Raymundo
Riva Palacio.
Tenga cuidado,
Presidente, porque sus mensajes mañaneros pueden causar daño a la salud de los
mexicanos. Son confusos y contradictorios, y mezclan expectativas y
frustraciones, donde el optimismo aplasta al malestar, y escuchan con más
atención sus promesas de “ya vamos de salida” del Covid-19, que el llamado a no
relajar las medidas de prevención. La urgencia por reabrir la economía para
generar ingresos –los recortes presupuestales no alcanzan para programas
sociales ni sus obras prioritarias–, no está siendo acompañada por un discurso
cauteloso, y el tono optimista del presidente Andrés Manuel López Obrador ha
provocado que suba la movilidad en el país.
Su palabra
sigue siendo muy poderosa, y si empata con las expectativas de la gente, harta
por el confinamiento, más aún. La confusión quedó de manifiesto en la encuesta
de Buendía y Laredo, publicada este lunes, donde 70 por ciento piensa que es
más importante mantener la cuarentena que la reanudación de las actividades
económicas, pese a que 60 por ciento aprueba las medidas para reactivarlas.
Para añadir al desbarajuste de las ideas, 80 por ciento piensa que el gobierno
federal no siempre dice la verdad en relación con el coronavirus, y el 56 por
ciento cree que “a veces dice la verdad”.
Camino al
final de la sana distancia el domingo, López Obrador ha buscado reforzar sus
decisiones ante la opinión pública mediante el uso de analogías y
generalizaciones. En un video el sábado, reconoció que no son recomendables las
comparaciones, pero que las utilizaría para mandar el mensaje que su gobierno
estaba actuando de manera responsable, y criticar a la “prensa alarmista,
amarillista” que cuestiona el manejo del coronavirus.
Así, López
Obrador dijo que Bélgica tiene 15 veces más fallecidos por cada millón de
habitantes; España, 11 veces más; Inglaterra, 10; Francia, 9.7; Estados Unidos,
5 veces; Canadá, 3; y Alemania y Brasil, 1.8. En el análisis de mortalidad de
la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, hasta este domingo los números
absolutos le daban la razón al Presidente, pero cuando se ve en el radio
casos-letalidad de la misma institución, hay variaciones.
Por ejemplo,
el índice de letalidad de México era 10.8 por ciento hasta el 24 de mayo,
contra 4.6 por ciento en Alemania y 5.9 por ciento en Estados Unidos. Está
cerca de España, que tiene una tasa de 12.9 por ciento, y debajo de Inglaterra,
con 14.1 por ciento, y Francia, con 15.5 por ciento. En este último grupo de
países el número de casos de contagios y fallecimientos, comienza a bajar, que
no es el caso de México. Hasta ayer, México era el país 17 en el número de
contagios, y se acerca a Chile, que tiene dos mil 892 casos más; es el número
cinco en nuevos casos por día; el noveno en número de muertos, luego de superar
ayer a Irán, y el quinto en índice de letalidad.
Las tasas de
mortalidad difieren entre los países, según la explicación de la Universidad
Johns Hopkins, y de acuerdo con la demografía –tienden a ser más altas donde
las poblaciones son más grandes, como el caso de Europa–, o las pruebas en la
población, que permiten identificar los casos leves o asintomáticos antes de
que contagien a un mayor número de personas, se reduce el radio de
casos-mortalidad, lo que explica por qué Alemania, Estados Unidos, China o
Corea del Sur, tienen tasas más bajas que México, donde el gobierno está
empeñado en no hacer pruebas. El número de pruebas entre los países de la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, muestra a México en
el último lugar, al hacer 0.6 pruebas por cada mil habitantes –el sábado se
aplicaron 0.2 pruebas–, contra 30.4 en Alemania, 20.6 en Estados Unidos, y 12.3
en Corea del Sur.
López
Obrador ha utilizado las comparaciones como muchos lo hacen, para apoyar y
justificar sus acciones y descalificar a quienes presentan otros ángulos
diferentes. Esto es normal, y puede ser políticamente legítimo para reforzar
una acción de gobierno, que su líder emprenda. El problema es que este juego de
toma y daca con las estadísticas, lo edulcora el Presidente con un lenguaje de
ilusión que entra en las ansiedades de la sociedad mexicana que quiera
recuperar su vida, o lo que pueda ir retomando.
La ilusión
es más fuerte que esa realidad que muestra que el número de contagios y muertes
sigue en ascenso, aunque se hubiera dado el caso que se ha ralentizado su
velocidad. No sabemos con certeza qué pasa en México por el desorden de cifras
y la confusión sobre las proyecciones que ha dado el zar del coronavirus, el
subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell.
Ni él ni el
Presidente confrontan los datos contrarios que aportan los expertos, a quienes
ignoran o descalifican. Pero las evidencias de que los datos que aporta
López-Gatell al Presidente son incorrectos, siguen surgiendo. Las últimas, este
lunes, en el blog de Nexos, aportadas por Mario Romero Zavala y Laurianne
Despeghel, quienes observan cómo la tendencia de decesos en la Ciudad de México
al cierre de marzo, se aleja del promedio de 2016 a 2018 y se acelera en abril.
Al 20 de mayo, estimaron ocho mil 72 decesos, un brinco de 120 por ciento con
respecto a años previos, y casi ocho veces más que los reportados por la
Secretaría de Salud.
López
Obrador está tomando decisiones con la información de López-Gatell, y haciendo
promesas alegres. No tiene punto de inflexión. Está casado, para bien y para
mal, con el subsecretario, pero podría ser más cauto en sus declaraciones sobre
la reapertura. No inyectará tanta felicidad, pero posiblemente la sociedad escuche
con mayor atención el llamado a no confiarse. Sus gobernados se lo agradecerán
y él se protegerá de críticas y denuncias futuras si las cosas no resultan como
aseguran las proyecciones de López-Gatell.
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