Susan
Crowley.
López
Obrador tiene razón, y no la tiene. Es verdad, cada vez son más evidentes los
resultados de una era globalizante a la que México entró sin prever las
consecuencias. El Tratado de Libre Comercio elevó el nivel económico de unos
cuantos, pero llevó al rezago a muchos otros.
El
Presidente no se equivocó al responsabilizar al neoliberalismo como causante de
un montón de crímenes, entre ellos los feminicidios. El problema es que, en su
obstinación y ganas de tener la razón, dejó de lado que el origen de los
crímenes en contra de las mujeres obedece a muchas causas. Su falta de empatía
ante el dolor que resulta de la tragedia ha dañado su imagen y ha motivado una
respuesta de su parte que, una vez más sea, atiza la polarización en detrimento
de la reflexión.
No se
puede negar que este gobierno enfrenta todos los días el resultado de muchos
años de malas políticas públicas, pero tendría que haber ofrecido una respuesta
a la frustración que todos vivimos ante la brutal ola de feminicidios;
especialmente los de Ingrid y Fátima. Las últimas dos son muertes que nos dejan
devastados, que nos recuerdan lo vulnerables que somos, nuestra fragilidad e
indefensión. Hoy todos somos presas de un miedo que nos detiene y condena.
Somos víctimas de un asesinato, como el de Ingrid o Fátima porque sabemos que
ellas viven en cada unos de nuestros hijos e hijas, en nosotros. ¿Cómo
alimentar con otras perspectivas la conversación que irremediablemente se vuelve
necesidad?, ¿de qué manera expiar la culpa y disfrutar la vida a unas cuantas
horas de que alguien ha sido capaz de cometer un acto tan espeluznante?
AMLO cerró
los ojos. No quiso ver el dolor, respondió con una crítica repetitiva y
desgastada que nos está cansando a todos los que votamos por él.
Sin embargo,
una parte de lo que dice es real, las mujeres muertas en Juárez, muchas de
ellas migrantes desesperadas, desarraigadas de su entorno en busca de nuevas
oportunidades, de familias sin recursos, salen todos los días y son
“contratadas” por gigantescas maquiladoras en condiciones mínimas. Por las
noches, se mueven por las calles huyendo de sus posibles agresores. Si llegan a
casa, han sobrevivo un día más, una noche más. Quién sabe si mañana podrán decir
lo mismo. Ellas, sin duda, son el resultado de las malas prácticas
neoliberales.
Pero hay
muchas otras causas. Una de ellas es la falta de respeto y acoso que viven
las mujeres todos los días. Esta se da en cualquier nivel, la hemos sufrido
muchas de nosotras. Recibir un piropo es el aviso de que un posible violador
anda suelto. Quien se atreve a encararlo seguramente perderá el trabajo y será
juzgada y acusada de puta por otras mujeres. La sociedad del espectáculo ha
convertido esto en una guerra sin cuartel entre géneros. La consecuencia es el
odio de las mujeres (en su mayoría profesionistas) hacia los hombres.
Pero hay
otro tipo de descomposición social, la que se vive dentro de esa célula
desgastada y decadente llamada familia. Es el patriarcado en el que todos le
pertenecen al hombre. Las primeras víctimas son los hombres desde la infancia,
ya que se les fuerza a actuar como machos. Vulnerables, frágiles, susceptibles
al abuso, son agredidos todos los días por otros hombres. Viven en la
frustración de ser niños golpeados, hijos de matrimonios en los que la
violencia es un modo de relacionarse. El que no es macho es marica. La
masculinidad mal entendida se va formando en los hogares de cada posible
asesino. Todos hemos sufrido algún tipo de injusticia, por pequeña que sea,
hemos tenido que lidiar con ser mujercitas, los hombres tienen que vivir
demostrando que son “hombrecitos”. La tradición dice: el macho golpea, la mujer
aguanta.
Pero hoy
sabemos que en todo ser humano, hombre o mujer, puede darse el más alto nivel
de bondad, también el más bajo instinto criminal. Un asesino forma parte de la
sociedad; es la manifestación de lo que se ha podrido, de lo que todos hemos
hecho que se pudra. No es de hoy. Ha existido siempre, en todas las familias el
pequeño abuso cotidiano permite que surjan las víctimas y los victimarios. Por eso duele
tanto saber de un asesinato: somos un espejo de esa realidad brutal a la que
todos pertenecemos. El asesino es un desarraigado, sin amor, sin hogar,
seguramente sin padre o con un padre golpeador; con una madre resentida y
frustrada, que con frecuencia se desahoga maltratando a sus hijos.
En el
criminal existió la posibilidad de bondad, de consciencia del otro. Seguramente
ha sobrevivido dentro de una sociedad en la que, como él, habitan seres
lastimados hasta la médula. La exposición continua a un mundo violento y
agresivo, desvinculado de afectos y valores sanos, va arrojando a los
individuos al horror del aislamiento. No solamente odia a las mujeres y su
emancipación, odia a todos los seres humanos que lo rodean y busca como chivo
expiatorio a los más débiles. Es una forma de venganza. ¿Qué más puede caber en
su alma?, ¿tiene alma?
De
ninguna manera se trata de justificar las acciones de alguien que es culpable y
debe recibir un castigo. Pero el tema de los feminicidios y el abuso contra las
mujeres, no se resuelven en una confrontación entre hombres y mujeres, como se
respira en muchas de las reacciones. La causa del problema es un machismo
perpetrado por hombres y mujeres en contra de hombres y mujeres. Sin duda, se
ceba en contra de esposas, hijas, niñas de manera salvaje y brutal por la
indefensión, pero habría que entender que también los propios niños, jóvenes y
hombres han sido víctimas de ese machismo ancestral y despiadado.
Conozco a
muchos hombres que luchan a brazo partido por erradicar el abuso contra las
mujeres y también, habría que decir, que conozco a muchas mujeres que son
cómplices de los abusos. Hasta donde han llegado las investigaciones, el caso
de Fátima es un claro ejemplo. Cualquier salida al problema no debe convertirse
en una confrontación de mujeres contra hombres, tampoco un asunto de política,
menos de qué es lo políticamente correcto. Debe ser una lucha colectiva, de
rostros. Hombres y mujeres sumados en contra del machismo perverso que nos hace
víctimas a todos por igual.
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