jueves, 28 de mayo de 2020

Guanajuato, reactivación sin convicción.


Arnoldo Cuellar.

Hubiera bastado una silla y un escritorio, algún fondo alusivo, mucha sobriedad y una gran empatía. Hubiera sido mejor por la noche, cuando las familias suelen reunirse en torno al televisor, hubiera sido genial un discurso ordenado y con claras separaciones en los temas: COVID-19, solidaridad con quienes están amenazados o ya afectados, planteamientos concretos de apoyo, un mensaje de esperanza.

No fue así y él hubiera no existe. Los consejeros de Diego Sinhue Rodríguez, el Gobernador de Guanajuato que no acaba de convencerse de que lo es, lo encaramaron de nuevo en un foro rutilante digno de un programa de concursos: televisión a la última moda, política a la antigua.

Compraron las portadas de todos los periódicos de Guanajuato, hoy eso es posible e incluso más. Compraron la opinión de periodistas presuntamente independientes en las redes sociales. Usaron como porristas a un Alcalde, un líder empresarial y una joven “centennial”, in situ, ni siquiera para el seguimiento del día después.

Pese a eso, la unidad no cuaja y el mensaje no convence.

El plan de Diego Sinhue para reactivar Guanajuato suena cojo, incompleto, a destiempo. No parece sensato reabrir empresas no esenciales, ni siquiera al 30 por ciento, cuando el pico de contagios comienza a despuntar.

No parece inteligente usar un aumento de impuestos para declarar una guerra al gobierno federal, así sea a través de un tercero.

Parece prematuro anunciar un incremento fiscal para el 2021 cuando aún no sabemos cuántas empresas sobrevivirán a la pandemia.

Anunciar un endeudamiento hoy para el próximo año, cuando el mundo entra a una espiral de inestabilidad financiera y económica, es solo un bonito plan en el papel.

Desaparecer una Secretaría para revivir un instituto, fusionar dos descentralizadas de mínimo gasto, nada de eso apunta a transformar modelos ni a crear sinergias. Es más, ni ahorro burocrático se producirá, solo confusión y nuevas curvas de aprendizaje.

Se trata de la típica respuesta con la que un Gobierno desgastado busca relanzarse, salvo que esta vez el contexto es otro: la peor amenaza sanitaria de la historia reciente y el cambio mundial del modelo económico prevaleciente, además del Gobierno desgastado desde antes de nacer.

Ninguno de esos anuncios parece “innovador” y tampoco “inteligente”, dos de los adjetivos más usados en las intervenciones que se escucharon en las pantallas del Teatro Bicentenario, donde ya no se hace buen teatro ni opera excelsa, pero sí mala televisión.

El plan es pobre, el orador es regular, pero la escenografía y la producción quieren ser espectaculares, lo que hace todo doblemente malo, pues cuando la propaganda se empeña en vender un mal producto lo único que hace es hundirlo.

Por lo pronto, el auge de la pandemia, que muy probablemente se acelere por la movilidad que aumentará a partir del próximo lunes, cambiará todos los escenarios sobre los cuales fue montado el espectáculo.

¿En verdad era necesario? ¿No era mejor concentrarse en lo esencial? Por ejemplo: disciplina en el confinamiento, atención sanitaria de calidad, apoyo real a los médicos y trabajadores sanitarios, aumentar y agilizar los programas de rescate financiero, planear una reestructuración seria del Gobierno agigantado que heredaron los últimos gobernadores en su afán de controlar al PAN vía la nómina, sobre todo para volverlo funcional y eficiente.

Aunque si no funciona, siempre queda el recurso de comprar la primera plana de los periódicos y algunas docenas de tuits, eso no falla.

¿O sí?

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