Jorge Zepeda
Patterson.
En teoría
cualquier persona razonablemente decente tendría que estar de acuerdo con el
Gobierno de Andrés Manuel López Obrador. En teoría, insisto. ¿Quién podría
estar en contra de un soberano obsesionado por combatir la corrupción, quitar
el boato a los usos y costumbres de los políticos y el gasto suntuario a los
funcionarios, rendir cuentas durante dos horas al día, eliminar los chayotes de
la prensa, quitar prebendas fiscales a las grandes empresas abusadoras, mejorar
o intentar mejorar el poder adquisitivo de los pobres? ¿Cómo no coincidir con
las premisas de un Gobierno que intenta hacer un cambio a favor de la justicia
social sin nacionalizar empresas privadas, sin endeudar las finanzas públicas,
sin engrosar el gasto público y las filas de la burocracia, sin desestabilizar
a la sociedad en su conjunto?
Son
banderas en las que casi todos los mexicanos coincidirían y, sin embargo,
muchos están en desacuerdo y no son pocos los que dicen arrepentirse de haber
votado por él.
Se
entendería, desde luego, si López Obrador se hubiese comprometido a luchar por
estos objetivos y luego los hubiese abandonado, pero no es el caso. Por el
contrario, se le puede acusar de muchas cosas pero no de haber traicionado sus
obsesiones.
¿Por qué
entonces el Presidente produce verdadera urticaria en tantos ciudadanos que no
necesariamente estarían en contra de un gobierno que busca una sociedad más
justa, honesta y equilibrada?
Permítaseme
un paréntesis antes de continuar: no hablo de los que ideológicamente
siempre han estado en contra de sus posiciones; aquellos que creían que México
iba bien, salvo algunas taras que desaparecerían con el tiempo cuando
ingresáramos al primer mundo, incapaces de ver que en el modelo que seguíamos
no cabía la mitad inferior de México y que la situación para los de abajo se
había hecho insostenible. Hablo de los que entendían que el país necesitaba un
cambio urgente, pero ahora no están de acuerdo con la manera en que se está
llevando a cabo.
Y no
obstante, es un cambio que está en marcha. ¿Dónde se descompuso el engrudo?
Entiendo
que hay decisiones polémicas de parte de López Obrador, desde la clausura de un
aeropuerto en construcción hasta la rifa forzada de un avión sin avión, la
construcción de una refinería a contrapelo de lo que dicen los especialistas y
un largo etcétera. Pero cualquiera de esas medidas palidece frente a la
corrupción sistemática de administraciones anteriores, el gasto suntuario, la
compra de refinerías chatarra, los abusos faraónicos de los gobernadores, el
desvío de fondos de salud y un largo, y ese sí, infame etcétera. Y sin embargo
a Peña Nieto en el mejor de los casos se le desprecia, a López Obrador se le
odia. ¿Por qué? ¿Porque está transfiriendo masivamente recursos a los pobres?
¿Porque está combatiendo a la corrupción? No, lo execran por el modito, para
decirlo en sus propios términos. Es su estilo, sus desplantes verbales, sus
provocaciones, ocurrencias y acusaciones lo que verdaderamente les produce
ronchas.
Por
alguna razón el Presidente eligió construir la 4T dinamitando la relación con
muchos que no eran sus enemigos, o al menos no todos. Sociedad civil, grupos
ecológicos, movimiento feminista, intelectuales, científicos, medios de
comunicación y muchos empresarios. Una y otra vez el patrón es el mismo, tres
ejemplos:
1. El
subsidio a guarderías. Entregar los recursos directamente a los usuarios en
lugar de pasar por intermediarios es un argumento poderoso, había modos de
transitar a ese esquema involucrando incluso a la sociedad civil; en lugar de
ello se hizo en medio de una batalla narrativa en la que se acusó a las
organizaciones de corrupción y abuso metiendo a todos en el mismo saco.
2.- El
movimiento feminista. Las banderas de la liberación femenina por lo general van
a contrapelo de las posiciones de la derecha doctrinaria opuesta al aborto y a
la tolerancia sexual y a favor de un papel tradicional de la mujer. Sin
embargo, López Obrador se las arregló para enajenar al movimiento en contra
suya. Ni siquiera se trataba de una disputa por alguna política pública en
juego. El presidente se peleó con las mujeres por las simples ganas de
pelearse. Su excusa, “es que siempre digo lo que pienso”, resulta poco
convincente cuando vemos la manera en que concilia o hace las paces con las
televisoras, con Javier Alatorre, con Trump o con los grandes oligarcas que
están en su consejo empresarial.
3.- El
plan de rescate frente a la crisis de la pandemia. En lo personal coincido
totalmente con el presidente cuando dice que la prioridad debe ser la
protección del 70 por ciento de la población más pobre en la tragedia económica
que nos ha caído encima. Más aun, me parece un hito que por vez primera se
busque que el desastre no se cebe en los más desprotegidos, como siempre ha
sucedido. Pero no entiendo la necesidad de pelearse contra el otro 30% y los
esfuerzos que hagan por tratar de salir adelante; sobre todo si consideramos
que en las medianas y grandes empresas trabajan muchos a los que el presidente
quiere ayudar. Bastaba con decir a los empresarios “mi responsabilidad es
proteger a lo pobres, pero adelante, busquemos formas que, sin distraer
recursos vitales, permitan poner en marcha la planta productiva”. En lugar de
eso, parecieron incomodarle las distintas iniciativas tomadas por el sector
privado, como si hubiese algo vergonzoso en toda estrategia encaminada a cuidar
sus negocios.
Siempre
he pensado que en López Obrador hay un estadista permanentemente boicoteado por
el luchador martirizado que lleva dentro. Un hombre que tiene tanto tiempo
batallando contra un sistema injusto, que ya no sabe funcionar sin invocar
rivales, reales o construidos. Es una lástima porque muchas de sus banderas
tenían posibilidad de arrastrar a gran cantidad de actores sociales y
económicos que hoy operan en su contra. Al presidente que llama a la concordia,
al amor y la tolerancia, lo torpedea el pendenciero que todos los días señala
las intenciones aviesas de sus adversarios.
No se me
malinterprete; prefiero con mucho a este Presidente que a cualquiera de los
anteriores y me sigue pareciendo un milagro político que haya llegado a Palacio
un hombre decidido a hacer algo por los que menos tienen, en este nuestro país
tan ingrato y desigual. Pero cada que lo escucho despotricar contra alguien en
las Mañaneras no puedo evitar preguntarme ¿por qué hacerlo tan difícil pudiendo
hacerlo más fácil?
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