Dolia
Estévez.
Sorprendió a
propios y extraños el anuncio de Andrés Manuel López Obrador, de que había
planteado a Donald Trump la posibilidad de encontrarse en junio o julio para
“externarle personalmente nuestro agradecimiento” por el envío de mil
ventiladores y “dar testimonio” de la entrada en vigor del T-MEC (Twitter
@lopezobrador_ 17 de abril). Algunos se enteraron el día de la llamada el 16 de
abril. Otros hasta leer el tuit.
A más de dos
semanas, no se ha materializado la invitación. “Algo se comentó sobre dicha
visita en la última conversación hace varias semanas”, me dijo un diplomático
estadounidense sobre la llamada. No ha habido seguimiento. Fuentes mexicanas
corroboraron que el tema no ha sido abordado. Es improbable que Trump quiera ir
a México. Siempre ávido de adelantarse a las noticias, esta vez no ha tuiteado
nada.
No es la
primera vez que eso ocurre. En junio pasado, AMLO dijo que vería a Trump en
septiembre. Se especuló que sería en el marco de la Asamblea General de la ONU
en Nueva York. Llegó y pasó septiembre y el resto del año, y nada de reunión.
Toda reunión
presidencial implica riesgos, más en estos tiempos raros. Ninguno de los
motivos esgrimidos para ver a Trump parece justificar la premuera de un
encuentro, que se daría a escasos meses de la elección presidencial en Estados
Unidos y en medio de la pandemia del coronavirus. México debe sopesar
cuidadosamente los pros y contras. Hacer un análisis costo-beneficio antes de
proseguir, asumiendo que el tuit no sea ocurrencia.
Debe
partirse del hecho de que la reunión sería con un candidato y no con un
presidente. La óptica de todo lo que dice y hace Trump, va en un sólo sentido:
ganar la elección de noviembre.
¿Quiere AMLO
ser usado para abonar en las ambiciones reeleccionistas de Trump? ¿Quiere que
su “agradecimiento” sea interpretado como un acto de intervención a favor del
precandidato que describe como su “amigo”? ¿Quiere antagonizar a los demócratas
cuando las primeras encuestas en estados clave, que van a determinar la
elección, dan la ventaja a Joe Biden?
Una reunión
con Trump sin otra reunión espejo con Biden, proyectará favoritismo hacia el
candidato republicano. AMLO debe postergar el encuentro con Trump para después
de que Biden sea ratificado como candidato presidencial en la convención
demócrata en agosto y así poder entrevistarse simultáneamente con ambos por
separado.
La otra
opción es una cumbre trilateral que incluya al Primer Ministro canadiense
Justin Trudeau en un lugar neutral, como Canadá, en el marco de la entrada en
vigor del T-MEC el 1 de julio. Es la menos arriesgada en el breve menú.
Faltando un mes para las elecciones estadounidenses, Carlos Salinas y el primer
ministro canadiense Mulroney presenciaron la firma del TLCAN en San Antonio, al
lado George Bush padre en octubre de 1992. Bush perdió las elecciones, pero
Salinas logró capotear el temporal de criticas en su contra por su abierto
favoritismo hacia Bush.
AMLO es el
primer mandatario en más de medio siglo en no entrevistarse con su contraparte
estadounidense en calidad de presidente electo desde Johnson y Díaz Ordaz en
1964. Peña Nieto fue recibido por Obama, poco después de su triunfo y antes de
su toma de posesión. AMLO también es el primero en no salir de México en el
primer año y medio de gobierno.
Fiel a su
lema de que “la mejor política exterior es una buena política interior”, AMLO
informó desde el primer día que no viajará al extranjero a menos que hubiera un
anuncio de gran trascendencia que lo justificará. Rechazó ir a la cumbre del
G-20 en Osaka, al centenario de la OIT en Ginebra, al Foro de las Nuevas Rutas
de la Seda en China, al Foro Económico de Davos y a innumerables tomas de
posesión. A principios de año, ratificó su decisión de permanecer en México.
¿Qué querrá
agradecerle, además de los ventiladores, como para levantar su propia veda? Los
10 mil millones de dólares de un quimérico plan Marshall para Centroamérica
para reducir la migración que no le dio; la anulación del DACA; el cierre de la
frontera; las presiones para obligarnos a pagar por el muro; la destrucción de
la ecología fronteriza.
O quizá
quiera agradecer haberlo forzado a desplegar miles de efectivos de la Guardia
Nacional contra los centroamericanos en detrimento de las tareas de seguridad
interna; o las presiones para reabrir las maquilas de las trasnacionales al
margen de la salud y muertes de miles de trabajadores mexicanos.
O tal vez no
usar la fuerza militar estadounidense para combatir la violencia de los
carteles que el consumo gringo alienta, o no hacer nada para frenar el flujo de
armas, o no imponer ominosos aranceles punitivos a los productos mexicanos
porque México cedió ser vertedero de migrantes expulsados o no etiquetar a los
carteles como grupos terroristas.
Con la
excepción del T-MEC, convenio con claroscuros para México cuya conclusión
obedece fundamentalmente a las presiones del gran capital estadounidense, la
agenda bilateral ha sido más de negativos que de positivos, de amenazas no
cumplidas que de iniciativas cumplidas. Más de no hacer, que de hacer. Por ser
el de Trump un gobierno que basa su política exterior en el chantaje y las
intimidaciones, y no en los consensos e incentivos, supongo que agradecer
negativos es coherente con el “hablar quedito” y “sin balandronadas”.
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