Salvador
Camarena.
Los partidos
de oposición no son tal.
La cúpula
del Poder Judicial más profesional que habíamos tenido nunca desde el siglo XX,
se le ha entregado.
El fiscal
'autónomo' le regala dinero que quizá ni sea suyo.
Casi todo
gobernador baila al ritmo que marca el Ejecutivo federal.
El Congreso
de la Unión es sede de pantomimas donde el guion más socorrido es el mayoriteo
a favor de lo que pida el señor Presidente.
La IP
organizada elige mayormente consecuentar toda ocurrencia presidencial, incluida
la de “la no-rifa del no-avión”.
Los jerarcas
de las iglesias no pintan.
Algunas ONG,
otrora grandes críticas, hoy canjean silencio por una promesa de justicia
selectiva (Ayotzinapa, migrantes…).
Las cabezas
sindicales son, como siempre, charros que florean suertes para agradar a ya
saben quién.
Y la mayoría
de los órganos autónomos han sido cooptados por esbirros de Morena. Los que no,
han enmudecido sin honor (INAI). La excepción que confirma la regla se ha
jugado hace unos días su resto al todo o nada (INE).
Lo anterior,
en año y medio de vértigo. Meses en los que el presidente Andrés Manuel López
Obrador ha capturado tanto poder como ha podido, que ha resultado ser
muchísimo, al tiempo que, sorpresivamente, se presenta como víctima de conjuras
inverosímiles y delirantes.
La coartada
de hacerse el débil funciona para distraer la atención de los temas realmente
cruciales: escasez de medicamentos, problemas de gestión de la salud pública,
desconfianza del capital para invertir que socava la economía, violencia,
crecimiento de la incertidumbre en torno a la seguridad jurídica y proyectos
disparatados mediante los que se desmontan instituciones existentes o se
malgasta la hacienda pública.
Pero él es
la víctima, no el país. Él es a quien hay que socorrer incluso en el momento
histórico en que las mujeres han salido a gritar su hartazgo de que las estemos
matando, acosando, sojuzgando.
El
presidente de la República mexicana es el poderoso débil. Hay cierta virtud en
aquellos que viéndose en debilidad logran imponerse a tal circunstancia. Aquí
ocurre lo contrario.
Nadie había
tenido tanto en la mano para, al mismo tiempo, clamar sentirse amenazado.
Es el niño
del bautizo, el novio de la boda, el bueno de la película o él decide que no
haya película, boda o bautizo.
El primer
mandatario olvida el significado de esa frase. Debe obedecer. Escuchar al
pueblo y procurar iniciativas que ayuden a la nación a confrontar sus desafíos,
estructurales o de coyuntura.
El que quiso
hacer una revolución histórica se arredra cuando ve la libertad pura de unas
cuantas jóvenes. Vaya estampa del que no pierde oportunidad para ponerse a la
altura de Madero.
Esta vez ha
ido demasiado de lejos. En su corto gobierno, corto en tantos sentidos, no ha
dudado en romper irresponsablemente reglas de la liturgia política necesaria
para la convivencia en paz.
Este fin de
semana se ha inventado de nuevo la idea de que hay vientos golpistas en su
contra. Palabras mayores en México y Latinoamérica. E incluso se ha comparado
con Salvador Allende. Quien hasta hoy nada duradero, sino destrucción, ha
construido, nombra en vano la figura de un real mártir de la democracia,
víctima de asesinos estadounidenses y locales.
AMLO teme a
las mujeres. Pero también las ofende. No sólo al desacreditar su movimiento
cuando declara que en él hay mano negra, si no –en el colmo– al otorgar
“permiso” a las burócratas de ejercer su libertad, mas sermonea
condescendiente, cuidado con ser tontitas y prestarse a maniobras golpistas de
mis enemigos: “La que quiera participar lo puede hacer, la que decida no ir a
trabajar; y no va a haber ninguna represalia, primero la libertad”, dijo en la
mañanera de ese día en La Paz, Baja California Sur. “Lo único es que se esté
consciente del porqué de esta acción, si es algo bueno que ayuda; y no dejarse
manipular, tener cuidado, porque el conservadurismo, la derecha es muy
hipócrita y es muy dada a la manipulación, a veces promueven estos movimientos
en contra de los gobiernos progresistas, no olviden lo que hicieron con las
cacerolas en Chile para preparar el golpe de Estado en contra del presidente
Allende y así”.
Tanto poder
y tanto temor. Tanto haber anhelado la silla máxima para que el cénit cotidiano
de su gestión sea la palabrería hueca, reiterativa, insulsa y hasta peligrosa.
Fuegos de artificio que encandilan a miopes de espíritu, que subestiman la rica
diversidad de los mexicanos.
Tiene tanto
para pasar a la historia, pero los delirios de persecución, ciertos o meramente
retóricos, carcomen cotidianamente lo que debería ser una gesta. Qué pena.
Esto no es
una transformación. Vaya, ni a carnaval llega. Al poderoso de Palacio le gusta
hacerse el débil. Históricamente hablando, qué pobre papel, Presidente.
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