Enrique
Quintana.
El presidente
del Consejo Coordinador Empresarial (CCE), Carlos Salazar, lo repitió en varias
ocasiones: lo que buscamos no es un rescate de empresas.
Esto ocurrió
al presentar las 68 recomendaciones que derivaron de los tres días de consultas
que el CCE organizó hace un par de semanas, buscando estrategias para reactivar
la economía mexicana.
El día de
ayer, en la conferencia mañanera, obtuvo una respuesta del presidente López
Obrador:
“Con todo
respeto, nosotros no vamos a continuar con más de lo mismo, no habrá rescate
para potentados, si hay una quiebra para una empresa pues que sea el empresario
el que asuma la responsabilidad”.
Agregó
después:
“Si se trata
de rescate hay que hacerlo pensando en los que más lo necesitan, no pensar en
lo que sucedió con el Fobaproa de bancos quebrados y banqueros ricos. No
socializar las pérdidas y privatizar las ganancias”.
Es decir, no
entendió nada.
Lo que propuso
el CCE y lo que decenas de gobiernos en todo el mundo están emprendiendo son
programas para que el Estado use sus capacidades para impedir que la economía
se venga abajo.
Esto
implica, entre otras cosas, usar la deuda pública. El gobierno es el agente
económico que puede obtener recursos a menor costo. Si esos recursos se
inyectan inteligentemente a la economía, el resultado es que la actividad crece
y se generan las fuentes para pagar esa deuda.
El problema
es que el presidente López Obrador tiene una fijación mental: el Fobaproa.
Ya le hemos
comentado en este espacio que el combate que emprendió en contra del rescate
bancario a finales de los 90, cuando fue presidente del PRD, lo marcó para
siempre. No sólo lo colocó como una figura política que eventualmente podría
aspirar a la candidatura presidencial, sino que definió un rechazo persistente
y sistemático al uso de recursos públicos para emprender cualquier tipo de
rescate.
El hecho de
que quien toma las decisiones no tenga una visión más abierta, hace
prácticamente imposible que se pueda amortiguar el impacto negativo que el
confinamiento tiene sobre la economía.
Pero,
además, también puede dar lugar a presiones para acelerar la apertura, el fin
del confinamiento, incluso si desde el punto de vista de la salud pública no
son aún los mejores momentos para realizarlo.
Tal vez se
pensó que algunas personas sensatas del entorno presidencial iban a tener la
capacidad de convencerlo de que hoy no estamos hablando de “un Fobaproa”.
La realidad
es que pareciera que no hay nadie capaz de hacerle ver las cosas de otra
manera.
Y sin la
participación del gobierno federal, lo que pueden hacer los gobiernos estatales
y municipales o las propias empresas y bancos, es bastante poco. Es mejor que
nada, pero lejos de lo necesario.
En este
contexto, es muy probable que los peores escenarios económicos que se anticipan
sean los que se hagan efectivos en este año.
Pero ahora
también corremos el riesgo de que la impaciencia por reabrir vaya a conducir a
un desconfinamiento apresurado que en cuestión de semanas o pocos meses vuelva
a producir un nuevo crecimiento de la enfermedad y obligue a un segundo
confinamiento muy pronto, con el golpe que esto podría significar para la
economía.
Ojalá que no
vayamos a tener que cargar con más costos y con más dolor por la terquedad
presidencial.
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