viernes, 29 de mayo de 2020

Nos vamos a desilusionar.


Enrique Quintana.

Hay quien piensa que, en cuanto termine el confinamiento y los ciudadanos salgamos nuevamente a las calles, la situación de la economía empezará visiblemente a mejorar.

Lamento decirle que si usted así lo cree… está equivocado.

El que la gente vuelva a estar en plazas comerciales, restaurantes, parques públicos, etcétera no va a ser suficiente para cambiar las cosas.

Una de las claves para entenderlo se puede encontrar en los datos respecto a la confianza del consumidor que ayer dio a conocer el Inegi.

La caída del índice en abril es histórica. Nunca había retrocedido como lo hizo en abril.

En los puntos con los que está construido el índice, el retroceso es de 13 unidades. Si lo traducimos en equivalencias porcentuales la caída sería de 29 por ciento.

Le recuerdo que este índice se construye sobre la base de una serie de preguntas relativas al pasado, al presente y a las perspectivas de los consumidores.

La caída es más fuerte cuando se indaga la posibilidad de los consumidores de adquirir bienes de consumo duradero y cuando se compara la situación económica de los miembros del hogar con la que tenían hace doce meses.

Es claro que en este momento los consumidores tienen una enorme incertidumbre respecto a su condición económica en los próximos meses. Muchos de ellos probablemente hayan perdido ingresos sea porque se hayan desempleado o bien porque la ocupación que tenían les genere ya solamente una parte del ingreso con el que contaban.

Cuando la gente vuelva a salir a las calles no va a consumir como lo hacía en el pasado.

No sólo las ventas no van a recuperarse rápidamente, sino que es probable que por largos meses estén muy por debajo de lo acostumbrado.

Le pongo el ejemplo más sencillo, el de un restaurante. Durante un cierto tiempo, no sabemos cuánto, tendrá que operar sólo con un porcentaje de su capacidad, de su aforo.

Esto quiere decir, por ejemplo, que si vendía 100 en el pasado ahora venderá 30. Después de un cierto tiempo podrá llegar a vender 60 y quizás por mucho tiempo ya no vuelva a vender 100.

Si los gastos fijos de ese restaurante, entre los que están, por ejemplo, la renta, el pago de servicios como agua, luz, gas, etcétera, no logran financiarse con el porcentaje de las ventas que se obtendrá, ese negocio dejará de ser viable y probablemente deberá cerrar.

El efecto no solamente estará en los negocios. Los consumidores mantendrán una actitud sumamente cautelosa por un tiempo largo. Un porcentaje de ellos probablemente porque no tenga ingresos o porque haya visto reducidas sus entradas. Pero, incluso, quienes no hayan perdido ingresos dejarán de gastar ante un futuro imprevisible.

Obviamente, el efecto será diverso dependiendo del tipo de negocio. Habrá de priorizarse el consumo de los bienes indispensables y se quedará en un término muy distante el consumo de bienes y servicios de los cuales se puede, por lo menos temporalmente, prescindir.

Esto va a golpear a una multitud de giros comerciales por un tiempo largo.

Cuando salgamos a la calle, como ya le he comentado más de una vez en este espacio, veremos gradualmente los efectos destructivos de esta recesión, que por su duración y profundidad previstas algunos ya la califican de depresión.

No quisiera transmitirle esta perspectiva sombría, pero sería mucho peor que, pensando en que las cosas pueden cambiar positivamente en el corto plazo se encontrara con la desilusión de que no es así.

Más vale prepararnos para una recesión larga o incluso para una depresión.

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