Enrique
Quintana.
Estamos a un
mes y pocos días de que comience formalmente el proceso electoral de 2021 y hoy
tendremos un episodio relevante que influirá en el curso de esta elección.
Desde abril
existen cuatro vacantes en el Consejo General del Instituto Nacional Electoral
(INE) y hoy, en principio, habrá de definirse quiénes las ocuparán.
Por varios
meses, muchos escépticos consideraron que, dado que Morena y sus aliados tienen
mayoría calificada en la Cámara de Diputados, habrían de instrumentar un
proceso para colocar a incondicionales, como parte del órgano de gobierno del
INE y avanzar en su control.
Para
sorpresa de quienes así pensaban, hasta este momento, se realizó un proceso
impecable que condujo a los prospectos a ocupar esas cuatro posiciones a formar
quintetas que hoy serán votadas.
Probablemente
el mejor indicio de que están bien conformadas fue la reacción de un grupo por
cierto minoritario, de Morena, así como del PT.
La primera
señal fue el rechazo de John Ackerman, integrante del Comité Técnico, a la
conformación de las quintetas.
Luego vino
la oposición de un grupo de legisladores de Morena, que pedían la reposición
del proceso.
Finalmente,
hasta el momento de escribir este texto, pareciera que la mayoría morenista y
sus aliados se ha decantado por respaldar a un grupo de aspirantes para obtener
hoy los votos suficientes para que sean designados consejeros.
Es obvio que
no serán del gusto de todos los legisladores ni partidos. Pero se habrá
respetado la institucionalidad de un proceso que, de haberlo decidido así
Morena, podría haber apabullado e impuesto a un grupo de incondicionales.
La señal me
parece extraordinariamente importante. El proceso electoral del 2021 que
comenzará legalmente en septiembre será crucial para el futuro político de
México.
Quienes
piensen que las batallas electorales que vienen podrán ser ganadas por los
logos, emblemas y 'marcas políticas', se equivocan por completo.
El proceso
que viene va a ser esencialmente de personas.
Por primera
vez en la historia tendremos la elección concurrente de un número tan elevado
de cargos. Serán 15 gubernaturas, 29 congresos locales y en 18 entidades habrá
elecciones municipales. Y, desde luego, los 500 diputados federales.
La
diferencia en este caso, respecto a todas las elecciones intermedias del
pasado, será el fuerte componente local.
Y, cuando el
ámbito local cuenta, los ingredientes nacionales del proceso disminuyen y por
tanto, adquieren más relevancia las personas, por su cercanía con los
electores.
Olvídense de
los partidos. El próximo año pesarán muy poco. Lo más importante serán los
nombres propios de los diversos candidatos.
La imagen
que algunos tienen de que tendremos un árbitro electoral controlado por el
Ejecutivo y un proceso en el que Morena va a arrasar en todas las competencias
en las que participe, es algo que está alejado de la realidad.
Hay indicios
–ojalá no me equivoque– de que contaremos con un árbitro imparcial y con
autoridades que aplicarán la ley. Y, además, tendremos una competencia
electoral cerrada en la que, si ganara Morena, lo haría porque las fuerzas
políticas opositoras no tuvieron capacidad de generar respaldo suficiente.
Faltan
muchos meses aún y demasiadas cosas pueden pasar, pero quizá los presagios más
pesimistas, que anticipaban el fin de la democracia mexicana desde estos
comicios, se van a quedar sólo como malos augurios.
No es que la
democracia no tenga amenazas, pero también cuenta con armas para defenderse y
con partidarios, incluso en el gobierno y en el partido en el poder.
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