Jorge Zepeda
Patterson.
Un día sin
nosotras, el paro de mujeres programado para el día 9 de marzo no lo inventó
la derecha mexicana, por más que esté tratando de subirse en él. Por el
contrario, fue idea inicial del movimiento femenil chileno que se caracteriza
por su empatía con las banderas de la izquierda y la protesta contra el
Gobierno conservador de Sebastián Piñeira.
De hecho, la
agenda feminista chilena de 2020 surgió del Encuentro Plurinacional de las que
Luchan, que a su vez forma parte del Programa Contra la Precarización de la
Vida. Muchas de las reivindicaciones de los grupos feministas chilenos, claves
en la actual ola de protestas que recorre el continente, surgieron en oposición
a las políticas conservadoras y neoliberales de aquel país.
En
México, incluso, gran parte de la lucha de las mujeres, particularmente en lo
que toca a temas de aborto, sexualidad y equidad de género se ha dado
históricamente en confrontación con las políticas tradicionales sostenidas por
la derecha católica, el panismo, los grupos Pro Vida y organizaciones
similares. Y tampoco
podemos olvidar que la legislación y las políticas públicas de la Ciudad de
México, gobernada por la izquierda desde hace más de 20 años, han sido
precursoras en todo el país en temas de equidad de género, libertad y derechos
femeninos o tolerancia sexual.
¿Cómo
diablos, entonces, hemos llegado a la percepción de que un Gobierno que se
declara a favor de los derechos de los oprimidos y las víctimas sea considerado
opuesto a este movimiento que clama en contra de los feminicidios? ¿Cómo es
posible que la derecha conservadora ahora esté buscando cosechar políticamente
una bandera contra la cual siempre ha estado confrontada?
Las razones
son varias, desde luego, pero la principal a mi juicio tiene que ver con una
percepción distorsionada de parte del Presidente. López Obrador asumió desde un
primer momento que la indignación y las protestas por el auge de los
feminicidios obedecía en gran medida al peso que le otorgaron medios de
comunicación como el Reforma y columnistas “adversarios” con los cuales parece
estar obsesionado. Y sí, en efecto, esos espacios difundieron tales
temas, pero también lo hicieron muchos otros medios, corrientes de opinión y
público en general, impactados por el dramatismo de los casos y el incremento
del fenómeno del feminicidio, que deja una terrible sensación de indefensión en
el ciudadano de a pie. Siempre hay intereses que intentan llevar agua a su
molino, pero el agua no tiene la culpa de eso. Hay una enorme preocupación,
real y legítima, al margen de los que intentan ponerse la medallita.
Interpretar el fenómeno como si se tratase de un malestar inflado o creado por
los impresentables impide ver lo qué hay detrás. Y lo qué hay detrás es
muchísima gente preocupada por la vulnerabilidad en que se encuentran las hijas
y hermanas de todos y todas.
Una vez
que los grupos de derecha advirtieron que había una causa popular con la cual
se estaba indisponiendo el Presidente, acudieron a ella como moscas a la miel.
A pesar de que grupos feministas y participantes del movimiento repudian esos
intentos de la derecha conservadora, el Presidente ha seguido quejándose y, por
ende, magnificando el peso de tales supuestos voceros, que no lo son.
Por supuesto
que frente cualquier crisis la gente exige de manera crítica una mayor
intervención de la autoridad y el caso de los feminicidios no ha sido la
excepción. Pero lo mismo se hizo en contra de gobiernos panistas o priistas por
motivos de pederastia o feminicidios en Juárez. El Gobierno de la 4T tenía todo
para hacerse eco de esta preocupación, ponerse al frente de ella y emprender
acciones puntuales y políticas públicas para atenderla. Por razones
inexplicables decidió desdeñarla. Peor aún, la interpretación de muchos es que
ahora pretende boicotear las protestas y oponerse a ellas. ¿O de qué otra
manera entender la campaña #Noalparonacional impulsada en círculos oficiales?
Todavía hace
dos días, con la imagen difundida en Instagram por Beatriz Gutiérrez Mueller,
esposa del Presidente, en la que apoyaba el paro del 9 de marzo y las
declaraciones iniciales favorables de mujeres conspicuas de la 4T (Olga Sánchez
Cordero, Claudia Sheinbaum o Luisa María Alcalde), parecería que terminarían
imponiéndose estos vasos comunicantes entre las reivindicaciones feministas y
la agenda social progresista. Pero el mensaje de arrepentimiento de la
propia Doña Beatriz, horas más tarde, al subir a Instagram el póster de la
campaña contra el paro, dejó sin margen de acción al resto de las mujeres
vinculadas a Morena para participar en el movimiento del 9 de marzo.
Desde
luego hay motivos respetables para estar en desacuerdo con un paro nacional de
mujeres. Hay quienes argumentan que la lucha contra el feminicidio no pasa por
la segregación de hombres y mujeres sino por el combate contra el machismo, y
que tanto hombres como mujeres somos parte del fenómeno y también sus víctimas.
En ese sentido, un paro de mujeres haría pensar a muchos, por exclusión, en una
confrontación de género, cuando no lo es. El tema es debatible y escapa a los
límites de este espacio.
Hay
razones comprensibles y respetables para decidir participar en el paro o para
no participar en él; lo que es absurdo es hacerlo o no hacerlo porque se trata
de estar en contra o a favor de López Obrador, estar con la derecha o estar en
contra de ella. Un terrible y falso dilema.
El póster
subido a redes sociales por Beatriz Gutiérrez reza, tal cual: “No al Paro
Nacional, apoyamos a AMLO y también queremos erradicar la violencia”. No es de
extrañar que sea leído por los muchos que participan como un boicot del
Gobierno, lo cual equivale a ponerle en bandeja a la derecha una causa popular
y convertir al Presidente en su aparente enemigo.
Con lo cual
no cabe sino citar al clásico ¿pero qué necesidad?
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