Salvador
Camarena.
Durante la
pandemia y como sucede en otras partes de la Ciudad de México, en la colonia
Roma los tianguis no han desaparecido. Se habrán reducido de tamaño, los
puestos de garnachas tendrán menos lugares para consumir ahí mismo, pero ahí
están los comerciantes ambulantes. Bueno, incluso se puede adquirir en esos
mercados itinerantes más que comida preparada o insumos para prepararla.
Por ejemplo,
en el tianguis que los viernes se pone en la calle de Mérida, justo en la
esquina con Chihuahua, se ha instalado un puesto de ropa para dama. Qué bueno
que los comerciantes ambulantes puedan buscar el sustento en su actividad
ordinaria, pero ¿no está raro que podamos comprar ropa en un tianguis mientras
el gobierno ordena el cierre de tiendas de esos productos, digamos Zara, por la
pandemia?
Antes de
seguir hay que señalar que estas líneas están redactadas a partir de
expresiones del gobierno de la República que apuntan a que, “domada” la curva,
sería tiempo de comenzar a hablar de reactivación de algunos sectores de la
economía. Vienen, por supuesto, muchas hospitalizaciones y decesos, pero
–insisto–, la Federación ya habla no sólo de ver cómo Tijuana y Cancún
comienzan (supuestamente) a salir de la crisis sanitaria, sino de que es
momento de hablar de encender la manufactura y otras voces hablan de que el 17
de mayo incluso se reactivaría la construcción.
Entonces, si
las estimaciones del gobierno de Andrés Manuel López Obrador son correctas, si
estamos a tres semanas de alcanzar el pico y la meseta de infecciones en
lugares como el Valle de México sin saturar el sistema hospitalario, y si es
inviable pensar en que estaremos encerrados hasta que haya vacuna, entonces,
basados en esos supuestos hay que decir que la conversación sobre cómo
reactivar la economía tiene que ser (también) una prioridad.
Y la
conversación no sólo la están promoviendo desde Palacio Nacional. En estos
días, desde Monterrey se ha comenzado a emitir un mensaje a gobernadores del
país.
Desde hace
más de un mes se instaló un grupo de trabajo para Covid-19 en torno a José
Antonio Fernández, líder de FEMSA. En él participan José Antonio Meade y Mikel
Arriola (exdirector del IMSS y Cofepris, como se sabe), y Roberto Campa, que
ahora es parte de FEMSA.
Estos
exfuncionarios realizaron, junto con el Tec de Monterrey y la consultora
McKinsey, un primer diagnóstico sobre las capacidades del sistema sanitario de
México. Pero el tema tan no se ha quedado ahí, que incluso podría parir en
fechas próximas un ventilador de inspiración canadiense.
Con el visto
bueno de la Cancillería, que ha operado para que grandes consorcios como FEMSA
garanticen abasto de productos y conserven los empleos, desde abril la gente de
José Antonio Fernández ha realizado llamadas a gobernadores para decirles que,
si se les ofrecen, ellos tienen más datos y algunos escenarios. E incluso, la
iniciativa ha redundado en fondos y apoyos para equipamiento médico, que se han
reunido a través de cientos de consejeros regionales de BBVA y el Tec y que por
un monto de 900 millones fueron anunciados el jueves por Marcelo Ebrard y
directivos de esas dos instituciones privadas en Palacio Nacional.
Las
llamadas, en las que en algunas ocasiones está Fernández y otras las preside
Meade, incluyen una presentación del excandidato presidencial de algunos
escenarios y dejan las puertas abiertas para la discusión sobre la mejor manera
de ir reactivando sectores productivos.
En el fondo,
lo que subyace es que es tiempo de lidiar con la incertidumbre de lo que hará
el virus intentando, al mismo tiempo, salvar la economía.
Porque
sectores formales demandan a los gobiernos que ya les digan qué tipo de filtros
o controles deben poner a fin de que se les permita el retorno de su personal a
las plantas, e incluso de los clientes a los establecimientos.
Para que se
pueda comprar ropa en los tianguis, pero también en otros locales que hoy están
clausurados. Todo lo anterior si y solo si las proyecciones del gobierno
federal en cuanto a contagios son correctas y siguen alineadas en los próximos
días.
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