Diego
Petersen Farah.
Desde que el
inefable Gonzalo N. Santos grabara en letras de oro en la cultura política
nacional aquello de que “en política moral es un árbol que da moras” el
deterioro de la vida pública fue in crescendo. Por supuesto no fue culpa del
político potosino, él simplemente sintetizó magistralmente el pensamiento de la
época. Salvo los abiertamente cínicos (la mayoría de los políticos son
veladamente cínicos) nadie puede estar en desacuerdo con el planteamiento del
Presidente de moralizar la vida pública del país, el problema es qué entendemos
por ello.
En su propia
concepción, López Obrador considera que el deber el Presidente es que los
mexicanos seamos buenos, tengamos valores y bienestar material y espiritual.
Suena bonito, quizá demasiado a cura desde mi punto de vista, pero otra vez,
imposible no estar de acuerdo. Sin embargo, la pregunta es cuál es el papel del
Estado y particularmente del jefe de Estado en este tema.
En un país
laico y con libertad de creencia la única referencia que puede tener el Estado
cuando habla de moralizar la vida púbica es el cumplimiento de la ley. Ese es
el gran reto y la vara con la que debemos medir al Presidente. La tentación de
los gobernantes de incidir desde el poder en la vida privada de los ciudadanos
convirtiendo en políticas públicas normas morales o creencias termina
irremediablemente en la confusión de roles entre el Presidente y el líder, el
jefe de Estado y el patriarca.
López
Obrador aspira, con todo derecho, a pasar a la historia como un gran
Presidente, como el hombre que cambió los destinos de un país en quiebra moral
y rompió con la tendencia al deterioro de la vida pública. Pero eso no se logra
con sermones ni apapachos (que, dicho sea de paso, su cercanía con la gente es
quizá el rasgo más importante de su estilo personal de gobernar) sino con
políticas púbicas bien pensadas, basadas en evidencia y construidas con
inteligencia. El voluntarismo, la improvisación y la moralización de los temas
públicos que divide al país en buenos y malos, conmigo y contra mí, están
poniendo contra las cuerdas al gobierno de la autodenominada Cuarta
Transformación. A falta de oposición el gobierno vive crisis autoinfligidas,
producto de decisiones apresuradas y mal ejecutadas particularmente en materia
de salud y seguridad.
Durante
algún tiempo pensé que teníamos un Presidente que en realidad quería ser
director de Pemex, luego pensé que no, que su verdadera vocación era la de
cardenal primado o la de líder evangélico. Pero tampoco, el problema es que no
le basta ser Presidente de la república, quiere ser el pastor, el juez, el
Tata, el guía moral. Mientras tanto, tristemente, el gobierno se le va de las
manos y el cumplimiento de la ley como postulado moral postergado para mejores
tiempos.
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