Francisco
Ortiz Pinchetti
El atraco de
Baja California, como llamó José Woldemberg a la ilegal reforma constitucional
local para ampliar de dos a cinco años el mandato del Gobernador electo
morenista Jaime Bonilla Valdez, tiene connotaciones especialmente graves para
la frágil democracia de este país: puede significar su asesinato, sin más.
La tercera
más joven entidad de la República –erigida como estado soberano apenas en 1952—
ha sido escenario emblemático de la transición mexicana, hoy en inminente
peligro. Y no solo por haber ocurrido en ella, en 1989, el primer triunfo
reconocido de un candidato a Gobernador no priista en más de 70 años, el
panista Ernesto Ruffo Appel, sino porque ello se dio después de que Baja
California fue escenario por décadas de luchas ciudadanas verdaderamente
icónicas.
Hace 51
años, en 1968, tuve como periodista mi primera experiencia electoral
precisamente en esas tierras fronterizas. Ese año hubo elecciones de
ayuntamientos en los entonces sólo cuatro municipios de la entidad. Como
enviado de la revista Gente, una publicación quincenal de reciente aparición
entonces, cubrí el proceso electoral de Mexicali, la capital, y Tijuana, la
ciudad más grande y rica. En ambas fue muy cerrada la contienda entre los
candidatos del PAN y del PRI, partido éste ultimo que había detentado
ininterrumpidamente el poder absoluto en Baja California, desde que el nefasto
Braulio Maldonado Sández fue electo Gobernador en los primeros comicios
celebrados en ese estado tras su elección constitucional promovida por el Presidente
Miguel Alemán Valdez, en 1953.
Acción
Nacional, que había adquirido creciente presencia electoral a partir de las
luchas encabezadas por el abogado Salvador Rosas Magallón –despojado con apoyo
del Ejército de su triunfo en la contienda por la gubernatura del estado en
1959— postuló a Norberto Corella Gil Samaniego para la Presidencia municipal de
Mexicali, y a Luis Enrique Enciso Clark Flores para la de Tijuana. La cobertura
informativa de sus respectivas, sorprendentes campañas me permitieron constatar
una abundante, entusiasta participación ciudadana, sobre todo de mujeres.
Antes,
durante y después de la jornada del 2 de junio de ese año, el Gobierno y su
partido echaron mano de todas sus argucias fraudulentas, entonces usuales, para
impedir que esos dos ayuntamientos cayeran en manos de los panistas. Hubo
adulteración del padrón, expulsión de representantes, acarreos y carruseles de
votantes y hasta robo de urnas, tan abierto y descarado que pude fotografiarlo.
Las trampas fueron más evidentes en Tijuana, donde incluso el PRI intentó la
intervención de expertos calígrafos para adulterar las actas de escrutinio, lo
que fue impedido por cientos de ciudadanos que desfilaron con pancartas en
torno a la escuela “Sindicato Alba Roja”, en la que se guardaban los paquetes
electorales, y que mantuvieron un cerco humano durante varias semanas, de día y
de noche. La crónica documentada de esos sucesos publicados por Gente tuvo tal
demanda que la revista hizo un sobretiro especial de 50 mil ejemplares, que se
agotaron en horas.
Las
protestas contra el fraude electoral no cesaron en ambos municipios. Hubo
marchas, plantones, concentraciones multitudinarias. Y una histórica Caravana
integrada por 45 mujeres, que viajaron durante más de 48 horas en un autobús
para llegar al zócalo de la Ciudad de México, en plena efervescencia por el
Movimiento Estudiantil de ese año, con intenciones de entrevistarse con el
entonces Presidente Gustavo Díaz Ordaz. No lo lograron, por supuesto, pero
pudieron llamar la atención nacional sobre el caso de su entidad, virtualmente
ignorado por la mayoría de los medios de comunicación que estaban severamente
controlados por el Gobierno.
Ante la
resistencia ejemplar de los bajacalifornianos, sin precedentes en la historia
electoral mexicana, se optó finalmente por la anulación de los comicios en los
dos municipios. Fue indudablemente un triunfo de la causa ciudadana. Se evitó
sin embargo de manera ilegal la convocatoria a una nueva elección y en cambio
se nombraron sendos concejos municipales… encabezados los dos por priistas. Ese
fue el principio.
En 1986,
cuando se consolidó un incipiente despertar democrático en diversas zonas del
país, particularmente en estados norteños como Chihuahua, Nuevo León y el
propio Baja California, el empresario Ruffo Appel conquistó el ayuntamiento de
Ensenada como candidato del PAN. Tres años después, en 1989 se convirtió en el
primer Gobernador no priista de la historia en el país. Desde entonces, los
panistas detentaron la gubernatura a los largo de 30 años –aunque a nivel
municipal hubo numerosas alternancias– hasta que en junio pasado ganó la
elección Jaime Bonilla Valdez, como candidato de la coalición Juntos haremos historia,
conformada por Morena, el PT, PVEM y Transformemos.
Más grave y
preocupante que dar la espalda a esa emblemática historia es la actitud del
Presidente Andrés Manuel López Obrador, que se resiste a deslindarse ante la
reforma constitucional urdida para burlar a la ciudadanía bajacaliforniana, que
eligió un Gobernador para dos años –a fin de “empatar” las elecciones estatales
con las federales–, no para cinco.
Bonilla
Valdez, un empresario tijuanense de los medios de comunicación de 69 años de
edad y oscuros antecedentes, que detenta las nacionalidades mexicana y
estadounidense, es amigo muy cercano del actual Presidente de la República. Los
une no sólo su mutua afición por el beisbol, sino un compromiso político de
tiempo atrás, cuando menos desde que el bajacaliforniano fue Diputado federal
por el PRD (2012-2015).
El
tabasqueño puso primero a Bonilla Valdez como dirigente estatal de Morena y
luego lo nombró coordinador de su campaña en la región. Lo impuso también como
candidato a Senador en la elección federal de 2018, cargo que alcanzó, aunque a
poco tiempo después pidió licencia para convertirse en “superdelegado” del
Gobierno de AMLO en la entidad fronteriza y dos meses más tarde candidato a
Gobernador. La identidad entre ambos es plena, obvia.
El escándalo
por la llamada “Ley Bonilla”, que ha involucrado a los diputados panistas y
priistas que apoyaron la iniciativa de Morena en el Congreso estatal, y que ha
incluído versiones sobre millonarios sobornos y complicidades deleznables
incluso a nivel nacional, ha dado lugar a la fundamentada sospecha de que con
esa reforma se pretende abrir el camino a una suerte de “reelección legal” del
propio López Obrador en la Presidencia. El ominoso silencio del Peje –en cuyo
Gobierno y partido no se mueve la hoja de un árbol sin su voluntad– parece
confirmarlo. Ese sería el fin.
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