Salvador
Camarena.
A inicios de
la administración, el presidente Andrés Manuel López Obrador dio motivos para
la esperanza. Si el voto de julio de 2018 fue una demanda de cambio en las
políticas públicas, que la agenda de los derechos humanos se privilegiara en
Palacio Nacional marcó un precedente prometedor.
El
compromiso por establecer una ruta para la búsqueda de los miles de
desaparecidos, y además el establecimiento de una mesa especial para el caso
particular de los estudiantes de Ayotzinapa, fueron signos de que el naciente
gobierno se tomaba en serio la agenda de las víctimas.
Encima, para
llevar a cabo tan compleja tarea López Obrador echó mano de uno de sus más
cercanos colaboradores: Alejandro Encinas fue designado subsecretario de
Gobernación para los temas de derechos humanos, población y migración.
Encinas
cuenta con la experiencia para la labor que le han asignado. Pero podría darse
un caso de que por más dedicación y empeño que este funcionario ponga al tema,
la realidad lo rebase y él sea visto como una pieza más de un sistema incapaz
de hacer valer el respeto a los derechos humanos.
Al llegar
este fin de semana la fecha que marca la obligación del titular del Ejecutivo
de rendir su Primer Informe de Gobierno, Encinas deberá ayudar a su jefe a
explicar por qué en México, un año después del vuelco electoral, se sigue
matando a activistas y periodistas, y sobre todo a exponer al país qué harán
para detener esos ataques a las libertades y los derechos.
Porque en el
tema de los derechos humanos no basta con una política de revisión del pasado y
búsqueda de justicia para los casos de la realidad heredada. Mucho es lo que no
se hizo en otras administraciones, cierto, pero también es descomunal el reto
actual. En estos meses de gobierno ya va una decena de periodistas asesinados;
y lo mismo se puede decir en el caso de los activistas, que son eliminados con
pasmosa facilidad: con el homicidio de Nora López, la semana pasada en Chiapas;
algunos recuentos cifran en 18 el número de asesinatos de esos defensores solo
desde diciembre para acá.
Los
activistas surgen en distintas regiones por la carencia de debida atención de
las instancias gubernamentales a las comunidades, por la violación de los
derechos de éstas, por una falta de justicia secular: se hacen necesarios en un
contexto de debilidad democrática, donde muchas veces el Estado ha descuidado
el beneficio colectivo por favorecer sólo los intereses del capital o de las
agendas gubernamentales.
Las muertes
de periodistas y defensores de derechos humanos son perpetradas por integrantes
del crimen organizado, funcionarios gubernamentales de distintos órdenes,
caciques locales y hasta empresas. La mezcla de todos los anteriores es sólo
una de las variables más de las causas de la eliminación de activistas y
reporteros.
Este
gobierno no hará valer una agenda de derechos humanos sobre el pasado sin la
vigencia de un Estado de derecho en el día a día. Y eso incluye que no haya
titubeos como los que hemos atestiguado –este gobierno fue lerdo y nada
contundente ante el asesinato del activista morelense Samir Flores en febrero
pasado, caso que permanece en la impunidad, lo que manda el mensaje de que,
independientemente del cambio de administración, en esas muertes la impunidad
campea.
De forma tal
que los muertos de Encinas se apilan mes con mes. La labor del funcionario por
procurar justicia y verdad para temas del pasado no puede estar disociada de
una agenda que le haga influir en prevenir y castigar los casos que se den en
el presente. Que la lista de esos muertos no crezca es una obligación del
Estado.
Y dejamos
para otro día hablar de los retos de la chamba que le caerá a Encinas por la
decisión de su jefe de militarizar la Guardia Nacional y por la de haber
aceptado barrer bajo la alfombra del suelo mexicano a los migrantes de otras
naciones que buscan llegar a Estados Unidos.
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