Diego
Petersen Farah.
A Sergio
Aguayo
La libertad
de expresión ha sido, es y será siempre uno de los derechos que más molesta a
los poderosos, sean de izquierda o de derecha, populistas o neoliberales. No es
un asunto de colores ni de ideologías, es un tema de poder. Cuando la libertad
de expresión se ejerce se convierte en automático en un contra poder, en un
límite a los excesos y abusos de quien lo detenta, y eso no le gusta a nadie.
Visto desde
los poderosos, y aun suponiendo la buena voluntad de los gobernantes, la
libertad de expresión siempre se ejerce en exceso, pues limita la libertad de
acción, entorpece la toma de decisiones y merma no sólo la autoestima, que en
los políticos suele ser más bien alta, sino la capacidad transformadora de un
Gobierno, eso que ellos creen que es mejor para la sociedad o dicho
pomposamente “su legado”. Basta ver la diferencia de comportamiento que tienen
los políticos con la prensa cuando son candidatos y más aún si son de
oposición, que cuando tienen la responsabilidad de gobernar y el poder en sus
manos para entender cómo el poder transforma y trastorna.
El caso de
Sergio Aguayo, pero sobre todo los de cada uno de los periodistas asesinados en
este país, ponen de nuevo sobre la mesa esta relación compleja entre
autoridades y periodistas, pero sobre todo los pantanosos y veleidosos límites
de la libertad de expresión. En todos los sistemas políticos, en todos los
países, existen la leyes y reglamentos que protegen y limitan la libertad de
expresión y al mismo tiempo usos, costumbres y normas no escritas que la
limitan. Los poderes fácticos y la disfuncionalidad del sistema político establecen,
más allá de la ley, los verdaderos alcances de este derecho y las formas
socialmente aceptadas de ejercer el periodismo.
Hace no
muchos años se decía que en México había libertad de expresión, mientras no
tocaras al Presidente, al Ejército y a la virgen de Guadalupe (cuyo manto
protector en realidad incluía a toda la curia). Esos y no los establecidos por
la Constitución eran los verdaderos límites. La llegada de la democracia los
derrumbó. A partir de 1997 lo valiente ya no es atacar al presidente sino
defenderlo (Monsiváis dixit); el Ejército dejó de ser intocable, aunque viva
intocado, y los asuntos que tienen que ver con abusos o delitos de líderes
religiosos se ventilan con bastante naturalidad. Pero aparecieron nuevos
poderes fácticos, como el crimen organizado, y surgieron renovados vientos de
autoritarismo obligan a poner de nuevo sobre la mesa la relación con el poder.
Acoso jurídico, ataques directos desde las tribunas del Presidente o los
gobernadores, bombardeos cibernéticos orquestados desde los gobiernos, cuando
no atentados orquestados desde el crimen organizado obligan a revisar de nuevo
dónde estamos parados como sociedad en este tema.
No hay
democracia sin libertad de expresión, es cierto, pero tampoco hay libertad de
expresión sin una sociedad que la exija y la respalde.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.