Arnoldo Cuellar
El Rector general de la Universidad de Guanajuato, Luis
Felipe Guerrero Agripino, acaba de ser reelecto por 4 años más. No lo fue en
una elección abierta, ni siquiera en una decisión indirecta que contemple la
opinión de la comunidad. Recibió el respaldo de una junta directiva de 11
notables, ocho de ellos empleados de la Universidad y 3 externos.
La junta es endogámica y cooptable. Por ejemplo, a los pocos días de
la reelección la hija de uno de sus integrantes, Enrique Navarro González
recibía un puesto de privilegio: la coordinación del naciente Museo
Universitario, de donde fue removida cuando se hicieron preguntas a través de
transparencia sobre su trayectoria y currículo. De cualquier manera, solo fue
reubicada.
No es la primera vez que eso pasa. La autonomía de la
Universidad, lograda por el ex Rector, después Gobernador y hoy líder cameral
panista JUAN CARLOS ROMERO HICKS, logró convertir a la UG en un coto de poder
de una clase académica controlada por este prócer panista quien mantiene una
gran influencia sobre ella hasta la fecha.
Sin embargo, esta burocracia dorada que maneja a
discreción un presupuesto de más de 6 mil millones de pesos anuales, que no
rinde cuentas a nadie y que logró negociar que la reforma anticorrupción dejara
intocada a su contraloría interna, acaba de entrar en su más profunda crisis de
décadas por dos simples factores: frivolidad y prepotencia.
Con el presupuesto multimillonario que maneja, el Rector
es un gran anunciante en los medios de comunicación estatales que han llegado a
ensalzarlo como intelectual y jurista de altos vuelos cuando su única
producción es de textos académicos que reproducen lugares comunes.
Ese auto homenaje constante hizo despegar a Luis Felipe
Guerrero Agripino del piso donde habitan los miles de estudiantes de la
Universidad, los que batallan con la inseguridad, con los deficientes accesos a
los campus en las periferias de las ciudades, con la violencia de género hasta
en las aulas, como se ha venido denunciando una y otra vez.
Afecto a las formas afectadas. Guerrero Agripino ha
formado una comisión cada vez que se presenta un problema. Son incontables las
comisiones que nunca informan sobre su periplo y sus resultados, se forman
comisiones sobre las comisiones, y protocolos sobre los protocolos.
Por supuesto, nada se resuelve y todo se pospone. Las
primeras denuncias de acoso sexual de catedráticos fueron ignoradas
olímpicamente y abordadas políticamente (caso Julio César Kala) con pactos con
instancias como la PDHEG; las segundas ya colectivas, fueron resueltas con
comisiones que determinaron sanciones de 8 días a los acosadores; hoy explota
un reclamo generalizado en todos los campus de la Universidad hasta donde se ha
negado la posibilidad de extender las ventanillas de la oficina que ofrece
“apoyo sicológico y contención” a las estudiantes, pero no justicia.
Guerrero Agripino quería que nada ensuciara su meteórica
carrera al Olimpo, conceptualizado este como una carrera política, al estilo
Romero Hicks, o la consagración académica. Por ello se ahorraba el trabajo de
atender los problemas que se presentaban acá y allá, los dejaba en manos de
segundos y, por supuesto, de comisiones.
Quizá por eso, hoy los estudiantes desde la calle le dicen
que no quieren reunirse con ninguna comisión ni ser incluidos en una, porque
saben que eso no ha solucionado ni solucionará nada. Por eso también no le
piden sólo que escuche, sino que se convierta en la voz de la comunidad frente
a las autoridades estatales y municipales en cuyas manos y obligaciones está la
de dar seguridad a los estudiantes y a los ciudadanos todos.
También por eso, el movimiento estudiantil que estalló
como una tormenta sobre cielo despejado en los campus universitarios y en las
calles y callejones de Guanajuato, encuentra una gran solidaridad en la
población, como se ha visto en las diferentes manifestaciones sobre todo en la
capital, porque a diferencia de otras luchas similares, esta vez se reclama
algo que todos quieren: que sus representantes trabajen para darles lo más
elemental: seguridad.
Se equivocarán mucho los que crean que a esta protesta nacida
del hartazgo se le calmará con estrategias de apaciguamiento, de cesiones
parciales y de alargamiento de plazos. En el fondo es el grito de todos:
merecemos vivir tranquilos y que quienes cobran por representarnos, y lo hacen
a manos llenas, se dediquen a eso en cuerpo y alma.
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