Raymundo
Riva Palacio.
Carmen
Aristegui tuvo que utilizar unos minutos en su noticiario de radio matutino del
miércoles para hacer una aclaración sobre su vida personal. No tenía por qué
hacerlo, dijo, pero hay una campaña en las redes sociales desde hace casi 10
días, entrometiéndose de manera dolosa y mentirosa en su vida personal, que
afectó a su hijo, y eso la obligó. Los ataques se dieron después de haber
difundido una investigación conjunta con Signa Lab y Artículo 19, sobre cómo
desde Notimex habían lanzado una campaña contra siete reconocidas periodistas,
y la cual trascendió el ámbito de lo periodístico y lo político. Se necesita
ser miserable para transgredir toda norma. Lamentablemente hay demasiados
miserables en las redes sociales y, en este caso, en la 4T.
Aristegui ha
sido una comunicadora consecuente, y aunque fue criticada por el periodo de
gracia que le dio al presidente Andrés Manuel López Obrador, con quien
simpatizaba, mantuvo su independencia. No fue miembro orgánico del
lopezobradorismo, ni parte de sus cuadros que durante años construyeron, a
través de la propaganda, un clima de odio que le permitió al Presidente
acelerar las contradicciones de una sociedad agraviada y ofendida por la
corrupción y la ineficiencia de sus gobiernos. Pero ella, no los trogloditas al
servicio de su aparato de propaganda, fue una pieza crucial en el allanamiento
a Palacio Nacional.
La
investigación que hizo su equipo sobre la 'casa blanca' provocó que la
aprobación del presidente Enrique Peña Nieto tuviera un desplome casi vertical,
a lo que se añadió un humor social tan adverso al régimen que los expertos en
opinión pública, temprano en la campaña presidencial de 2018, no dudaban que
López Obrador ganaría las elecciones, y sólo discutían por cuántos puntos
sería. Aristegui contribuyó en la construcción de esa animadversión de los
líderes priistas y panistas, merecida en muchos casos, pero no fue la única.
Un amplio
número de comunicadores fueron también incisivos en la crítica independiente al
régimen en turno, abriendo sus espacios a voces críticas del sistema y creando
una ecosistema de pluralidad. Hoy lo niega López Obrador y sus replicadores de
odio inundan las redes sociales. Aristegui pasó a ser en estos días parte del
grupo que, por no tener un pensamiento alineado al Presidente, ha sido atacado
vitriólicamente. El rencor babea en las redes contra periodistas como Ciro
Gómez Leyva, Carlos Loret o Joaquín López-Dóriga, que por años, como Aristegui,
han abierto la arena pública para la discusión de las ideas, chocando
públicamente, no pocas veces entre ellos mismos, pero con la información, nunca
descalificación.
El derecho a
expresar y a informar, así como el derecho de la gente a ser informada –de ahí
las críticas pertinentes cuando incurrimos en excesos o errores–, ha sido el
sello de un periodismo independiente que se viene dando desde mediados de los
70, que se aceleró a finales de los 80 –es clásico, por disruptor, el titular
principal de El Financiero la mañana siguiente a la elección presidencial de
1988: “Nada para nadie”–, y se profundizó en los 90.
Ya se ha
dicho bastante, pero sin esa prensa, ni Vicente Fox hubiera inaugurado la alternancia
en el poder presidencial, ni López Obrador fuera presidente con el 53 por
ciento del voto. No se trata de que agradezca a muchos periodistas y medios,
que realizan su trabajo profesional, por utilizar el mote del The New York
Times, sin favores, ni temores. Con el Presidente en turno, esa es la receta,
aplicada a tabla rasa a sus antecesores: información y opinión sin favores, ni
temores.
Se puede
criticar a muchos de quienes hemos hecho del periodismo nuestra vida, de haber
incurrido en errores y excesos, de sesgos o falta de equilibrio, entendiendo
que el periodismo es subjetivo por definición, pero buscando balance y
equilibrio. A veces se logra, a veces no por razones ajenas a quien comunica o
por mantener una posición explícita. Pero en todos los casos, a diferencia de
los sicarios del régimen, en particular quienes encabezan los nodos de odio en
el entorno de López Obrador, todos los que nos dedicamos a esta profesión damos
la cara, no nos escondemos detrás el cobarde anonimato y enfrentamos las
consecuencias. Una de ellas, la rabiosa furia con la que combaten al periodismo
independiente, con bajezas de mal nacidos, como en los ataques personales a
Aristegui.
Ningún
gobierno había actuado de manera tan clara contra periodistas como gremio. En el
pasado reciente –la documentación hemerográfica que impide el olvido–, la
censura se hizo discrecionalmente, pero rendía cuentas ante la opinión pública.
Previamente los abusos del poder se daban sin márgenes de defensa. Hoy, esa
dialéctica del poder y los medios ha cambiado. El Presidente la reduce
primitivamente a un problema de dinero de publicidad. Presidentes antes que él
pensaban lo mismo, y gastaron inútilmente en publicidad, pensando que así
compraban impunidad. Peña Nieto es el mejor ejemplo de un diagnóstico y
soluciones fallidas. Si López Obrador hiciera lo mismo, no habría diferencia en
las tribunas de la opinión independiente.
López
Obrador no entiende de medios, y su entorno de bellacos tampoco le ayuda a
decodificarlos, incurriendo en excesos y difamaciones, actuando como motor del
odio. Prefirió rodearse de paleros que le tiran besos en lugar de preguntas,
mientras los feroces francotiradores de la 4T disparan permanentemente tuits
contra la prensa independiente, para dañar reputaciones y demoler carreras.
Es una
guerra de resistencia contra aquellos, que ahora también muerden a quien tanto
ayudó al Presidente. Aristegui tiene encima a la jauría porque reveló el
miserable espíritu de sus capataces. La llaman “traidora” y la atacan por la simple
razón de haber ejercido su libre derecho a informar y a opinar, como muchos
otros antes que ella en este gobierno. La intolerancia en Palacio Nacional se
ha vuelto escatológica.
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