Por Juan
Ricardo Montoya.
Vecinos del Barrio San Miguel, municipio de
Zimapán, denunciaron que el depósito de jales —apilamientos de rocas molidas,
residuos que quedan tras haber separado minerales como plata, plomo, cobre,
zinc, entre otros, de las rocas de donde los extraen— de la minera El Espíritu
ha causado daños al entorno ecológico y a los pobladores que viven cerca de los
sedimentos; el polvo blanco cubre magueyes y plantas de la comunidad, aunado a
las molestias que ocasiona en ojos y garganta de los habitantes.
“En las
pencas de los magueyes y las hojas de las plantas podemos encontrar las
partículas blancas que provienen de los jales, incluso muchas de ellas se han
secado”, aseguró el señor Damián, quien desliza sus dedos sobre un maguey y
muestra el polvo tóxico.
Martín
Labra Nieto, defensor del medio ambiente de la agrupación Comunidades Unidas de
Zimapan (CUZ) y originario del pueblo La Yerbabuena, junto con vecinos de San
Miguel, acusó que además de El Espíritu también contaminan las mineras La
Purísima, Sago y Preissan, porque instalaron sus depósitos en las cercanías de
las poblaciones.
Explicó
que “en el barrio de San Miguel, la minera instaló en 1990 una presa de jales,
a escasos 30 metros de donde empieza el caserío, y en donde sus habitantes han
sufrido en estos 30 años a causa del polvo contaminante”.
Uno de los
afectados, Jesús Rojas, cuya vivienda se ubica a un costado de la quebradora de
la minera, dijo que su casa fue edificada a principios del siglo XX por sus
abuelos, “mucho tiempo antes de que se instalara la empresa”.
En los años
sesenta, ya cuando el Barrio de San Miguel era un caserío de unas 50 casas,
“empezó la actividad minera en Zimapán con la extracción de minerales en
diversos puntos”, explicó el señor Rojas.
“Las escrituras
y títulos de propiedad de nuestras casas nos dan la razón jurídica, ya que
fueron nuestros antepasados los que se instalaron primero en San Miguel y
después las empresas mineras pese a que es ilegal”, remarcó.
Así, de
manera paulatina comenzaron a “aparecer” cerros de polvo grisáceo, extraído de
las minas perforadas en otras partes del municipio, pero que es arrojado en
presas abiertas en San Miguel.
En 1990
la empresa El Espíritu, de la familia de Rosalía Gómez Rosas, la primera
presidenta municipal de extracción panista, construyó una presa de jales a 30
metros de la casa de mis abuelos y empezó a llenarla de polvo toxico. Durante
ese tiempo denunciamos la cercanía del depósito ante la Procuraduría Federal de
Protección del Ambiente (Profepa) y otras dependencias federales, pero nunca
hicieron nada para evitarlo”, sostuvo Jesús Rojas.
Durante
estos 30 años, el jale minero rebasa los 800 metros de altura, por lo que es
posible verlo desde diversos puntos del poblado. Además, la minera colocó a un
costado de la vivienda una quebradora, complejo destinado a moler las piedras
extraídas de la mina.
“La
quebradora produce un molesto ruido todo el día, por lo que ya ha causado
problemas auditivos a las personas que viven en San Miguel”, aseguró por su parte, Martín Labra
Nieto.
Señaló, además,
que desde hace algunos años El Espíritu instaló un patio de secado de plomo
casi pegado a las casas, “lo cual es un riesgo para toda la gente que vive en
los alrededores”
El activista
lamentó que otras compañías realicen acciones similares para extraer el poco
metal que aún queda en los jales y han formado verdaderos cerros de tóxicos en
los alrededores de las comunidades indígenas de la Sierra Gorda de Hidalgo.
Detalló
que las comunidades de La Alberca son afectadas por Sago, la de Mezquite
Primero, por Carrizal Manning; El Chapinque, por La Purísima, El Espíritu y
Preissan; Santa María, por la Purísima, y la comunidad de Tolimán, por Sago. En
los pueblos de La Purísima y Preissan, refirió, “los jales ya contaminaron un
arroyo”.
Aquí,
aseguró, “los dueños de las mineras hacen lo que quieren con la complicidad
de las autoridades ambientalistas"…
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