Salvador
Camarena.
Los de
Morena se están peliando… puedes leer esto cuando quieras.
Y sin
embargo, incluso en Morena hay de pleitos a pleitos. El que ayer afloró en el
Senado, cuando apenas está por concluir el primer año de la legislatura, es
sintomático de un mal que podría amenazar la marcha del partido del presidente
Andrés Manuel López Obrador y al país mismo.
El
exministro de relaciones exteriores británico David Owen acuñó un término a
principios del siglo XXI: el Síndrome de Hubris. Este describe los cambios en
la personalidad de aquellos a los que toca el poder, según se explica en esta
entrevista con el también escritor, publicada en 2014.
“Bertrand
Russell le llamó ‘la intoxicación del poder’, lo que captura el concepto
perfectamente”, detalla Owen en esa charla al hablar de cómo el poder puede
trastocar a aquellos que lo detentan “sean estos políticos o gente de los
negocios o de los medios”.
Owen
escribió un libro al respecto sobre esta condición, que “no necesariamente es
un concepto sólo de cosas malas, porque así como tiene connotaciones negativas,
también implica capacidad para asumir riesgos y desplegar energía”.
Pero en la
parte negativa, según Owen, implica:
“Una
propensión narcisista para ver el mundo básicamente como una arena en la cual
ejercer el poder y la gloria.
“Excesiva
confianza en el juicio de uno mismo y menosprecio a los consejos y las
críticas.
“Se muestran
incansables, tendientes a los impulsos y la poca prudencia”.
Yo no sé por
qué los de Morena se pelean en el Senado si son mayoría, decía ayer alguien.
Pero bien visto, eso de pelearse incluso desde la mayoría es la constante en el
grupo ganador del 1 de julio de 2018: se enfrentan y grillan en la Asamblea
Legislativa de la capital, lo mismo en el Congreso del Estado de México y se
pelean, de tiempo atrás, en el partido, donde la elección para renovar la
presidencia promete ser una batalla campal que envidiarán rijosos perredistas
de todos los tiempos.
Sea hubris o
no la razón que explica el comportamiento y las peleas de los morenistas, lo
cierto es que nunca habían tenido tanto y, por ello, nunca en su corta historia
se habían descarado así a la hora de reclamarse cosas en público.
Se dirá que
estamos asistiendo a una reedición o revancha de lo que vimos cuando a Ricardo
Monreal le negaron la candidatura a la Jefatura de Gobierno de Ciudad de México
para dársela a Claudia Sheinbaum.
En esa
ocasión, Martí Batres estuvo en el grupo que se alineó con la decisión (el
dedito) que favoreció a la hoy gobernante de la capital. El modosito en
aquellos días fue Batres, y el que despotricó fue Monreal, que culpó del
agandalle a “la nomenclatura morenista”. Este lunes los papeles se invirtieron.
Monreal
terminaría disciplinándose: volvió al redil pejista y a la postre no le fue
mal: hoy tiene en la mano la llamada Cámara alta.
En cambio,
Batres ahora muerde el polvo, quizá fue hubris lo que le provocó que su ego le
impidiera leer que la balanza del poder no le favorecía, que el zacatecano le
dejaría en evidencia.
La
diferencia es que en aquel entonces se trataba de una pugna partidista por una
candidatura, y hoy estamos hablando de dos personajes en el gobierno, así sea
desde la rama legislativa. El pleito puede tener consecuencias muy distintas.
Porque como
se menciona en la entrevista de Owen ya citada, del hubris surge la incompetencia
hubrística, que es cuando las cosas pueden ir mal a causa de que los líderes
tienen tanta confianza en sí mismos que no se preocupan por las consecuencias
prácticas de las decisiones políticas. Como los de Morena, que parecen más
preocupados en pelearse el poder entre ellos que en lo que esas peleas
intestinas pueden provocar en la política.
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