Salvador
Camarena.
Si hubieran
involucrado a las secretarias de Trabajo y Economía en la negociación; si no
hubieran regalado a Marcelo una parte del Ejecutivo que es fundamentalmente de
Economía; si no hubieran dejado todo en manos de un solo negociador, por más
amigo de Lighthizer que sea; si no fueran meros acatadores de la voluntad
presidencial, en pocas palabras si hubiera un gabinete no estaríamos tan a
merced de Estados Unidos.
Todo
presidente de México hereda un dolor de cabeza llamado relaciones con el vecino
del norte. Todos los exmandatarios se han quejado, en memorias y otros
documentos, de tan desiguales condiciones a la hora de negociar lo que sea.
Todo político mexicano sabe que mucha de su fama se medirá por la manera en que
sortee la relación con Washington.
El
presidente López Obrador le ha entregado toda la relación con Estados Unidos a
Marcelo. Desde migración hasta libre comercio. Ebrard ha expandido su poder
gracias a ese encargo presidencial, en donde le fue impuesto Jesús Seade, un
experimentado negociador que ostenta un cargo que no ejerce a cabalidad: la
subsecretaría de América del Norte.
Hasta el
martes pasado, día de flashes y sonrisas en Palacio Nacional con representantes
canadienses y trumpistas, parecía que Seade había desquitado en unos cuantos
días el sueldo de doce meses: se destrabó el T-MEC y la añorada señal de que
México, incluso con López Obrador, es un socio confiable para negocios e
inversiones, llegó. Salvo que horas después pasó lo que pasó.
Washington
no tiene amigos, se sabe desde siempre. Y Ebrard, Seade y López Obrador, fueron
chamaqueados por los que ellos creían amigos. Claro, con la diligente ayuda del
senador Monreal, que se pinta solo en eso de acátese sin chistar.
El fin de
semana fue el escenario de una (mala) comedia de enredos. Seade ya no sabe ni
lo que negoció, Ebrard menos, AMLO pior y los senadores en babia. Las
carcajadas en Washington deben haber sido de antología.
El sainete
pone de relieve las carencias del modelo de gestión gubernamental (no se rían)
de López Obrador.
Es un
presidente sin un equipo de colaboradores integrado o funcional. El mandatario
hace encargos que no admiten reparo, sus subalternos tratan de darle gusto, y
el resto es cruzar los dedos a ver cómo responde la realidad al plan del
habitante de Palacio Nacional.
Cuentan que
hay reuniones plenarias del gabinete en donde Andrés Manuel les echa el mismo
rollo que luego receta en las mañaneras. El mismito. Con idénticas anécdotas y
ejemplos. En esas reuniones nadie osa preguntar. Ni cuando las instrucciones
son confusas o no claras. Habló el presidente, y los demás a callar.
Así, el
madruguete de Estados Unidos al establecer agregados para vigilancia de cumplimiento
de la ley laboral mexicana, fue un gol olímpico que a todos pasó entre las
piernas pero nadie, salvo el parlanchín Seade, estaba llamado a detener.
Si hubiera
un gabinete en funciones, igual y a Luisa María Alcalde se le ocurría preguntar
por los temas laborales; si deliberaran entre iguales, igual y Graciela Márquez
habría dejado los puntos claros sobre las afectaciones a la economía con los
nuevos cambios propuestos por Washington; si el canciller solo fuera canciller
y no multiministro con aspiraciones presidenciales, igual y se hubiera dedicado
a cuidar la soberanía en vez de su futuro…
Pero no. No
hay gabinete y cuando nos avasallan, pues la defensa hace agua, en la portería
no hay nadie, en la media cancha todos ven a Marcelo correr por las bandas
aspirando a la ídem mientras el presidente se dedica a su deporte favorito:
pelear con la tribuna en vez de mandar un cuadro ordenado y eficiente a ponerle
un alto a Trump.
Si hubiera
gabinete, los gringos no estarían felices, felices, felices…
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