Jorge Javier
Romero Vadillo.
A pesar de
que para el Presidente ya se ve la luz al final del túnel, los balances finales
de la epidemia –sanitario, económico y social– están aún lejanos. Ni siquiera
sabemos a ciencia cierta cuándo comenzaremos a salir del paréntesis de la
cuarentena ni cómo se irá construyendo la nueva normalidad de la vida social en
tanto no exista cura o vacuna para el virus.
Por lo
pronto, hemos experimentado con los límites de la tecnología para comunicarnos,
para socializar, para enseñar. Hemos vislumbrado cómo puede ser una vida sin
tantos traslados, sin reuniones presenciales interminables y poco productivas,
sin consumos inútiles, sin comidas de negocios o de grilla. Se ha hecho
evidente, también, cómo para una buena parte de la sociedad mexicana la subsistencia
depende del día a día en la calle, sin refugio posible. Los avances
tecnológicos no llegan a millones de estudiantes que no tiene acceso a internet
de buena calidad, mientras que también se hace evidente la poca preparación del
sistema educativo para aprovechar el potencial didáctico de los recursos
virtuales.
En el
aislamiento, cuando vivimos una vida casi onírica, la imaginación se dispara,
nutrida por la ola de utopías, eutopías, distopías y ucronías en boga. ¿Cuánto
va a cambiar nuestras vidas esta crisis? ¿Cómo va a marcar nuestra conducta?
¿Cuánto impactará en el aprendizaje colectivo y qué tan duradera va a ser su
huella? Obviamente, la especie seguirá siendo la misma, con sus pasiones y sus
intereses, con su potencial de violencia, pero las crisis de estas magnitudes
tienen impacto en el entramado institucional, cambian los precios relativos,
destruyen riqueza, cuestionan los derechos de propiedad y abren oportunidades
de cambio, de recontratación social.
Es imposible
pronosticar de manera certera siquiera cuanto de los arreglos políticos que
existen hoy en el mundo sobrevivirán, pues se han fortalecido las ideologías de
la exclusión, no sabemos si en mayor o menor proporción al aumento en las
pulsiones solidarias que la tragedia genera. La proporción de crecimiento de
unas u otras dependerá del grado de cohesión de las diferentes sociedades. Y el
grado del cambio dependerá de la eficacia de cada sistema de reglas y de su
flexibilidad para adaptarse sin grandes rupturas.
La crisis
hará evidente para algunos la necesidad de fortalecer la cooperación, mientras
otros seguirán abogando por la competencia, ya sea individual o gregaria,
liberal o nacionalista. La contradicción entre impulsar redes de cooperación
más sólidas, que permitan la negociación y la inclusión, y el empuje de las
visiones aislacionistas, individualistas extremas, promotoras de la xenofobia,
la violencia, la exclusión o la polarización irreductible entre las partes de
la sociedad. El resultado será producto de la visión del mundo que impere en
cada sociedad y esta será consecuencia del desempeño del sistema político
existente y de sus características distributivas.
¿Cuál es mi
eutopía para el orden humano post crisis? El avance de la reorganización del
Estado en todo el mundo, con preocupación política por los temas esenciales de
distribución social: salud, educación, alimentación y vivienda, por la
reducción de la violencia con respeto a los derechos humanos y con compromiso
contra el cambio climático. También el fortalecimiento de un orden mundial
cooperativo, con un liderazgo democrático fuerte que propiciare la cooperación
climática, económica y laboral, con redes legales de migración y sin guerra
contra las drogas.
¿Y la
distopía? La exacerbación del individualismo, de la competencia sin límites
éticos, el resurgimiento de los totalitarismos que se suponen representativos
de la mayoría, el atrincheramiento nacionalista, el triunfo de la xenofobia y
la exclusión, la exacerbación de la violencia.
Entre un
extremo y otro hay miles de combinaciones y rutas paralelas posibles que hacen
imposible la realización plena de uno u otro de los escenarios imaginarios,
pero la posibilidad de empeoramiento del arreglo actual es tan probable o más
que la posibilidad de mejora. En el corto plazo lo que veremos será
sufrimiento, mayor violencia y crecimiento de la pobreza en todo el mundo. El
rumbo en el largo plazo dependerá de cómo se administre el deterioro.
Sigo
imaginando y veo posible que en México las cosas vayan a peor en el corto
plazo, al grado de que, en efecto, se dé un cambio de régimen, no con López
Obrador, sino después de él, sobre las ruinas del antiguo arreglo político del
cual este Gobierno no será sino su expresión postrera. Pero también imagino
posible que se fortalezca el proyecto de López Obrador aun en condiciones de
crisis económica, gracias al reparto clientelista de rentas.
Mi eutopía
para México es que la salida a la crisis económica y política en la que, probablemente,
terminará este sexenio sea un nuevo arreglo nacido de la negociación entre una
nueva hornada de liderazgos sociales. Un nuevo pacto, pero de dimensiones mucho
mayores a las de 1996, 1946, 1938 o 1929. El nuevo pacto debería tener una
magnitud constituyente, superior a la de 1917, con una base de legitimidad
mucho mayor, porque sería producto de una amplia deliberación social.
Enfrente,
una distopía previsible sería el fortalecimiento de la política de la
polarización, de la intolerancia y la falta de diálogo, encabezada por
liderazgos personalistas con discursos demagógicos. Una era populista, donde al
actual Gobierno lo sucediera uno encabezado por un personaje de la extrema
derecha, que usara para afianzarse en el control totalitario los instrumentos
de centralización del poder buscados por López Obrador. La realidad en la que
vivimos desata la imaginación porque ya de suyo tiene mucho de distopía.
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