Raymundo
Riva Palacio.
La pandemia
del coronavirus tomó a México y a Estados Unidos por sorpresa. Veinticinco años
de negociaciones de dos acuerdos comerciales y relaciones estratégicas durante
un cuarto de siglo, no previeron lo que ahora los abruma: cómo evitar que las
cadenas de valor se quiebren y que los suministros en la región de Norteamérica
se mantengan fluidos en todas las empresas esenciales para la economía, la
salud y la defensa. Los dos países están tratando de homologar criterios, pero
México debe impedir que le pase la aplanadora encima y que su reapertura
económica sea en los términos pedidos por Washington.
La carta de
más de una decena de senadoras y senadores al secretario de Estado, Mike
Pompeo, para que inste al gobierno mexicano a armonizar criterios para evitar
la disrupción de las cadenas de valor, es parte de las presiones políticas y
económicas a los dos países. Coincide con la intensa labor de cabildeo que han
hecho representantes de las empresas en la Ciudad de México y Washington, en
las secretarías de Estado y las embajadas, para incorporar sus sectores y
productos en la lista de ''empresas esenciales' que tienen que reabrirse
durante los próximos dos meses en los dos países.
El
presidente Andrés Manuel López Obrador fue advertido de ello cuando comenzaron
las presiones estadounidenses, pero en México apenas empezaban a registrarse
los primeros contagios del Covid-19 y su atención estaba en otros temas.
Alfonso
Romo, jefe de la Oficina de la Presidencia, le propuso en febrero que más allá
de la relación institucional entre los dos gobiernos, encabezada por las
cancillerías, nombrara un enlace (liasion) con la Casa Blanca para fortalecer
un vínculo político sin intermediarios con el presidente Donald Trump. López
Obrador ignoró la propuesta.
Tampoco le
prestó atención al tema de las cadenas de suministro cuando empezaron a
quejarse las empresas de medidas extremas de varios gobiernos estatales, en
particular los de Claudia Pavlovich en Sonora, y de Jaime Bonilla de Baja
California. La secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, y el secretario
de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, tuvieron que intervenir con Bonilla
para explicarle el conflicto que estaba generando con su acción.
Los
cabilderos de las empresas multiplicaron sus visitas a las secretarías de
Estado en México para empujar sus intereses, por lo que López Obrador giró la
instrucción que se comenzara a tratar el tema, pero únicamente a nivel
gobierno. No hablarían con nadie salvo con el gobierno de Trump, y le encargó a
la secretaria de Economía, Graciela Márquez, que tomara contacto con el
representante comercial de la Casa Blanca, Robert Lighthizer, a quien conoció
durante las negociaciones del acuerdo comercial. Márquez le pidió a Lighthizer
que le dijeran cuáles eran, específicamente, los sectores estratégicos de
Estados Unidos, pero es la fecha que no hay precisión sobre esto.
México entró
a esa negociación con un déficit, porque desde el 12 febrero, con la pandemia
encima, Trump firmó una orden ejecutiva para fortalecer “la resistencia
nacional”, que pasó de noche en el despacho presidencial de Palacio Nacional.
La tarea recayó en el Departamento de Seguridad Interna, cuya Agencia de
Seguridad Cibernética y de Infraestructura produjo una Guía sobre la Fuerza de
Trabajo Esencial de Infraestructura Crítica, el 19 de marzo, y la refrendó el
pasado 17 de abril, sin haberla conciliado o consultado con México.
La guía
señala como infraestructura crítica los sectores de energía, agricultura,
defensa, comunicaciones, atención médica, salud pública, transporte, agua,
comunicaciones, químicos, comercio, manufactura crítica, represas, agua,
servicios financieros, tecnología de la información y reactores nucleares,
materiales y residuos. Está detallada de manera meticulosa y clara, precisa un
pequeño número de servicios esenciales y funciones en la lista.
Casi
inmediatamente después de salir esta guía, más de 300 presidentes de empresas
de manufacturas en Estados Unidos le pidieron a López Obrador reabrir la
actividad económica de acuerdo con los lineamientos. México nunca ha tenido una
guía de infraestructura crítica. El cierre de las empresas en México se dio
bajo criterios de la Secretaría de Salud, aparentemente sin tomar en cuenta el
impacto que tendría en las cadenas de valor. Las secretarías de Economía y de
Trabajo no jugaron un papel central en esa decisión y solamente acataron los
lineamientos de Salud, avalados por López Obrador.
La
inexistencia de criterios generales para este tipo de emergencias produjo que
gobiernos estatales, tomaran iniciativas unilaterales. No en todo el país han
parado las empresas, como algunas maquiladoras en la frontera norte. Hay otras
que podrían hacer reiniciado operaciones, resultado de la negociación donde
Trump exentó exportaciones de México y Canadá de equipo e insumos médicos, pero
no han restablecido el total de su producción por el temor de que sean
exhibidas durante los eventos diarios de López Obrador, donde discrecionalmente
y sin información clara, las autoridades hacen escarnio de individuos o
empresas, o quieren inhibir mediante ese tipo de acciones.
La mezcla de
la política con la economía es una externalidad a la que se están enfrentando,
y hay quejas entre las empresas de que hay mucho desorden dentro del gobierno.
No es muy distinto, sin embargo, en Estados Unidos. Márquez le ha pedido a
Lighthizer información sobre tiempos de apertura de empresas en México y
porcentaje de actividad que gradualmente se vaya restableciendo, con la
exigencia de que las medidas sanitarias tienen que ser idénticas a las que hay
en Estados Unidos, y la advertencia de que si se llega a dar contagio en esas
plantas, se clausurarían. No hay respuesta aún a esta petición.
En este
nuevo diferendo, inesperado e imprevisto, se ha ido aprendiendo sobre la
marcha. La decisión de López Obrador es de reactivar gradualmente la actividad
económica a partir de este mes. Cómo, en dónde y de qué manera, aún falta por
definirse.
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