Raymundo
Riva Palacio.
Mal la ha
pasado el fiscal general Alejandro Gertz Manero en las últimas semanas. Su
vieja idea de un Ministerio Público todo poderoso, por encima de jueces y
magistrados, con facultades extraordinarias incluso para obligar a defensores a
delatar a sus clientes se quedó a las puertas del Senado, el 15 de enero.
Llegó con el
paquete de ocho iniciativas para reformas de fondo acompañado del consejero
jurídico de la Presidencia, Julio Scherer. El otro convocado, Alfonso Durazo,
secretario de Seguridad, se quedó en la calle, sin entrar al Senado, en señal
de protesta por haber sido excluido de la nueva arquitectura jurídica del
gobierno.
El sabotaje
de Durazo provocó una crisis y las iniciativas no se presentaron. El 5 de
febrero, el presidente Andrés Manuel López Obrador las sepultó. No se
presentaría nada hasta después de las elecciones del próximo año, y para salvar
cara, mandaría al presidente de la Suprema Corte de Justicia, Arturo Zaldívar,
a presentar una reforma al Poder Judicial.
Desde
entonces, de acuerdo con colaboradores y personas que han hablado con él, Gertz
Manero está muy enojado. Son conocidos los humores del fiscal y su espíritu
vengativo nato. Su respuesta, sin comprometerlo directamente, se dio a través
del periódico The Wall Street Journal, que reportó que una alta fuente de la
Fiscalía General reveló que, dentro de la investigación contra el exdirector de
Pemex, Emilio Lozoya, se analizan las vinculaciones con el expresidente Enrique
Peña Nieto y presuntos actos de corrupción. El mensaje de la Fiscalía al
Presidente fue contundente, al citar a un miembro de esa oficina en relación
con Peña Nieto: “La oficina del fiscal tiene evidencia que la corrupción de
Lozoya en Agronitrogenados y Odebrecht alcanza el más alto nivel. La
extradición y (posible) confesión de Lozoya son elementos que, junto con la
investigación en curso, decidirá si el expresidente es acusado en el futuro”.
López
Obrador ha dicho que no quiere gobernar con el retrovisor, si de Peña Nieto se
trata, y ha ido pateando el tema de investigarlo para evitar comprometerse. Ha
hablado reiteradamente de una encuesta para transferir la decisión de
enjuiciarlo a la gente, pero no la ha programado. Mientras tanto, al no existir
una articulación política interna, las acciones de sus colaboradores le están
achicando el margen de maniobra para mantener el blindaje.
La clave de
la investigación contra Peña Nieto, si se quiere iniciar un proceso en su
contra, no se encuentra en el caso Odebrecht. Los 10 millones y medio de
dólares que dijeron los ejecutivos de la empresa brasileña entregaron a Lozoya
para la campaña presidencial de 2012, ya prescribieron, por lo que aún si se
probara que el exdirector de Pemex recibió ese dinero y lo inyectó a la campaña
de Peña Nieto, es jurídicamente irrelevante.
El caso de
Agronitrogenados, por el cual vincularon a Lozoya con Alonso Ancira, jefe
máximo de Altos Hornos de México, detenido en España, tampoco lleva a Peña
Nieto, al haber sido una inversión aprobada por el Consejo de Administración de
Pemex, no en Los Pinos. Paradójicamente, quien mostró la escalera por donde la
investigación sobre Lozoya puede conducir a Peña Nieto, fue la persona con la
que Gertz tiene el mayor antagonismo dentro del gobierno, Santiago Nieto, jefe
de la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda.
El miércoles
al salir de Palacio Nacional, Nieto reiteró lo que adelantó días atrás, la
apertura de una nueva línea de investigación relacionada con la adquisición del
astillero español Hijos de J. Barrales, adquirido por Pemex cuando estaba
prácticamente en quiebra, y donde se fabricaban los barco hoteles para las
tripulaciones de las plataformas marítimas. De acuerdo con la investigación,
esa compra provocó un dañó a Pemex de alrededor de 50 millones de euros. Esa
operación involucra a Peña Nieto, pero también al expresidente Felipe Calderón.
El primero por haber autorizado a Lozoya la adquisición del astillero, como el
refrendo del compromiso con el entonces presidente del gobierno español,
Mariano Rajoy, originalmente suscrito por Calderón.
Si Odebrecht
es un tema que no tiene alas para volar, el caso de Agronitrogenados tampoco
parece tener el sustento de soborno por el cual el gobierno actuó contra Ancira
y tiene acusado a Lozoya. El presunto soborno se dio dos años antes de la
operación de compra por parte de Pemex –que no fue sólo una planta chatarra,
sino todo un complejo industrial que incluye un puerto que funciona-–, y
prácticamente un año antes de iniciar la campaña presidencial. Es probable que
ese dinero que le depositó Ancira a Lozoya no haya sido por un soborno, sino
como pago por un proyecto para licitar, ganar y construir segundos pisos en
México.
Esta
información la dio Lozoya al consejero jurídico de la Presidencia, Julio
Scherer, durante una de las tres reuniones que tuvo con él para revisar su
caso. La misma información le fue proporcionada a Gertz Manero, quien, sin
embargo, de acuerdo con colaboradores suyos, tiene evidencia que, como le
declaró un funcionario de la Fiscalía al Journal de Nueva York, el exdirector
de Pemex incurrió en actos de corrupción. Haberlo hecho público mete presión a
la Fiscalía, que tiene que probar sus imputaciones, pero sobre todo a López
Obrador, que cada vez parece más acorralado por sus colaboradores para
perseguir judicialmente a Peña Nieto.
Procesar a
un presidente en México es prácticamente imposible, aunque exista la voluntad
política de hacerlo. Gertz Manero está metiendo presión al Presidente, que no
quiere actuar contra su antecesor. Hablar sobre sus intenciones contra Peña
Nieto compromete a Gertz Manero; cumplirlas, provocará el fin del pacto de
impunidad que tenía con López Obrador. Hay un juego de fuerzas, sin resultado
previsible.
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