Julio
Astillero.
Ayer, Martí
Batres Guadarrama partidizó aún más lo que en un principio pudo haber parecido
un problema democrático de espectro más amplio: desplazado de la presidencia de
la mesa directiva del Senado por un grupo que tiene como cabeza a Ricardo
Monreal, Batres prefirió llevar su queja ante la Comisión Nacional de
Honestidad y Justicia del partido Morena, en lugar de presentarla ante
instancias del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, donde
sus alegatos podrían haber sido analizados sin la carga grupal o facciosa que
de manera natural implica la vida interna de cualquier partido.
Las sonoras
acusaciones de Batres incluyeron la acusación de que algunos de quienes votaron
en su contra habían recibido cañonazos (en el sentido de entrega de dinero a
cambio del sufragio, según suele utilizarse dicho sustantivo en la jerga
política mexicana). Sin embargo, quien ha ocupado todas las franjas de los
asientos legislativos y ha presidido su propio partido, Morena, se negó a
avanzar en el camino que habría parecido casi obligado: No me interesa
penalizar el tema. Cada quien conoce las historias y cada quien en su momento
contará su historia: eso lo dejo ya al ejercicio de cada uno de los compañeros
y compañeras. Lo que me haya comentado tampoco estoy yo autorizado para
reproducirlo, entonces ya cada quien tendrá que decir cuál es su experiencia.
El conflicto
interno en el Senado ha sido colocado, de esta manera, en el terreno de las
convulsiones de tipo futurista en Morena, donde pelean Yeidckol Polevnsky
contra el citado Monreal y, en un tono aún ligeramente menor, con Mario Delgado
y Bertha Luján. Polevnsky se bate contra quienes buscan influir en la redacción
de la convocatoria a elegir dirigente, en noviembre próximo, en la organización
de esos comicios y en la definición del número de votantes que podrían
participar.
A muy
temprana hora, con un Presidente de la República que enfrenta embates cada vez
más fuertes de sus opositores, los cuales siguen siendo minoría evidente, pero
cada vez se enervan más y se preparan para subir de tono sus ataques, el
partido Morena vive situaciones que hacen recordar los chuchineros clásicos del
Partido de la Revolución Democrática, con grupos y corrientes en confrontación
escandalosa por cargos y posicionamientos, aunque los discursos, incluyendo el
del propio López Obrador, digan y propongan lo contrario.
La
imprecisión declarativa de la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero,
propició ayer que corriera una primera versión periodística en la que aparecía
el gobierno federal en condición de presunto negociador con el crimen
organizado para alcanzar acuerdos de paz. En realidad, la senadora y notaria,
con licencia en ambos casos, había dicho durante una alocución en el marco de
una reunión de la Alianza para el Gobierno Abierto que quería compartir a la
audiencia que hemos estado en zonas de Guerrero, Tamaulipas y La Huacana, en
Michoacán, tratando y conviviendo para poder avanzar en la pacificación del
país que, entre otras cuestiones, es muy importante; ya estos grupos que al
final del día se han estado combatiendo unos a otros, y han estado cometiéndose
los homicidios de un grupo contra los otros. Pues ya no quieren más muerte, ya
quieren avanzar hacia la paz y no quieren ya estar en esta situación que en
este momento se encuentran.
Luego de ese
discurso, Sánchez Cordero declaró en breve entrevista, en la cual se le
preguntó específicamente si se estaba negociando con grupos del crimen organizado,
por ejemplo en Guerrero: No. Estamos dialogando, ahorita. Estamos dialogando
con muchos grupos, y nos han manifestado ya que no quieren seguir en esta
violencia. Ellos quieren deponer las armas y caminar hacia la paz. Más tarde,
la oficina de prensa de Gobernación emitió un comunicado para precisar que la
secretaria no se había referido a entendimientos con grupos dedicados al
tráfico de drogas y a otros crímenes.
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