Martín
Moreno.
Cuando
Francisco Labastida declaró que Enrique Peña Nieto fue “el peor Presidente que
hemos tenido en México” en el Siglo XX y lo que va del XXI – en lo personal,
creo que José López Portillo le gana esa aberrante distinción-, es comodino y
simplista. Comodino, porque lo más fácil es culpar a una sola persona del
derrumbe del PRI. Simplista, porque no hace una autocrítica a fondo del mapa
multifactorial que ha llevado al viejo partidazo a convertirse en un partidito
con dominio político en unas cuantas regiones del país. Disperso. Balcanizado.
Cierto:
Peña Nieto fue un pésimo Presidente que se encargó de darle el tiro de gracia
al PRI, confundiendo tiempos y formas. Tiempos, porque EPN creyó que el PRI
todavía era aquella poderosa maquinaria de los setentas, ochentas y noventas
que fue capaz de soportar y proteger a grandes corruptos de la historia
priista: López Portillo, Arturo Durazo, Hank, el clan Salinas, etc, y que los
Duarte (Javier y César), Borge, el propio Peña y compañía, podían seguir
corrompiendo y corrompiéndose sin que se les cobrara factura en las urnas.
Formas, porque Peña Nieto gobernó bajo el signo del cinismo: de aquellos a
quienes delineó como “el nuevo PRI” y que resultaron ser una pandilla de
delincuentes, hasta el desafortunado “no te preocupes, Rosario”, que encubría
parte de los oscuros manejos financieros durante el sexenio peñista.
Peña
Nieto fue corrupto como Presidente, y entregó una economía mediocre de apenas 2
por ciento de crecimiento en promedio durante su Gobierno.
López
Portillo fue corrupto como Presidente, y entregó una crisis financiera salvaje,
enjugada en sus lágrimas cuando pidió perdón a los pobres y juró defender el
peso como perro.
Salinas
de Gortari fue corrupto como Presidente, y también nos endilgó la crisis
económica más dolorosa de la historia, al perder más de un millón de mexicanos
bienes, casas, empresas, negocios, autos, etc.
Así que
usted, lector, decida quien ha sido el peor Presidente de la historia en
México.
Pero lo que
es irrebatible, es la dramática caída del PRI en los últimos años. Seamos
francos: quienes vimos a aquel PRI todopoderoso, invencible e implacable,
difícilmente imaginamos ver algún día a un PRI enclenque, derrotado y sumiso.
¿Dónde quedó la soberbia priista? Enterrada por los sepultureros de Los Pinos.
Echemos un
vistazo a las cifras del PRI como partido:
Peña Nieto
ganó la Presidencia con 19 millones de votos, un 38 por ciento de la votación
en 2012.
José Antonio
Meade perdió la presidencia con 9 millones 289 mil votos (los más bajos de su
historia partidista), apenas un 13.56 por ciento de la votación en 2018.
Hoy por hoy,
el PRI es la tercera fuerza política del país – detrás de Morena y el PAN-, con
solo 47 diputados de 500 (164 menos que en el año 2000), y 14 senadores de 128
(tenía 60 en ese mismo año). Gobierna únicamente en 12 estados cuando, apenas
hace siete años, logró ganar en 20 entidades.
Entonces, la
pregunta es:
¿Hacia dónde
se dirige el PRI?
El PRI es
un partido, hasta la fecha, acostumbrado a girar en torno a un sol llamado
Presidente de la República. Como varios satélites agrupados, los diversos
grupos priistas funcionaban tradicionalmente alrededor del primer priista del
país. Dóciles, dependían de la voluntad presidencial. Así estaban diseñados.
Así hacían política. Así están acostumbrados.
¿Cuál es el
futuro del PRI? Veamos escenarios:
PRI
LOPEZOBRADORISTA. Vaya paradoja: un ex priista – Andrés Manuel López Obrador-,
se perfila para convertirse en el personaje que aglutine a los cascajos
priistas. Quién lo dijera: a falta de un líder propio real y de peso – como en
su momento lo fue Peña Nieto-, el priismo, como el perrillo sin dueño, busca
quién lo guíe por los nuevos caminos de la política, y ese nuevo dueño podría
ser AMLO, quien convertiría al PRI en un partido satélite y supeditado a la mal
llamada Cuarta Transformación, aunque necesario para reunir los votos
suficientes en el Congreso cuando se requieran leyes a modo y cambios
constitucionales. “AMLO a priistas: apoyen a Alito”, fue nuestra columna del
pasado 12 de junio, donde se da cuenta cómo AMLO dictaba línea a los
gobernadores priistas – de momento, el poder mayor del PRI-, para que eligieran
al Gobernador de Campeche como su nuevo presidente nacional, lo cual ocurrió,
de manera abrumadora. En realidad, al PRI no le incomoda el papel de comodín
con el presidente en turno: lo hizo con Fox, con Calderón, con Peña, por
supuesto, y ahora iría de la mano de López Obrador. Sí, el mismo que los
calificó como “la mafia del poder”. A final de cuentas, todos, incluido AMLO,
son políticos cortados por la misma tijera.
OPOSICIÓN
REAL. ¿Imaginamos a un PRI rival de López Obrador? Podría ser. Intentar
convertirse en opositor del Presidente para reposicionarse ante el electorado y
recuperar parte de lo perdido en la elección intermedia del 2021. Empero, el
PRI tiene un gran problema: le faltan líderes, estructuras, dinero y proyecto,
todo ello, necesario para volver a pelear la Presidencia de la República.
Aunque quiera, no tiene con quién o con qué pelearle la supremacía política a
AMLO. Alito Moreno, su nuevo dirigente, carece del liderazgo, carisma y
presencia, que se requieren para recuperar al PRI en solo dos años. Vamos, si hoy
planteáramos: ¿A quién ven como fuerte y viable candidato (a) presidencial del
PRI para 2024?, la respuesta sería: a ninguno (a). Es una caballada echada y
famélica.
DESAPARECE.
Si hiciéramos un ejercicio de ingeniería electoral, considerando las cifras
anotadas al inicio de esta columna, podríamos concluir que sin liderazgos ni
estructuras ni dinero, con votos desplomados para alcanzar la Presidencia,
apenas con un puñado de diputados y senadores y votación nacional de un dígito,
el Revolucionario Institucional podría desaparecer como tal al largo plazo.
Cambiar de nombre, posiblemente. Diluirse al paso de los años en la docena de
estados que aún domina. Palidecer y morir de inanición electoral. Es un
escenario imposible para muchos, pero con probabilidades reales y viables.
López
Obrador necesita al PRI. Puede darle oxígeno, por conveniencia política, para
así tenerlo de aliado en los momentos cruciales de su Gobierno. En la praxis
política, el enemigo de AMLO es el PAN y la derecha, no el PRI y su corrupción.
Por eso le conviene mantenerlo comiendo de su mano.
Pero AMLO
debe tener mucho cuidado: si algo ha demostrado el PRI en la historia, es
capacidad para levantarse de sus derrotas y arrollar sin miramientos a quien se
le ponga enfrente. Con poder, el PRI suele ser implacable. El aliado de hoy
puede ser el enemigo de mañana. Y eso lo debe saber muy bien López Obrador.
El PRI no
está muerto, aunque sí arrastrándose entre el desprecio y el repudio de
millones de mexicanos.
Ya
veremos si logra, una vez más, recuperarse, o también seremos testigos de sus
exequias.
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