Raymundo
Riva Palacio.
Ceder, en
una negociación, no es necesariamente perder. De hecho, en una negociación se
cede para poder avanzar y el resultado óptimo es cuando todas las partes ganan.
En el acuerdo comercial con Estados Unidos y Canadá, México tuvo que ceder.
Mucho en este caso, para que los demócratas y los sindicatos, que son su base
electoral, estuvieran de acuerdo en ratificarlo. Los demócratas se han
adjudicado una gran victoria política, quitando reflectores a Trump, que
finalmente cumplió su promesa de campaña de acabar con el Tratado de Libre Comercio
de América del Norte, y remplazarlo con un acuerdo que presume superior. El
presidente Andrés Manuel López Obrador podrá sentirse tranquilo, pese a aceptar
los chantajes demócratas que llevaron a su gobierno a perder soberanía. A
cambio, gana certidumbre ante el mundo, recupera parte de la confianza perdida
en su liderazgo y, sobre todo, le da una viabilidad económica a su
administración y al país. Aislar a México del mundo, como su retórica machaca,
era irreal.
La
negociación de este acuerdo comercial duró dos años, y la comenzó el gobierno
del presidente Enrique Peña Nieto. La continuó el de López Obrador bajo el
mismo modelo, que también se usó durante la negociación del TLCAN hace un
cuarto de siglo, dejándose acompañar por el sector privado. Pero en la última
semana, cuando los negociadores estadounidenses, forzados por los demócratas y
con la urgencia de Trump por concluirlo, presionaron a los mexicanos como no lo
habían hecho antes, sacaron al sector privado de la negociación y lo
mantuvieron en la oscuridad sobre lo que estaban discutiendo. De otra manera,
no podrían haber aceptado las condiciones que les planteó el representante
comercial de la Casa Blanca, Robert Lighthizer. La molestia empresarial por la
marginación en el último tramo de la negociación, será acicalada cuando
terminen de estudiar los adendos que aceptó México.
No habrá
intervención dentro de las empresas, pero en realidad sí habrá, utilizando un
término diplomático: attaché laboral. Los attachés, en el argot diplomático,
son los agregados en las embajadas. En este caso, no estarán dentro de la
Embajada de Estados Unidos, pero serán representantes de los sindicatos en
México que “proveerán información in situ sobre las prácticas laborales” en
este país. Es decir, sí habrá una supervisión indirecta dentro de las empresas,
que forma parte de lo que le llamaron “un monitoreo robusto” que hará las veces
de un instrumento de certificación estadounidense de que las reformas laborales
se están aplicando tal y como lo prometieron. Esta era una de las quejas que
tenía el líder de la AFL-CIO, Richard Trumpka, quien cuando vino a México en
septiembre le dijo a la secretaria del Trabajo, Luisa María Alcalde, que sólo
querían que se aprobara el acuerdo para no hacer nada. No les creemos, espetó.
La presión
demócrata se trasladó al gobierno mexicano, que al final aceptó la creación de
un comité interagencias que vigilará la reforma laboral, y que estará
informando al Congreso de Estados Unidos, así como el establecimiento de metas
y objetivos que deben implementar los mexicanos para la reforma laboral. De
incumplirlo, se aplicarán las medidas y sanciones que se añadieron al acuerdo,
y que contemplan los mecanismos reforzados para resolución de disputas. Una de
las grandes innovaciones impuestas fueron lo que llaman “reglas de evidencia”,
que le permitirá a Estados Unidos litigar “exitosamente” temas laborales, de
medio ambiente y otros temas de alta controversia.
Estos nuevos
mecanismos reducen significativamente las capacidades mexicanas para litigar en
los paneles de resolución de disputas, que hubieran tenido objeciones y
observaciones por parte del sector privado. Junto con ello, en un punto que
modifica por completo los equilibrios que se habían logrado, es un cambio de
lenguaje en el texto, donde removieron el fraseo que permitía ambigüedades en
las garantías de protección de violencia a los trabajadores. Mediante el
fortalecimiento de estas reglas, “se crea la presunción de que las violaciones
laborales afectan al comercio y la inversión y requerirá que las otras partes
prueben lo contrario”. Es decir, México sería culpable hasta demostrar lo
contrario, y una violación laboral no se restringiría al capítulo laboral, sino
que impacta en el conjunto del acuerdo. De esta manera, el costo de una violación
laboral lleva a litigio todo el acuerdo comercial.
Los
demócratas impusieron a los mexicanos una serie de incisos en el tema de
propiedad intelectual que difícilmente el sector privado habría aceptado sin
resistencia, particularmente la industria químico farmacéutica. Los demócratas
presionaron a Trump para remover las provisiones que contribuían a precios más
altos en medicinas, revelado por primera vez la semana pasada en el Financial
Times, pero mantenido en secreto al sector privado por parte de los
negociadores mexicanos. Esto llevó, dentro del acuerdo, a la disminución de la
exclusividad de las patentes en medicinas y de la información clínica de las
medicinas, empleadas por la industria, alegaron los demócratas, para retrasar
la competencia y el acceso a medicinas a buen precio. La puntilla fue tender
hacia una homologación en los criterios legales entre Estados Unidos y México,
para balancear la competencia y los incentivos por innovación, como establece
la ley en aquel país, que no se reflejaba en el acuerdo.
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