Arnoldo
Cuellar.
Nos hemos
acostumbrado a desacreditar a la política como la causante de todos los males.
Los propios políticos contribuyen a ello cuando piden que las cosas, los temas
o las reacciones a los temas “no se politicen”. En realidad, se refieren a que no
se partidicen, lo que es completamente diferente.
En realidad,
la política como concepto de organización social bajo la fórmula de una
representación que conduce los esfuerzos de una comunidad, constituyó un avance
cultural: fue la sustitución del conflicto y de la guerra como única vía para
dirimir diferencias entre grupos humanos, llámense tribus, pueblos, razas o
naciones.
Cuando las
diferencias en un conglomerado social hacen estallar la convivencia pacífica y
nos regresan a la confrontación, lo que está fallando es la política, bien por
insuficiencia de quienes formalmente ejercen la representación, bien por una
crisis que evidencia el agotamiento de las fórmulas de consenso y la necesidad
de replantear los acuerdos de convivencia.
En México
ese desacuerdo fundamental, por diferencias económicas, por el surgimiento de
un poderoso crimen organizado que nutre sus activos en las mismas raíces de la
desigualdad y la miseria que produce, es en definitiva una crisis de la
política, de la que se hizo hace muchos años y de la que se sigue haciendo
hasta la fecha.
Por eso,
quienes se postulan para un cargo público tienen que tener una conciencia clara
de que el trabajo que desempeñen, si reciben la responsabilidad que buscan,
incide de forma directa en la continuidad, el empeoramiento o, eventualmente,
en el freno de las condiciones que nos han conducido a la quiebra de las normas
de convivencia relativamente pacífica en las que vivíamos hace no muchos años.
Si los
políticos no quieren hablar de la inseguridad, mandar los mensajes oportunos
para orientar y darle a la población esperanza, están fallando a una de sus
responsabilidades fundamentales: la de ejercer un liderazgo moral.
Pero puede
resultar aún peor: un político que sencillamente elija la actitud del
avestruz en el tema de la violencia y la inseguridad, estaría mandando la señal
de que no está atendiendo el tema, que lo está delegando, que no se mete a la
cocina para “no quemarse”, como dijo en forma por demás desafortunada una de
sus voceras para aludir a los casos de tortura que involucran a elementos
policiales.
Hoy, en
Guanajuato, la crisis de seguridad rebasa cualquiera otra situación de tensión
social que hayamos vivido por lo menos desde la matanza del 2 de enero de 1946,
que tuvo razones políticas e ideológicas y fue detonada por un descarado fraude
electoral.
En
circunstancias muy distintas, porque no parece haber conflictividad de ideas o
de posiciones políticas, el baño de sangre que vive hoy Guanajuato, que no cede
al paso de los meses y que muestra cada vez afectaciones mayores a la población
civil con sus secuelas de terror y de vulneración de la tranquilidad y la paz a
todos los niveles, nos está colocando en una situación de excepción.
Es el
momento para que, desde la titularidad de los gobiernos, el del estado y los de
los municipios, se muestra altura frente la complicada circunstancia. El reto
de organizar las fuerzas del estado, de disponer de presupuesto suficiente, de
evaluar la actitud y la eficiencia de los funcionarios a los que toca atender
el conflicto, de hacer las negociaciones pertinentes con el Gobierno federal
para unir fuerzas, es una asignatura totalmente política.
Reunir a
los representantes de las distintas fuerzas partidistas para hablares de frente
y con la verdad, establecer políticas de comunicación que apelen a la
inteligencia y no a la propaganda simplona, tratar a los ciudadanos como
adultos y no como menores de edad, serían respuestas elementales frente a la
crisis.
Leo los
trabajos de investigación de Mario Luis Fuentes y Saúl Arellano en la revista y
la Web de México Social, y me queda claro que estamos muy lejos de un
Gobierno hablando con la verdad. Manipular las cifras de la inseguridad, sobre
todo las de homicidios, con tan escasa técnica que surgen al instante todas las
sospechas, no manda el mensaje de que se quiere afrontar un problema sino
eludirlo.
Hace unas
semanas pensábamos que la crisis no podía ser peor. Hoy vemos que nos
equivocamos. Celaya se queda sin tortillas, el alimento básico de nuestra
población, por las extorsiones desatadas; se suspenden misas por la
inseguridad; las mujeres empresarias que normalmente no se confrontan con las
autoridades, claman por el exceso de robos a negocios. Una ciudad mediana como
San Francisco del Rincón vive una tarde de pesadilla con sicarios desplazándose
y disparando arsenales completos contra policías y civiles.
Nadie
puede y nadie quiere hacer leña con el árbol caído de nuestra tranquilidad.
Pero hace falta que, desde la cúpula del estado, donde suponemos que tienen
información confiable y donde se concentran los recursos públicos para hacer
frente a esta amenaza, se actúe con una racionalidad incluyente y democrática.
Al final
del día, la violencia y la inseguridad que nos han caído encima no afectan nada
más la buena imagen y la marcha de los asuntos oficiales, afectan sobre todo a
la gente de a pie, a los que no tienen círculos de protección ni autos
blindados y que, pese al riesgo, necesitan salir diario a la calle por su
sustento.
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