Francisco Ortiz Pinchetti.
Justo cuando me proponía reflexionar sobre la situación
actual del periodismo en México a raíz del cuestionamiento que me hicieron
colegas muy estimados en una entrevista reciente, me topo sin querer con una
definición tan simple como certera que me viene a resolver el dilema: “Ejercer
bien el periodismo significa incomodar”. La frase es de una de las más
destacadas periodistas colombianas, Yolanda Ruiz Ceballos, que acaba de
presentar un libro suyo precisamente sobre el tema, En el filo de la navaja.
Ruiz Ceballos, la única mujer que ha dirigido las dos
principales cadenas noticiosas de radio de su país, que adquirió celebridad
como reportera cuando siendo aun novata entrevistó al capo colombiano Pablo
Escobar, explicó en una entrevista: “Creo que desde muy joven entendí que este
oficio encarna una inmensa responsabilidad social y entiendo que hacerlo bien
significa incomodar y no siempre publicar lo que pide el mercado. Cuando dudo,
cuando temo, cuando me pierdo, cuando estoy frustrada, me lo recuerdo una y
otra vez”.
Todo esto adquiere sentido en nuestro medio, cuando el
periodismo es condicionado a motivaciones ideológicas y los periodistas son
estigmatizados por no ceñirse a directivas de una supuesta nueva realidad. Cada
día más, ser informador en un sentido cabal se convierte en un riesgo que
desborda ya el ámbito del ejercicio profesional y linda ya con el de la
agresión física, la amenaza y el crimen.
Parece una exageración, o un chiste de mal gusto, pero de
seguir así las cosas muy pronto la consigna será “haz patria: mata a un
periodista”. Lo terrible es que es eso lo que se está fomentando todos los
días.
Porque culpar a quienes asumen su profesión con un sentido de
búsqueda incansable y necia de la verdad, como investigación perpetua, de los
cada día más graves problemas que aquejan a esta nación, es una invitación
prácticamente a su exterminio. Hoy se exige a quienes abrazaron como profesión
la independencia, asumirse como militantes de una causa y ponerse la camiseta
–o el chaleco– del gobernante.
Todo lo contrario, por cierto, al concepto esencial que tenía
Julio Scherer García de sus congéneres: “Tengo la certeza de que no hay hombre
más libre que un reportero”.
Y no es cosa de juego, ni de meros insultos y ataques
verbales a través de las redes. Han ocurrido ya casos de agresiones físicas a
informadores de diversos medios, a los que desde el púlpito presidencial se les
llama cotidianamente “chayoteros”, “adversarios”, “vendidos”. Solo falta
tildarlos como “malditos”, de plano. El más reciente incidente tuvo lugar el
pasado domingo, durante la concentración con motivo del primer aniversario del
gobierno actual en el zócalo de la Ciudad de México. Fue apenas un asomo, casi
una mera ocurrencia. Pero en realidad debería tomarse como una alerta roja.
Aguas.
Esas acusaciones presidenciales contra los reporteros se
suman a un clima de censura creciente que se oculta detrás de supuestas medidas
contra la corrupción y por la austeridad republicana. La muy justificada
reducción de gastos publicitarios oficiales excesivos se utiliza dolosamente
como nueva modalidad del viejo “¿te pago para que me pegues?” de José López
Portillo.
A la vez que las medidas han provocado despidos inclusive
masivos de periodistas en no pocos medios mexicanos, apergollar a esos medios
con el suministro interesado de los recursos del Gobierno se convierte en una
manera disfrazada de obtener incondicionalidad, quiérase o no. Y los afectados
son a final de cuentas –además del público, por supuesto– los trabajadores,
sean reporteros, redactores, articulistas o editores, que quedan así a dos
fuegos: las limitantes a su libertad de informar impuestas por sus propios
medios y la permanente amenaza de quedarse sin trabajo.
Todo esto, por si fuera poco, se da en el contexto de la
proliferación y prominencia de las llamadas redes sociales, que a menudo se
consideran una alternativa informativa de los medios convencionales. La misma
Yolanda Ruiz Ceballos menciona en esa entrevista al respecto que los
periodistas deben estar al tanto de los avances de la tecnología y los nuevos
medios, en los que hay nuevos lenguajes y formas de informar, porque no se
puede cerrar los ojos ante esa realidad.
Sin embargo, aclara la informadora, la esencia del periodismo
no cambia. “Hoy todo el mundo puede compartir información o datos, pero solo el
periodismo busca la verdad, investiga, contrasta, da contexto, explica y
analiza…”
Si nos dejan, como dice la canción de José Alfredo Jiménez.
Concluyo por todo eso que estos no son buenos tiempos para el
periodista cabal, ese que entiende que su trabajo consiste en incomodar, como
define la periodista colombiana. Triste y preocupante.
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