Salvador Camarena.
Es un
ejercicio periodístico obligado el buscar siempre más información de la que se
tiene sobre un evento.
Si hay un
reporte sobre una joven desaparecida, que había comentado a su familia
sospechas en torno al taxista que la conducía, en cualquier redacción se activa
una búsqueda no de la joven, que para eso deberían estar las autoridades, sino
de más información.
Quién era,
de dónde venía, qué cuentan sus amigas, qué más hay en el sitio donde reportó
el anómalo comportamiento del taxista, qué vieron los vecinos, qué registraron
las cámaras, qué saben las distintas autoridades, etcétera.
De ahí, con
reporteo elemental, se pueden tener más elementos informativos para publicar
tanto como se pueda sobre un caso que ha llamado la atención de la ciudadanía,
y que es relevante no por el morbo, sino por la violencia de género que padece
México.
Pero puede
darse el caso de que a la ciudadanía no le guste lo que se publique; como, por
ejemplo, un video cuya duración pone en tela de juicio el reporte de una
supuesta violación de una chica a manos de policías; u otro video en el que a
otra chica, dada por sustraída contra su voluntad por el taxista de marras, se
le ve en un bar el día de los hechos.
A veces
algunos de esos materiales periodísticos se obtienen mediante lo que se conoce
como filtraciones, que es el acceso por medios discrecionales a información
–verbal, documental o gráfica– que se presume que sólo podría estar en manos de
instancias oficiales. La validez de este método es muchas veces polémica, pero
lo mejor es juzgar caso por caso, pues se considera meritorio de un reportero o
medio conseguir y publicar tales piezas informativas si son de interés público,
así lleven al extremo algunas normas.
Entonces,
contra lo que se dice en redes sociales, no está mal que los periodistas
consigan videos donde se ve a Karen en un bar.
Lo anterior,
sin embargo, no prejuzga para bien el tratamiento que cada medio le dé a tal
material. Es decir, la intencionalidad editorial con que se presente la
información.
Milenio
impreso nos sirve para ejemplificar lo anterior. Si consiguieron el video, es
irreprochable. Pero su cabeceo es, digámoslo muy levemente, desafortunado:
“Karen encendió las redes y a México… desde un bar”.
Porque la
verdad sea dicha, resulta que Karen no encendió las redes, y a México, desde un
bar. Lo que encendió a la ciudadanía fue la posibilidad de un secuestro más de
una joven en un contexto de violencia en contra de las mujeres.
Es decir, el
incidente de Karen contiene la buena noticia de que parece que, en las redes y
en México, existe ya un sentido de alerta, y de hartazgo, sobre el rapto,
violación y asesinato de mujeres.
El título
periodístico pudo ser: Karen está viva, pero otra mujer fue asesinada ayer en
el Valle de México. Incluso: Karen, viva; estaba en un bar; pero otra mujer fue
asesinada ayer. En fin, cada medio es dueño de sus cabezas.
El caso de
Karen se dio la misma semana en que un equipo de fuerzas básicas del América
tuvo el despropósito de burlarse, en el vestidor por si hiciera falta un lugar
más simbólico del machismo, del canto de guerra femenino que desde Chile ha
contagiado a México y el mundo para reclamar no ser juzgadas ni violadas sólo
por ser mujeres.
Los
jugadores ofrecieron disculpas por su babosada, y el América ha dicho que
tomará acciones para educar a sus integrantes.
El incidente
de los americanistas, que ocurre luego de marchas donde las mujeres han gritado
y dejado patente su dolor, obliga a preguntarnos en cuántas empresas,
universidades, fábricas, talleres, escuelas, oficinas gubernamentales, cuerpos
policiacos, redacciones… nos hemos reunido para no ser como esos jóvenes, para
preguntar a las mujeres que nos rodean qué hacemos con el gigantesco problema
que afecta, ni más ni menos, a la mitad de la población.
Karen
enciende desde un bar las redes. Las marchas sólo generan pintas y destrozos. Las
mujeres se organizan y cantan su denuncia, pero ninguna directiva escolar o
empresarial las escucha… cualquiera de esos titulares es exacto, pero funesto.
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