Alejandro
Páez Varela.
Muchas cosas
cambiaron a partir de la pandemia. Otras están cambiando. Pero las más
importantes son las que quedan en la agenda y deben cambiar. Y se van a
resistir.
En los
últimos pocos meses, la filosofía que los mexicanos resumimos en el “y yo por
qué” se ha evidenciado masivamente. De alguna manera, economistas, sociólogos,
políticos y observadores habían alertado de sus efectos nocivos durante años,
en todo el mundo. Pero es hasta ahora que ha alcanzado una mayor penetración.
Falta que se comprenda y se extienda en los distintos estratos sociales, pero
su conocimiento definitivamente se está expandiendo y entendiendo. Y hasta que
se masifique y se comprenda, podrá abrazarla el rechazo. El “y yo por qué” es
la renuncia del Estado a sus obligaciones primordiales: a dar salud, educación,
alimento, seguridad. Es la renuncia a comprometerse con las mayorías: el
neoliberalismo salvaje, aunque suene a pleonasmo.
Se vendió la
idea de que los gobiernos debían ser simples “facilitadores” y “reguladores” y
que esas otras tareas sociales las podía administrar el capital privado. Ahora
sabemos, amargamente, qué sucede cuando entregamos el Estado a los privados. En
pocas palabras, lo que sucede hoy: una profunda desigualdad. La pandemia del
nuevo coronavirus lo ha visibilizado.
El “¿y yo
por qué?”, en forma de pregunta, viene de enero de 2003. De Vicente Fox
Quesada. Esa fue su respuesta cuando se le pidió intervenir en un conflicto
entre dos televisoras. No se extrañaba la respuesta entonces y no me extraña
que hoy sirva como ejemplo de la renuncia del Estado a sus obligaciones. Fox
resume todo lo que hicimos mal: dejar al mercado “acomodar las cosas”, lo que
profundizó la desigualdad; rescatar con dinero público a las grandes empresas,
aunque generaciones de pobres lo pagaran; negarse a una renta fija del Estado
para los más desprotegidos, aunque se agudizara la brecha entre ricos y pobres;
apuntalar a los de arriba para “bajar” la riqueza, y eso nunca sucedió.
No se
necesita mucho para entender cómo funciona esa filosofía: a Fox le bastó hojear
algún libro-basura de las mesas de Sanborns, de los de “los 10 pasos para el
éxito” que tanto paseó, sin avergonzarse en lo absoluto, su esposa Martha
Sahagún. Una pareja de iletrados, ambiciosos e irritantes, diciéndonos qué
hacer con base a lecturas chatarra. Algo iba a salir mal. Salió mal.
En los años
por venir, el mundo debería concentrarse en controlar la más grande pandemia de
nuestro tiempo: la desigualdad. Yo sé que asusta mucho la del nuevo
coronavirus. Pero comparativamente, COVID-19 es un bicho inofensivo frente a la
inequidad. Millones en el mundo se han ido al desempleo, pero –como el
neoliberalismo ya no esconde que es un sistema voraz–, al mismo tiempo, un
puñado en Estados Unidos ha ganado casi 300 mil millones de dólares
aprovechando el confinamiento. Ya no hay vergüenza, o empacho. El mundo que
hemos construido puede permitirle a ese puñado llevarse ganancias en medio del
desastre; le permite a ese puñado bailar sobre cadáveres. Pero esa es la
historia del neoliberalismo, por desgracia.
El Intitute
for Policy Studies (IPS) revela: Entre el 1 de enero de 2020 y el 10 de abril
de 2020, 34 de los 170 multimillonarios de Estados Unidos aumentaron su riqueza
en decenas de millones de dólares. Ocho crecieron su patrimonio neto en más de
mil millones de dólares. A partir del 15 de abril, la fortuna de Jeff Bezos
había aumentado en aproximadamente 25 mil millones. Este aumento de riqueza sin
precedentes es mayor que el Producto Interno Bruto de Honduras: 23.9 mil
millones en 2018.
El IPS
agrega: entre el 18 de marzo y el 10 de abril de 2020, más de 22 millones de
personas perdieron sus empleos a medida que la tasa de desempleo aumentó hacia
el 15 por ciento. Durante las mismas tres semanas, esa élite de estadounidenses
aumentó su riqueza 282 mil millones, una ganancia de casi el 10 por ciento.
Es
humillante. Algo tiene que cambiar.
Antes de la
emergencia sanitaria, 8 mil 500 niños morían al día de desnutrición, de acuerdo
con las estimaciones de Unicef, Banco Mundial, Organización Mundial de la Salud
y la División de Población de Naciones Unidas. El último informe dice que 6.3
millones de niños menores de 15 años murieron en 2017 por padecimientos
previsibles. “Un niño cada 5 segundos”, alertaba la ONU hacia un año. Esa sí es
una pandemia.
También la
obesidad es una epidemia en México: 96 millones de los 126 de millones de
ciudadanos tiene sobrepeso. Unos 300 mil muertes al año a causa de esto, y nos
cuesta un 5 por ciento del Producto Interno Bruto. Las refresqueras y las que
producen toneladas diarias de papas fritas, panes dulces y otras cochinadas se
enriquecen todos los días a costa de los mexicanos. ¿Qué nos retribuyen? Huyen
a pagar impuestos y su argumento para que no las cierren para siempre es que
generan empleos. Empleos a cambio de muertos.
El
Apocalipsis son esos empresarios. Los epidemiólogos deberían estudiarlos: son
una versión de coronavirus que no ha sufrido una sola mutación en décadas
porque nunca lo ha requerido, porque nunca ha sido necesario. Y además se
reproducen. De hecho, en el mundo ideal de Fox, más de estos coronavirus,
explotando a las mayorías, habría sido lo mejor.
Muchas cosas
cambiaron a partir de la pandemia de COVID-19 y otras están cambiando. Pero las
más importantes son las que deben cambiar y que, por desgracia, no estoy seguro
que cambien.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.