Javier
Risco.
Me
parecía escandaloso el caso de Nayarit. No podía creer que el fiscal general
del estado, Edgar Veytia, había sido detenido por autoridades estadounidenses
en la frontera acusado de conspiración internacional para distribuir cocaína,
metanfetamina y mariguana, a cambio de recibir sobornos millonarios. Lo
califiqué en este espacio como el escándalo del sexenio pasado. Aunque no
recibió la atención de los medios debida o nadie lo vio con esa magnitud, me
parecía increíble que un personaje como Veytia hubiera tenido acceso a
reuniones con las más altas esferas del poder en nuestro país en materia de
seguridad, le había extendido la mano al Presidente de la República, al
procurador general de la República, a jefes militares y marinos, había tenido
acceso a documentos clasificados y, lo peor de todo, se había encargado durante
cuatro años de la seguridad de un millón 200 mil habitantes. Lo señalé, era
imposible que el gobernador Roberto Sandoval no supiera que Veytia, o El
Diablo, como le llamaban entre las bandas criminales, protegía a grupos del
crimen organizado y coordinaba la operación de los mismos en la región, era
inconcebible que no supiera que su mano derecha en materia de seguridad era un
delincuente de ese tamaño. Palabras de Sandoval el 14 de mayo de 2016: “Desde
que llegó fuimos amigos y muchos años atrás, cuando llegó me dijo: ‘hay chanza
de escoger secretarías, quiero ser secretario de Turismo’, y yo le dije no. Qué
crees, Nayarit está en los últimos lugares de seguridad (…) así que le dije:
‘tú te tienes que ir a enfrentar lo que nadie quiere, lo que todos critican y
que primero Dios nunca se acabe que es la paz y la libertad que ahora vivimos
(…)’, este gran esfuerzo que el día de hoy vemos, es gracias a la decisión que
un fiscal se enfrente a una situación”.
Si pensaba
que el caso Veytia-Sandoval era un despropósito, la detención de Genaro
García Luna es la explicación más lógica del fracaso en la guerra contra las
drogas y el crimen organizado, es la responsabilidad compartida con los
expresidentes Felipe Calderón y Vicente Fox, que nos ha llevado a tener un país
en vilo desde hace una década. Antier, el exsecretario de Seguridad Pública fue
detenido en Grapevine, Texas, tras ser acusado en una corte federal de Nueva
York por los cargos de tráfico de drogas, falsos testimonios y corrupción,
informó el Departamento de Justicia de Estados Unidos. El Departamento de
Justicia añadió que a “cambio de sobornos multimillonarios”, García Luna
permitió al Cártel de Sinaloa, cuya cabeza era Joaquín El Chapo Guzmán, “operar
con impunidad en México”.
Ni
siquiera puedo imaginar la dimensión de estas acusaciones, ¿a qué información
tuvo acceso el crimen organizado en el sexenio de Felipe Calderón? ¿Cuántos
millones dólares costó el acceso del Cártel de Sinaloa a Los Pinos? ¿Cuánto
sabía Felipe Calderón? ¿Debería juzgarlo también el gobierno mexicano? Tal vez
la declaración que más me ha llamado la atención en estos días fue la del
senador Ricardo Monreal: “Nos da tristeza, porque debería ser México el que
actuara en todos esos casos que se mantuvieron muchos de ellos en la impunidad
y en la complicidad”. Efectivamente, ojalá la Fiscalía General de la República
empiece una investigación formal, no sólo contra él, sino contra todos los que
lo rodeaban. Apunta Felipe Calderón en un tuit: “sería además una grave falta a
la confianza depositada en él”; perdón, pero no es cuestión de confianza ni de
decepciones personales, de comprobarse la veracidad de los sobornos la pregunta
es evidente: ¿cuántas miles de muertes de mexicanos causó la complicidad de
García Luna con el Cártel de Sinaloa? Que comiencen los juicios de nuestra
“guerra” contra el narco… también en nuestro país. Al final, de Veytia a García
Luna hay una inmensa diferencia, es cierto que hay de “Diablos” a “Diablos”.
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