son lo mismo, pero los vincula para enterrar la medición del crecimiento
mediante el Producto Interno Bruto, cuando al empezar a ver decrecimientos y
rozar el cero por ciento, contra el 2 por ciento prometido para este año, se
deshizo de ese criterio con la intención quizá que el costo del fracaso de su
política económica no se le transfiriera a su imagen personal, sobre la cual
descansa el proyecto de gobierno.
El PIB mide
la productividad de una sociedad, la distribución de la riqueza permite la
evaluación sobre la desigualdad económica, que eventualmente ayuda a diseñar
políticas públicas para frenarla o erradicarla. La distribución del ingreso
permite ver la relación entre la población y el ingreso nacional, y la
aportación que cada individuo o empresa aporta a la generación de valor. López
Obrador no aclaró a qué se refería específicamente al incorporar la
distribución del ingreso como una de sus variables fundamentales en la política
económica de su régimen, ni qué pensaba hacer. Pero hubo una sincronización con
Morena, su partido, que esboza el propósito.
Alfonso
Ramírez Cuéllar, presidente de Morena, propuso dotar al Inegi de facultades
constitucionales para medir la riqueza en el país. “Tenemos miles de millones
de dólares que constituyen una riqueza totalmente inobservada”, destacó. “Ya no
se trata de dar cuenta del ingreso y el gasto de las familias y las personas.
Ahora se demanda, con urgencia, medir también la desigualdad y la concentración
de la riqueza”. Las dos se miden ya, mediante el Coeficiente de Gini, pero no
es un error de Ramírez Cuéllar. La intención sugiere objetivos ulteriores.
Su premisa,
cuando habla de una riqueza “inobservada”, es que hay ingresos ocultos y, por
tanto, de procedencia ilícita, por lo cual plantea que el Inegi tenga acceso a
las cuentas del Servicio de Administración Tributaria para que pueda ver la
información financiera y bursátil de las personas. “El INEGI debe entrar, sin
ningún impedimento legal, a revisar el patrimonio inmobiliario y financiero de
todas las personas. Cada dos años debe dar cuenta de los resultados que arroja
la totalidad de los activos con los que cuenta cada mexicano”.
Quiere
modificar el sistema jurídico para que la fiscalización con fines de hacerla
pública la haga un órgano autónomo, no el gobierno, que hoy en día tiene toda
esa información, obligado por la ley para mantenerla privada, con fines
recaudatorios. La propiedad privada llevada al campo de la política, la
polarización y el linchamiento. Por lo mismo, se puede argumentar, para crear
condiciones para expropiaciones en un nuevo entorno nacional donde el Estado
sea “garante de derechos”.
La temporada
de caza sobre el sector privado está abierta, en varios campos. En menos de
tres semanas López Obrador también se ha referido a las Afore, cuyos más de
cinco billones de pesos son manejados por los bancos privados. El Presidente ha
tenido la tentación de meterse en ellas y jalarlas para disponer de más
recursos, pero las condiciones no se le habían presentado hasta la actual
crisis del coronavirus, que le dio el espacio para insistir que tras la
emergencia sanitaria, buscará una solución a lo que se hizo “en el periodo
neoliberal de privatizar los ahorros”. A buen entendedor pocas palabras. Desde
finales de abril, el diputado de Morena, Edelmiro Santiago, propuso reformar la
ley para que sea el Banco del Bienestar quien administre las Afore.
López
Obrador quiere construir un Estado de bienestar a la mexicana, que proteja a
los pobres de las desigualdades sociales, desventajas “y otras calamidades”. El
planteamiento es política, social y éticamente correcto, pero la medicina para
hacerlo es lo que genera preocupación. En su propuesta, Ramírez Cuéllar le
vuelve a dar sentido al todo. Ese Estado de bienestar, como lo concibe López
Obrador, quiere que quede plasmado en la Constitución, que dé certeza “de lo
que será la nueva normalidad”.
Esa “nueva
normalidad” la estamos viendo: las leyes actuales no sirven y hay que
cambiarlas. Mientras eso sucede con un Congreso a modo, se violan, como sucedió
con el decretazo del viernes que elimina la inversión privada en energías
limpias. Por medio de la ilegalidad y de la amenaza se va construyendo el
Estado de bienestar tropical. Los órganos reguladores son hostigados hasta que
se colonizan, porque como los medios, sometidos a ataque sistemático, también
representan una molestia para López Obrador. Ramírez Cuéllar añadió cuerpo a la
meta presidencial: un acuerdo nacional y de solidaridad, tutelado, excluyente y
represor. Las semillas del nuevo México, están plantadas.
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